Diario Judío México - Quiero relatar mi historia, que para muchos puede ser la de cualquiera, pero que no debo callar si por medio de estas líneas puedo ayudar a que alguien evite pasar por lo mismo. Siempre he sido una mujer pasada de peso, con problemas de adicción a la comida, derivados de un desorden alimenticio de lo más común, pero con una vida social extensa, y que disfrutaba a plenitud. Pero es momento de entrar en detalle sobre lo que pudo haber sido el argumento de una película: cuando comenzaba a hacerse popular el uso de Internet, en aquellos tiempos en los que casi nadie tenía una computadora en casa, ni soñábamos con la agilidad y rapidez de la banda ancha, por azares del destino fui a dar a una página para conocer gente, lo cual hoy es de lo más común y trivial.

En la primera búsqueda, salieron los datos de un muchacho de otro país, soltero como yo, de edades similares e intereses muy distintos, y comenzamos una larga serie de mensajes y conversaciones, las cuales se extendieron por meses. En ese tiempo ambos sentíamos la excitación de la novedad, de lo extraño, romántico y seductor que resulta conocer a otra persona a la distancia, en otro idioma, con otros valores y otras perspectivas. En ese entonces, apenas comenzaban a ser accesibles los scanners, y ni siquiera soñábamos con las cámaras o la comunicación a tiempo real. Sucedió lo inevitable, y vinieron dos encuentros en persona, uno en cada país, en los cuales todo parecía perfecto. No había más que promesas, amor y realidades veladas. Y con la visión nublada por la ilusión, se perdieron de vista las señales. Las hubo, sin duda, pero quedaron veladas por toda la niebla que había alrededor.

Recuerdo haber defendido “ese amor” contra todo y contra todos, los alarmistas y los que preguntaban si no era demasiado apresurado, los que ponían en duda la decisión de formalizar una relación en la que literalmente, nos vimos dos veces.

En un abrir y cerrar de ojos, vino el anillo, los preparativos, y finalmente, la boda. Un sueño hecho realidad. Por fin había encontrado alguien que me valoraba por mi interior, y el capítulo de lo físico estaba cerrado. La lucha había terminado. Todo fue rápido, y según yo, sincero y lleno de promesas para un futuro en común. Una carrera profesional en ascendente y otra recibiendo una nueva oportunidad. La historia perfecta. O al menos, eso creía yo. Ambos encontramos trabajo, y nos dedicamos a construir un hogar, y a planear el paso siguiente: la familia. Después de todo, ninguno de nosotros era un jovenzuelo, y teníamos nuestra historia bien planeada y definida.

Pasaron unos años, y nuevamente, las señales se perdieron de vista en la niebla de la felicidad conyugal en su primera etapa. Unos cuantos gritos en momentos de ansiedad, o arranques de violencia ante frustraciones triviales como puede ser el que te ganen un lugar en el estacionamiento, no me hicieron pensar nada malo, después de todo ambos tenemos carácter fuerte, pero comencé a actuar distinto cuando nos enfrentábamos: bajaba la voz, y trataba de evitar la confrontación, lo cual no sucedía fácilmente.

Cambiaron las circunstancias, y las promesas laborales comenzaron a sufrir incumplimientos, y resurgió la frustración, pero se logró cubrir a través de contactos y nuevas promesas, frente a un futuro distinto. Fue entonces cuando decidí dejar el camino profesional y convertirme en ama de casa con trabajo, para que la responsabilidad financiera, no recayera únicamente sobre mis hombros, y pudiera yo dedicarme a cumplir mi último sueño: convertirme en madre.

Al cabo de dos años, y en medio de una crisis matrimonial severa, a pesar de haber perdido muchos kilos, y la cual estuvo a punto de reventar varias veces, principalmente por falta de comunicación, logré quedar embarazada, y todo parecía encaminarse bien. En ese período, hubo dos grandes peleas, una que recuerdo vagamente, muestra de mi bloqueo hacia dichas situaciones, pero el enfrentamiento verbal ya fue de grandes proporciones, y temía por mi estado.

Incluso se suscitó una discusión muy severa con un miembro de mi familia que casi llegó a los golpes, pero al tranquilizarse los ánimos, volví a cerrar los ojos ante la realidad: la violencia crecía cada vez más, y mi temor se acrecentaba. Y además, el peso… siempre el peso, que aparecía como una constante en todas las discusiones. Pero por si fuera poco, de pronto mi pareja se quedó sin trabajo, y hubo que retomar la búsqueda de contactos para conseguir una nueva oportunidad.

