Diario Judío México -

Me parece que antes de escribir sobre el ícono de Google Earth y la emoción que me causó el día que apareció repentinamente en la pantalla de mi laptop, debo mencionar -para aquéllos que no me conocen- que resido en los desde hace muchos años, más de los que viví en México, la ciudad de México para ser precisa. Chilanga, de la Hipódromo Condesa, no he estado en mi colonia en mucho tiempo ni volveré a estar. Los buenos amigos que siempre me ofrecen alojamiento para cuando decida reanudar las visitas al Distrito Federal respetan eso que a la mejor piensan es pura sensiblería. Pero gracias a la empatía que se logra con la amistad de casi toda una vida, y a la habilidad para identificarse con sentimientos que otro experimenta, que es una cualidad que pocos poseemos, los que me han dado posada en viajes anteriores entienden por qué me llena de nostalgia la posibilidad de volver a recorrer mis calles.

Cuando nuestra vida se desenvuelve en el mismo ámbito en el que de niños y jóvenes llegamos a adultos, el marco de referencia que nos sirve de guía y nos ubica en el tiempo y espacio viene a formar parte del acontecer diario. No es así cuando hay un cambio en la zona geográfica -como en mi caso- en la que, ya adultos, nos hemos desplazado a otros contornos. A veces –quizá más de las que imaginamos- las memorias y recuerdos de la infancia y de la adolescencia quedan latentes y resurgen cuando algo los suscita, sea una banca en el parque México o un número en el portal de un edificio en la avenida Ámsterdam, entre tantos otros posibles puntos de referencia. Entonces, y semejante a quien habita en las cercanías de lugares de interés turístico que nunca ha visitado porque sabe que están ahí, a su alcance, para el día que quiera ir a conocerlos, es común que un vecino de tal o cual colonia que ha vivido toda su vida en la misma ciudad, no se aperciba de los puntos de referencia que puedan dispararle una memoria. De haber sido yo uno de esos vecinos, probablemente estaría aquí escribiendo de otra cosa.

Quizá se deba a rezagos de la mediana edad que ya rebasé hace más de una década y a las irremediables ausencias de seres queridos que extraño, pero los recuerdos de la adolescencia y sobre todo los de la infancia están a flor de piel a cada vuelta de las esquinas que ya no quiero tomar. Para algunos, experimentar nostalgia puede ser satisfactorio en pequeñas dosis; pero para otros –yo incluida- también puede provocar desasosiego. Y he ahí la razón por la que andar mis calles en la Hipódromo Condesa me causa pena y por qué no iré allá más.

Entonces, ¿a qué viene a cuento el Google Earth? No sólo es una de esas creaciones virtuales de los últimos años que conjuga lo fantástico en el sentido literal (¿volar como Peter Pan?) con lo práctico (¿qué camino tomar de un punto A a un punto B?), sino que esta opción hace posible que el navegante del Internet se desplace a cualquier lugar geográfico del Globo sin moverse de su asiento, ya sea sólo para turistear o para hacer una búsqueda de un establecimiento. Con Google Earth puedo viajar a mi ciudad sin que –curiosamente- la visita me produzca añoranza. Todo lo contrario, el vuelo es estimulante en el buen sentido. ¿A qué se debe esto? ¿Por qué el vuelo virtual de ida y vuelta que me lleva y trae en un instante no incomoda ni produce malestar como sucedió antes al recorrer las calles de mi colonia en persona? No tengo una buena respuesta. Quizá sea algo parecido a una probadita de un manjar prohibido o regulado por alguna dieta estricta que satisface el antojo momentáneo pero no empacha. O tal vez –pienso- sea que la experiencia de la instantaneidad virtual es más intensa que toda esa sensiblería que unos padecemos y otros no y que, gracias a la misma instantaneidad, sólo nos deja con la emoción de haber estado y visto sin hacer mella en lo demás. He ido a la Condesa Hipódromo a ver el balcón desde donde mi mamá me hizo adiós con el ademán de la mano y esta vez al regreso no lloré.

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Originaria de la ciudad de México, Viviana Grosz es licenciada en letras por la UNAM. Hizo cursos de postgrado en la Universidad de Rutgers, y obtuvo la maestría en la Enseñanza de Inglés como Segunda Lengua en la Universidad de Kean donde es profesora de medio tiempo desde 1998. Ha publicado en Avotaynu. The International Review of Jewish Genealogy, y en la antología Every Family Has a Story. Es miembro de JewishGen donde coordinó, organizó y escribió material para la creación del sitio http://www.shtetlinks.jewishgen.org/Edeleny/Edeleny.html. Viviana reside en Nueva Jersey.