Cruzamos la frontera. Era un viaje de placer si al placer se le puede llamar levantarse a las 3:40 de la madrugada, para poder llegar al aeropuerto a las 5:00 dispuestos a abordar el vuelo de a las 7:00 con destino a Tijuana. Una vez ahí cruzaríamos la "línea" a pie para encontrarnos en cuestión de cinco minutos en la tierra del tío Sam.

Para mí, era la primera vez. Nos bajamos del taxi a las 9:45, todavía en suelo mexicano, tomamos nuestras maletas -gracias a Dios con rueditas- y ocupamos nuestro lugar en la larga fila que nos daría el pase "al otro lado". Entre la gente que estaba formada nos encontramos, en su mayoría, con jóvenes que se disponían a ir a trabajar; a empezar un día más de su jornada laboral -juzgamos- por su indumentaria y por la falta de equipaje.

Al parecer, éramos de los pocos turistas que cruzan la línea a esas horas de la mañana, más bien laborales. Unos metros antes de entrar en el edificio de aduanas se erguía una enorme escultura de una pareja típica de mexicanos representando lo que podría yo llamar un patético ejemplo del jarabe tapatío de la frontera, se encontraba un puestito de dulces donde vendían desde productos Sabritas y Marinela hasta toda clase de tamarindos y dulces enchilados. Es -pensé- y simultáneamente, en mi imaginación se dibujó el mismo puestito del lado americano con dulces como: sweethearts, milky way y butterfinger.

Sin embargo me di cuenta de que la gente compraba ávidamente estos dulces chilangos en un intento -supuse- de llevar consigo un poco del sabor de su patria del otro lado, aunque fuera por las pocas horas que duraría su estancia.

Nos tocó el turno con el agente aduanal; los trámites fueron mucho más simples de lo que suponía. Me quedé, en cierto modo, con las ganas de un interrogatorio más amplio. Pasamos las maletas por la banda, las recogimos en el otro extremo y a las 10:00 A.M. ya estábamos del otro lado. Las expectativas se ensanchaban. Caminamos unos cuantos metros y nos volvimos a subir al taxi que habíamos dejado en . El mismo taxista que allá nos hablaba orgulloso de su patria, acá nos platicaba de los beneficios que se le han brindado. Entre el "allá" y el "acá" tuvimos que hacer un esfuerzo para no confundirnos y cerciorarnos de qué lado nos encontrábamos.

En el camino empecé a divagar, me pregunté sobre la fragilidad de las fronteras físicas e inmediatamente mi pensamiento se encontraba hurgando en la fragilidad de las fronteras internas. Reflexioné acerca de lo infranqueables que pueden llegar a ser estas últimas, y no digo que sean impenetrables per se, sino porque son el fruto del desgaste que han sufrido en nuestro fallido intento de auto delimitarnos, etiquetarnos y encajonarnos en un arquetipo del que rara vez podemos salir para cruzar su frontera, sólo para acabar refugiados en otro mini-paradigma que tenga bien puesta su etiqueta; que nos defina como algo para saber que somos alguien.

Personalmente me responsabilizo de haber fortalecido y a su vez debilitado estas fronteras virtuales, en el constante traspaso de un mundo etiquetado a otro. Realmente no sé si lo hago como un vano intento de encontrar una identidad, o más bien porque, precisamente, el placer reside en habitar diferentes identidades de acuerdo a la circunstancia. Léase incurrir en los mundos etiquetados como: "La rebeldía ante lo establecido", "El mundo de la cultura", "El mundo del placer hedonista", "La maternidad como forma de vida" etc.

Sin embargo no puedo dejar de sentir cierta envidia, al comparar este cruce de fronteras físicas, tan pragmático y superfluo, con el lastre que significa irrumpir de un universo interno a otro.

Al regreso de tierras americanas, hacia la zona Azteca, el paso es todavía menos folclórico, ya que a nadie le importa por que regresas, con trabajos se toman la molestia de revisar los documentos. Lo mismo suele pasar con mis fronteras internas: una vez habitadas las diferentes esferas del ser, es más fácil, siempre, regresar.

Ya en el aeropuerto de Tijuana, esperando el vuelo retrasado que nos devolvería a , intentamos absorber un poco de la cultura de esta ciudad fronteriza, a través de los guardias del aeropuerto, quienes después de compartirnos sus experiencias como tijuanenses, concluyeron autodefiniendo su status social argumentando que contaban con el privilegio de tener "lo mejor de los dos mundos", Nunca me había planteado esta optimista narrativa sobre mis propias fronteras.

A manera de despedida, me topé con un espectacular promocional del aeropuerto, que me regaló la frase publicitaria: "Tijuana: trampolín de ilusiones". Sobra decir que mi visión sobre las fronteras adquirió, desde entonces, una connotación alterna.

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Lissette Sutton es Licenciada en Historia egresada de la U.I.A. Recientemente terminó la Maestría en Apreciación y Creación Literaria que cursó en Casa Lamm. Actualmente asiste a un taller literario. Cuando no está ocupada con (y/o por) sus hijos, intenta escribir.