Diario Judío México - Poco a poco, aunque lleva años de constante deterioro, el nivel del debate público se ha abaratado. Puede ser que la desconexión entre los segmentos privilegiados de la sociedad mexicana con esa mayoría carente de una vida digna haya provocado que, para lograr una comunicación entre ambos, se hiciera la imagen de que, para entendernos, era necesario ofendernos primero.

Esto, sin embargo, no es nuevo. La opinión publicada, de quienes tenemos el privilegio de externar nuestras opiniones en un espacio nacional, y la opinión pública, que se forma con esa mezcla de información editada, datos sin contexto y sabiduría convencional, viven separadas desde hace mucho tiempo.

La inmediatez de las redes sociales ha hecho que la velocidad a la que puede producirse —y reproducirse— contenido hábilmente editado o en tiempo real, limite el análisis elemental de los hechos que le dan forma a este cambio de época en México.

Ya había comentado que trato de evitar el ruido de las redes, de los mensajes instantáneos y hasta de los memes, acudiendo a fuentes confiables de información con periodistas que todavía privilegian el rigor por encima de la alerta noticiosa, a lo que agrego una hora y media diaria, en promedio, para revisar completa la conferencia mañanera del Presidente de la República.

Estos dos sanos ejercicios me han permitido obviar la cascada de parcialidades que llegan a mi teléfono celular, las ediciones a favor y en contra del titular del Ejecutivo (dependiendo del tema y del autor), al igual que el “teléfono descompuesto” que arroja mentiras, verdades a medias, rumores e intentos descarados de manipulación, como avienta la marea lo que no desea a una playa. Preferiría no hablar de las teorías de la conspiración o los anuncios del Apocalipsis del día siguiente, pero es importante mencionarlos porque llegan a sorprender a muchas personas que, a pesar de su nivel económico y educativo, son altamente influenciables.

Los dos fenómenos, el presentar información editada, pero que coincide con los miedos de un segmento de la población y diseminar mentiras para dividir a la sociedad mexicana, llevan un riesgo mayor al que percibimos ahora: que no sea posible ponernos de acuerdo, por el simple hecho de no querer hacerlo, y ello nos divida en tres fracciones sociales.

Nuestro punto de quiebre sucedió durante la elección de 2006, la cual nos enseñó que podíamos rebasar cualquier argumento o razón si se trataba de imponer la preferencia política propia. Conforme vimos que las mentiras, los ataques y las bajezas se convertían en herramientas de la competencia electoral, las fronteras del respeto político (si es que alguna vez existió) se desvanecieron. Y eso que la comunicación digital de hoy no existía.

Lo que vino después fue una caída progresiva no sólo del debate y el análisis, sino el ascenso de una peligrosa idea de que hay una parte de la sociedad que entiende y otra que no. Una que carece de valores, porque le hace falta todo lo demás, y otra a la que le sobran nada más porque está en la reducida punta de la pirámide.

Ni el ataque de la delincuencia, y la corrupción que la protege, que no respeta condiciones o se detiene por preferencias ideológicas, hizo reflexionar a quienes dirigieron al país durante los últimos 12 años posteriores a esa elección para buscar acuerdos sociales mínimos que evitaran la constante división.

Hablo de tres fracturas, como las que puede sufrir cualquier hueso del cuerpo, porque en México ya tenemos dos lamentables: quienes rechazan todo lo que provenga de Palacio Nacional y aquellos que ven sólo bondades y ataques injustificados.

En los márgenes, están los radicales de uno y otro bando, agazapados, ultraconservadores, racistas y clasistas, esperando su oportunidad para presentar su opción; una que sea todavía más parcial, excluyente y ofensiva, como ya sucedió en Estados Unidos, en Brasil y en España, entre otros.

Estamos a tiempo de frenar esa falsa alternativa con la construcción de una sociedad que sirva de puente entre ambos universos. Nos faltan mediadores que expliquen la realidad que vivimos y sobran quienes distraen señalando a la dirección contraria a la que huye el ladrón.

FuenteExcélsior
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