Diario Judío México - Podríamos decir, para ahorrar palabras, que el “gusto” es una reminiscencia, y que son los poetas los hombres más capacitados para enfrentarla y traducirla. La reminiscencia, según Platón, es un deslumbramiento; la reminiscencia, o mejor dicho, la conciencia de que somos hombres y de lo humano, argüía Heidegger, es un desembozamiento, y en los casos más duros un desgarramiento. Los místicos, a fuerza de meditación, desembozan las cosas, quitan las cáscaras que impiden comprender la esencia de los objetos; los que han padecido guerras, como el pueblo judío, a fuerza de dolor comprenden qué es la existencia, el realismo enemigo de las patochadas grandilocuentes de Fichte, Carlyle y Hitler. El arte, ciertamente, es una vía recta hacia la belleza, que cuando es realmente lo que es, belleza en su talidad y no producto de interpretaciones relativistas o culturales, representa un valor universal. Creer, como el Borges lector de los judíos o como el Spinoza detractor de la , que existen valores universales, implica fe. Luego, es el arte el mejor promotor de la fe, y además enseña, sin guerras ni meditaciones ascéticas, qué hay de trascendental en la existencia.

Los que han sufrido dolores ingentes le toman sabor a las pequeñas cosas, a las nimiedades, a las bagatelas de cualquier circunstancia. ¿Por qué? Porque el dolor despierta, según Schopenhauer, la consciencia. La consciencia, nadie lo ignora, está hecha de tiempo y de espacio, o sea, de olvido y de cambio. Pero olvidar no es borrar o escamotear, sino apartar; y apartar es, como dicen los cabalistas, distinguir, percibir con rigor y con majestad, es decir, sin perder la postura. ¿Qué es el rigor? A grandes rasgos, digamos que rigor es sistematización; y toda sistematización de la percepción, lo ha notado Kant, produce una teoría estética, un método para acercarnos a las cosas. Tengo para mí que las condiciones de la percepción provienen, en el caso de las personas sin una personalidad fuerte, del entorno, de la cultura, o por mejor decir, del lenguaje, sea pictórico, sea dramático. Dichas condiciones forjan el “gusto”, rasgo de la sensibilidad ligado a la religión.

El “gusto”, el “buen gusto” o “gusto justo”, ¿qué es? Es una postura del espíritu, una postura tradicional. Las tradiciones son un conjunto de reglas y axiomas que hacen que el hombre pueda integrarse a cualquier sociedad. La tradición, con todo, cuando no es entendida y asimilada es una jaula, un impedimento. Y es que los hombres, cuando aceptan ciegamente la tradición, la costumbre, se embotan. El Quijote decía, sabiamente, que la pluma jamás ha embotado a la espada, y que la espada, a su vez, jamás ha embotado a la pluma. Troquemos las palabras en nombres y hagamos que los nombres sean representaciones de ideas. “Espada” es improvisación, en tanto que “pluma” es meditación. El “buen gusto” será, entonces, saber discernir cuándo esgrimir las armas y cuándo esgrimir el argumento. Los artistas modernistas, por ejemplo, han roto la tradición geométrica, la ley de la pluma y del compás, para pintar a espadazos, salpicando rojos; los conservadores, en parangón, abominan de la espada y todo quieren hacerlo discurso. Los primeros quieren, dice un crítico, que el público “recorra” las obras, mientras que los segundos quieren que las obras se “contemplen”.

Quien contempla, creyente, busca que algo se le revele; quien recorre, por su lado, busca ser él mismo profeta, alguien que se le revela al paisaje, al público. Los cristianos, que han usado mucho la pintura para predicar, son contemplativos, mientras que los judíos, que son pueblo de libros y de exégesis literarias, son caminantes, y sus exilios múltiples lo demuestran. El cristiano es expansivo, dice John Rawls en sus `Lecciones´, y el judío es hermético, dice Chouraqui en su obra `Historia del Judaísmo´. Ambas culturas, con todo, trabajan para encontrar revelaciones. La Cábala, el Talmud, la Torá, así como los libros canónicos del Cristianismo, sistematizan el mundo de una u otra forma, ora con nombres y signos, ora imaginando moradas y cielos, ya con leyes, ya con sacrificios; ambas culturas, digo, necesitan que sus autoridades tengan el “buen gusto” necesario para predicar sus axiomas. Sin “buen gusto”, sin un toque de divinidad, la autoridad pierde su poder inmediatamente ante el diletante que pretende, contrariando a Maimónides, acceder al paraíso sin haberse hartado de pan y de vino, es decir, de la sabiduría rabínica.

