La “Documenta”, de Kassel (Alemania), es desde su inauguración en 1955, una de las de arte contemporáneo más importantes del mundo.

Se celebra cada cuatro y últimamente cinco años, y en ella han estado representadas algunas de las grandes figuras del arte del siglo XX desde Picasso, Miró, Kandinsky, Klee o Beckman hasta Warhol o Pollock.

Uno de sus dos fundadores, el historiador del arte Werner Haftmann, que dirigió sus tres primeras ediciones (hasta 1966) junto al pintor Arnold Bode, ambos ya fallecidos, tenía un pasado nacionalsocialista y fue buscado incluso como criminal de guerra.

Tras la instrumentalización del arte durante el Tercer Reich, la Documenta se presentó como la apertura tanto a las vanguardias como a la abstracción, que dominaba en aquel momento el arte internacional.

Para Haftmann, el arte abstracto representaba la autonomía y la libertad de expresión del artista al margen de todo mensaje político como los que habían caracterizado tanto al arte de la Alemania hitleriana como al “realismo socialista” de factura soviética.

En el libro que dedicó al “arte degenerado”, como llamaron despectivamente los nazis al arte expresionista de los años treinta, Haftmann sostiene que “no hay arte antifascista, sino solamente arte” y que el artista es “únicamente responsable ante su arte”.

Haftmann no sólo rechazó “la primacía de lo político” en el arte, sino que quiso expulsar de él totalmente a la política. Sólo así se garantizaba que en las primeras Documenta no se incluyese a ningún artista judío ni tampoco a los que habían sufrido persecución durante el nacionalsocialismo.

Y ello explica también que en el equipo organizador de sus primeras ediciones hubiera comparativamente más ex miembros del partido nazi y sus organizaciones como las SS o las SA que en otros organismos alemanes de la inmediata posguerra.

Así en ellas no tuvo cabida, por ejemplo, la obra de Otto Freundlich, uno de los primeros representantes de la abstracción alemana, deportado y asesinado en 1943.

También se tachó de la lista original de artistas al expresionista Rudolf Levy, detenido en 1943 en Italia por la Gestapo y fallecido en 1944 en el tren que le llevaba junto a otros judíos al campo de exterminio de Auschwitz.

Sí se exhibieron por el contrario obras del también expresionista Emil Nolde que habían sido incluidas en la exposición itinerante de “arte degenerado” organizada por los nazis pese a sus simpatías, hoy acreditadas, por el régimen de Hitler.

En una exposición que puede visitarse actualmente en el Museo de la Alemana, de Berlín, se muestran, junto a obras originales de Levy, dos artículos del diario “Giornale dell´Emilia” en la que se acusa a Haftmann de haber maltratado a partisanos e incluso de haber participado en fusilamientos en Italia.

El codirector de las Documenta, condecorado durante el nazismo con la Cruz de Hierro de segunda clase, había sido buscado en Italia como criminal de guerra, según el historiador Caro Gentile.

Haftmann se expresó en 1986, tres años antes de morir, en contra del totalitarismo, pero por éste entendía sólo el socialismo y su expresión artística: el “realismo socialista”.

Sólo a partir de la cuarta Documenta, en 1968, el año de las protestas estudiantiles en Europa se distanció finalmente ese evento cultural del fuerte anticomunismo de sus primeros años para denunciar lo que ocurría en aquellos momentos en Vietnam y “el silencio apolítico del arte frente a la pobreza y las guerras”.

Como dijo el presidente alemán Theodor Heuss con ocasión de la primera Documenta, “con la no puede hacerse cultura, pero tal vez pueda hacerse con la cultura”.