"Ningún pueblo, salvo el de Israel, dispone de una conciencia histórica tan fuertemente arraigada y transmitida, por medio de este conjunto de obras que llamamos, en plural, Biblia." Eso dice Luis Suárez historiador español, en su libro Los Judíos (2006, p.19)

Uso esta cita para encuadrar un relato personal, pues crecí en una familia que me transmitió esa conciencia histórica. Ya mayor, me enteré de la historia de las persecuciones, tan antiguas como el pueblo mismo. Ambas conciencias, las compartimos la mayoría de los judíos actualmente, independientemente de si somos creyentes estrictos o no. Creo que ambas conciencias son la base de nuestra identidad y de lo que nos une.

Habrá que señalar que el contexto familiar, la forma de la transmisión, y la cultura en la cual vivimos, tienen una importancia separada de la información en sí, porque son las que matizan la identidad personal de cada uno. Suárez también señala que siempre existió una tensión interna entre querer ser como los demás pueblos y obedecer la alianza con Dios. No soy creyente y, a pesar de ello, estoy de acuerdo en que estas tendencias existen en cada uno con expresiones variadas.

El encontró el compromiso a esta dicotomía y la creación del Estado de es el pasaje de un ideal a su concreta realización. El retorno a la tierra de nuestros antepasados también es un acontecimiento único en la historia humana. Un estado nos brinda las condiciones para ser como los demás pueblos: tenemos una tierra que llamamos nuestra, la posibilidad de ejercer cualquier profesión, y un ejército que nos protege. La Diáspora implica estar siempre a merced de los anfitriones, que nos impusieron profesiones delimitadas y después nos adjudicaron cualidades peyorativas ligadas a estas profesiones, que luego usaron como motivo de persecución.

Aunque las cosas han cambiado en Occidente desde la emancipación de los pueblos, el persiste abierta o encubiertamente. Vivir en la Diáspora acentúa la conciencia de persecución, un lastre psicológico difícilmente superable. Se expresa en una hiper-sensibilidad al o su negación, y en el fuero interno en una sensación de victimización acompañada a veces de devaluación no siempre consciente, que es manejada en formas distintas.

La transición de judía de la Diáspora a israelí fue un trabajo emocional prolongado no siempre fácil, que empezó años antes de hacer Aliyá. Trataré de relatar este proceso con ejemplos personales.

Algunos años antes de hacer Aliyá le conté a mi padre que había sido elogiada por un trabajo que presenté en un congreso latinoamericano, y él me preguntó:

- ¿Sabían que eras judía?
- Con mi nombre y apellido no cabe duda.
- Sabes que no nos quieren.
- Ese es problema de ellos, no mío.
- Los judíos tienen vergüenza de ser judíos.
- ¿Por qué debo tener vergüenza si pertenezco a una elite de cinco mil años?

Este intercambio me reveló los sentimientos íntimos de un judío ortodoxo que internalizó la vivencia del antisemitismo. También mis contestaciones fueron una revelación para mí; no estaba consciente de atravesar por un proceso de emancipación del lastre psicológico de las persecuciones sin perder mi identidad judía.

¿Pero en qué consistía mi identidad judía si no era creyente? Yo me identifico con los logros intelectuales de judíos a través de los siglos, incluyendo el de los Diez Mandamientos, que nadie puede negar es una creación intelectual que elevó el concretismo de la idolatría a niveles abstractos, tanto la noción de Dios como los preceptos de conducta interhumana. Pero en aquel entonces no era del todo consciente de que albergaba un aspecto de la víctima, la falta de derecho a manifestar hostilidad a mis perseguidores.

Le podría creer que lo que dije previamente había resuelto el problema del lastre psicológico de persecuciones tanto históricas como recientes. Sólo poco a poco en ocasiones específicas se me hacía patente el problema.

En ocasión de buscar apartamento en Estados Unidos, me llené de angustia pensando que no me lo alquilarían, y recordando que en un pasado no tan lejano los judíos no podían vivir en ciertos vecindarios, trabajar en empleos de prestigio, albergarse en ciertos hoteles, pero al recordar que eso ya era ilegal me tranquilicé. Capté que teniendo recursos legales no estaba totalmente a merced del país anfitrión; tenía derecho a defenderme de la discriminación.

La decisión final de hacer Alyiá se debió primordialmente a estar harta de vivir a la defensiva de la discriminación encubierta, tanto por judía como por mujer. Sentía que esta decisión no tenía retorno y me fue claro cuando en ocasión de la primera Intifada experimenté un pánico intenso. Podría decirse que se desarrolló una conversación entre dos personas: 'Puedo volver a México'. 'Pero decidiste vivir en Israel'. '¿Y qué pasará conmigo?' 'Lo mismo que a los otros'. El pánico pasó y entonces supe que era una entre iguales. Sentir así es adquirir valor y me di cuenta de ello en un incidente unos días después, cuando caminando por la calle tuve que pasar al lado de unos muchachos árabes, e inicié otro diálogo conmigo misma: 'Tienes miedo y quieres pasar al otro lado de la calle'. ¡Qué les vas a demostrar que tienes miedo! Y seguí caminando. Poco después me di cuenta que la escisión interna entre la judía de la Diáspora que hasta entonces llamaba judía, y la otra que es como todos los demás desapareció. Quedó la otra aunque es judía sin embargo dejó de serlo.

Resumiendo, la transición de judía de la Diáspora a israelí no es más que un cambio en la percepción interna que se tiene de la identidad de uno mismo.

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