Toda autoridad, poseedora del “gusto”, de una sensibilidad superior para tocar con la “frente” los cielos, según un poema de Firdusi, algo ve que nosotros, los simples, no vemos. Cuenta Alberto Gerchunoff que Paul Magnaud, juez francés, juez recio y apacible que seguía al pie de la letra los dictados de la Ley, después de leer el `Quijote´ cambió, se hizo amigo de la verdad, de la “alethéia” de los griegos realistas; o dicho kantianamente o al modo de H. Cohen, Magnaud renovó sus categorías mentales, adunó quijotil “verdad” y escuderil “realidad”, ideas que no siempre andan juntas, pues la “verdad” está hecha de tinta de “pluma” y la “realidad” está hecha de acero de “espada”. Magnaud, dice el argentino, mientras leía el `Quijote´ un cuchillo “apretaba con mano crispada, como si fuera el puño de espada justiciera”; Magnaud, acompañando a Sancho y al Quijano idealista, comprendió que la quietud, que la contemplación pura es muerte, y que hay que caminar y conocer para comprobar que nuestra palabra es inteligible por doquier y que el filo de nuestra espada corta materias diversas.

Martin Buber, erudito judío, sostenía que “el rezago del hombre tras sus obras” es la causa mayor del descontrol mental y espiritual, de la falta de orientación metafísica. El que a espadazos y alucinado vive presto se fatiga, pronto destroza la alteridad, la destroza como el cansado Quijote destrozó cueros con vino; quien vive sin religión, sin saber cuáles son sus orígenes y sus metas, más que caballero andante es escudero en busca de quimérica Dulcinea, gente ciega, como Sancho. En la Escritura, fuente cervantina, leemos (Salmos 45:4): “Ciñe tu espada al costado, valiente,/ es tu gloria y tu esplendor; marcha, cabalga,/ en pro de la verdad, la piedad y la justicia”. Leer la Escritura es leer un código, y todo código o artificio de colores o de notas léxicas y sonoras es un misterio que hay que descifrar. En el arte comprendemos qué es piedad, y piadosos conocemos qué es verdad; y verídicos, sostengo, somos justos queriéndolo o no. La justicia es espada que le cercena a la política su brazo bélico.

Homero, poeta de “buen gusto”, cantó la épica antigua sin favoritismos; y los griegos, que lo leían, ejercitaron el juicio en su obra, siempre atenta a la piedad. Moisés, como Homero, tenía “buen gusto”, y por tal pudo, según decir de Maimónides, traducir la voz revelada de la divinidad y soportar, a una, los reclamos de . El “buen gusto”, concluyamos, consiste en tener siempre en cuenta lo metafísico, lo cosmogónico. Hannah Arendt, en su libro `¿Qué es la política?´, razona el estilo de Homero, que se parece al estilo de la Torá, pues es épico en su fábula (el `kidduch´, por ejemplo), lírico en sus diálogos (como el del Libro de Job) y dramático en sus acontecimientos (`Éxodo´). Arendt, dice: “Este modo homérico de mostrar en todas las cosas dos aspectos que sólo aparecen en la lucha, es también el de Heráclito cuando dice que la guerra es `el padre de todas las cosas´. Aquí, la violencia de la guerra en todo su espanto todavía proviene directamente de la energía y la potencia del hombre, que únicamente puede mostrar su fuerza cuando la pone a prueba frente a algo o alguien”. ¿No ha mostrado el grandioso pueblo judío su energía en los guetos? El judío, como el Quijote, muestra “gusto justo”, ánimo y templanza en la desventura, y se remite a la Torá en la flaqueza, y lucha contra la modernidad con su “adarga antigua” y su “rocín flaco”, con su pluma y tintero sanguinolento, esto es, con espada que en el viento escribe la historia.