Se cree que dar el ejemplo es hacer lo que se dice. Por ejemplo, alguna autoridad que debe hacer cumplir la ley y él mismo no la cumple, no está dando el ejemplo.
Algún líder que da una conferencia respecto al buen comportamiento, la solidaridad y demás y él mismo no actúa de la manera que dice, está dando mal ejemplo.
Ahora bien, el mal ejemplo no es para aquellos  que le ven actuar de manera contraria a lo  expresado, el mal ejemplo se transmite por ósmosis incluso a aquellos que jamás han visto al orador. Me atrevo a afirmar que incluso a aquellos que ni siquiera le han escuchado y tal vez, ni conocen de la existencia de esta persona.
Porque el mal ejemplo se transmite desde aquellas personas que dicen una cosa y hacen otra aunque nadie los haya visto nunca.
Lo mismo sucede con el buen ejemplo. Cuando alguien se comporta de manera adecuada, incluso a escondidas de la sociedad, incluso si no dice lo que hace, ya que esto sería hacer alarde del excesivo orgullo, aun así se transmite el buen ejemplo.
Aquellos padres que no ven a sus hijos, que sepan que el ejemplo se transmite aun sin siquiera conocerlos. Y no sólo a los hijos, sino a la sociedad en general.
Pero hay algo muy llamativo en esto, y es que no es sólo de grandes a chicos, como el citado ejemplo de padre a hijo, sino a la inversa también. Cuando hablamos de transmitir ejemplos, sean buenos o no, da igual siendo de padre a hijo como de hijo a padre.
Así que tengamos cuidado a quien leemos, a quien escuchamos, porque esas influencias penetran de manera muy fuerte.
La Tora nos enseña que se debe quemar un Sefer Tora escrito por un reformista o negador de HASHEM porque de esas letras emanan fuerzas impuras y negativas.
Y, aunque no sigamos a personas de mala influencia, aunque nos cuidemos al máximo de juntarnos con personas que emanen buen ejemplo, al ser que el mal ejemplo se transmite de grandes a chicos como de chicos a grandes, conociendo y aún sin conocer al protagonista, habiéndolo escuchado o sin haberlo escuchado jamás, de todos modos debemos hacer todo nuestro esfuerzo al alcance de nuestras posibilidades y este acto en sí es bueno y transmite cosas buenas.
Las fuerzas negativas no se acercarán a nosotros porque percibirán que estarán perdiendo el tiempo inmersas en alguien lleno de positivismo.
Ser positivo no es decir “Sí, señor” todo el tiempo ni tampoco hablar en lenguaje incluyente ni nada de esas modernas tonterías absurdas. Ser positivo es pensar en positivo y transmitir dichos pensamientos de manera agradable y dulce, ya sea verbal o con la expresión del cuerpo. Un mudo también transmite y un sordo también capta, al igual que un ciego percibe.
Es por eso que el principal acto no está en esos 5 sentidos conocidos, sino en el pensamiento.
La pregunta es cómo pensar en positivo. De eso hablaré en alguna otra oportunidad.
¡¡¡Hasta la próxima!!!

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.