Por el calibre de lo publicado por la prensa española respecto de la figura y biografía de Sharon se puede medir el grado exacto de su antisemitismo larvario, que sin duda revoloteará de odio cuando nuestro héroe muera tras largos años de coma y agonía. Digo nuestro héroe porque es el de muchos judíos de aquí y de allá. Ya pueden tener los palestinos su Arafat y los sirios( no todos ) su Assad. Pocos son comparables al rabelasiano Arik, muy guapo de joven y un rollizo impaciente de viejo, alguien que quiso comerse el mundo y fue, más que de sus enemigos, una víctima de su apetito. Siempre me he preguntado por qué hay tantos obesos entre los militares de alta graduación en y no pude dar con la respuesta. ¿Serán los lácteos, los dulces, los deliciosos dátiles o la vida muelle en la que caen muchos triunfadores? Comoquiera que sea, eso no menoscaba su figura y descalifica su brillante biografía, con su cambios de humor y parecer.

Confieso que amo a Sharon, y más aún desde el día en que uno de mis mejores amigos, hace ya años de esto, al bajarse de mi coche, un poco tocado por el vino y otros licores, me espetó a la cara como quien no quiere la cosa: ´´¡Muera Sharon! ´´. En principio quedé tan estupefacto que no supe cómo reaccionar. Habíamos cenado juntos con nuestras respectivas esposas y no habíamos hablado para nada de política. Lo cual hacía más extraño y tonto su exabrupto, aunque fuese provocado por el alcohol. Nunca había percibido más muestras de que el antisemitismo vive agazapado y brota por cualquier motivo, en especial ante el éxito judío, que en esa ocasión. Mi amigo me lastimó sin necesidad, sólo por el gusto de hacerlo, por el placer de soltar una maldad. Entonces yo no era tan sharonista como hoy ni mucho menos. Fue su odio de siglos el que me hizo desconfiar ya para siempre de él y, tras un enfado de pocos meses, regresar a nuestra amistad pero con pinzas, munido de los asépticos guantes de la cautela.

Amo a Sharon por haber sido tan valiente como para, hacia el final de su vida, asumir una dolorosa retirada de Gaza, él, que fuera un paladín del Gran ; él, que fuera un poco vanidoso y totalmente escéptico respecto a llegar a un acuerdo con los árabes. El, que fuera un patán en más de un sentido y un alma grande en muchos otros. Ningún soldado, de cualquier ejército activo, es un santo, del mismo modo que ningún santo se involucrará, por principios, en una guerra. Pero también lo amo como amé, en su momento, a Dayán, otro de los grandes. Ser soldado de y en es una pesada carga, pero también un asombroso privilegio: estamos limpiándonos aún de la debilidad que nos impusieron otros, de los límites que aherrojaron nuestro destino en el exilio y Tzahal, el gran ejército judío, es la lavadora, el tamiz que deja atrás la escoria de las dudas y las cobardías para obtener la pepita de oro del coraje y el buen temple.

Sharon cometió muchos errores, quién no. Pero al mismo tiempo sus proezas son tantas, sus genialidades tan abundantes, que podemos perdonarle, nosotros los judíos, esos errores. Que otros, sobre todo entre los gentiles, piensen lo que quieran. Los inminentes obituarios de la prensa occidental , y si se atrevan a menospreciarlo, no lo rebajan ni lo rebajarán un ápice a nuestros ojos. Siempre será nuestro héroe.

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Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.