Nació mi hijo, y vino la luz más grande a mi vida. Me dediqué en cuerpo y alma a criarlo, y a tratar de mantener el barco a flote. Para colaborar con la economía familiar, tomaba trabajos eventuales como traductora, principalmente para elaborarlos durante la noche, mientras mi bebé dormía, además de elaborar diversos tipos de impresiones y diseños. Cuando menos lo esperaba, y en medio de otra nueva crisis, vino lo que nunca esperé: el primer golpe.

Duro y seco arriba del oído. Creí que enloquecía: eso no podía estarme sucediendo a mí. Pero nuevamente… velando el asunto, y buscando justificaciones a las conductas agresivas. Después de un par de semanas separados, y ante las incontables promesas de cambio, accedí a volver siempre y cuando hubiera tratamiento para ambos. En mi caso, fue una presión más, pues quien me atendió solamente dedicó su tiempo a presionarme para que bajara de peso. Y lógicamente, huí. Y de lado de él, parecía ir muy bien a pesar de su resistencia inicial, pero cuando otra crisis de golpes y violencia verbal me orilló a acudir junto con él, entendí que solamente había tratado temas superficiales, y no lo habían conocido como realmente era: agresivo, inseguro y golpeador.

Comencé entonces un proyecto laboral que arrancó fuerte, era un negocio prometedor, y lo único que recibí de parte de mi pareja, fue resistencia y quejas, por sentirse desplazado. Y me enteré entonces que estuvo saliendo con “una amiga”, quien le pidió que dejaran de hacerlo para no lastimarme, y la duda que se sembró entonces, permaneció latente, sin comprobar jamás nada “indebido”. Finalmente, el negocio pasó a ser un sueño truncado debido a un cambio de ubicación de mi contraparte, y recibí la oportunidad de regresar a trabajar, estando muy cerca de mi hijo, y no lo pensé dos veces. Había que sacar a la familia adelante. Por algo pasan las cosas, de eso no me queda duda.

Al paso del tiempo, la frialdad y la distancia hicieron merma en la pareja. La incomunicación era cada vez mayor… y los gritos, más fuertes. Vino nuevamente una crisis laboral para mi pareja, pero esta vez, amparado en la seguridad de una liquidación recibida, tardó seis largos meses en encontrar trabajo, en los cuales se dedicó “a prepararse” para buscar lo que deseaba. Y cuando por fin lo encontró… tuvimos dos meses de tranquilidad, y volvió a estar sin trabajo, y los rumores de una doble vida comenzaron a circular. Y la violencia, la agresividad, la exigencia de un cambio físico… seguían ahí.

Hasta que llegó el día en que desperté, empecé a buscar lo que había tras las señales que nunca quise ver, decidí que ni un golpe o empujón más, y encontré lo que nunca esperé: la infidelidad expuesta por medio de cuantiosos correos electrónicos que dejaban las sospechas totalmente comprobadas.

Vino la confrontación, y al admitirlo, sencillamente le pedí que se fuera de mi casa. Y se fue, en medio de amenazas, intento de golpes, y gritos. Muchos gritos. Arremetió contra mí, contra mi familia, actuó como animal acorralado, golpeó públicamente a mi hermano, y un día, se tranquilizó. No fue fácil decírselo a mi hijo, pero su madurez fue sorprendente y fue lo que me hizo reaccionar y buscar alternativas que me permitan sostenerlo económicamente.

Durante todo este proceso, en mí se operó un cambio, una transformación, dicen los que me conocen. Aquellos que me conocieron ya casada, mis amigos de hoy, dicen que tengo una luz nueva, un empuje que desconocían, una fuerza que no saben de dónde salió, para sacar a mi hijo adelante. Me cambié de casa, para dejar atrás los aires viciados y los malos recuerdos. Y he vuelto a empezar, con la firme convicción de salir adelante, de ver crecer a mi chiquito feliz. Y los que me conocen de antes… han vuelto a mi vida como por arte de magia, como si la cortina se hubiese levantado. Y no hay uno que no me diga que he vuelto, que mis ojos brillan de nuevo.

Pero además… el peso, ese sobrepeso que me ha seguido siempre, ha empezado a irse. Como si el bloqueo se hubiese desvanecido, he bajado dos tallas desde entonces, sin que en mi vocabulario haya vuelto la palabra dieta.

No es arte de magia, es que la presión se fue, y he vuelto a mi gente, a mi familia, a aquellas amistades que he cultivado realmente, los de hoy y los de antes, a aquellos que me quieren como soy, por quien soy, y que me buscan para estar junto a mí, por mi esencia, no por mi físico. He descubierto que tengo amigos, muchos amigos, y que están incondicionalmente junto a mi, al igual que mi familia.

Lo malo se fue, he vencido el miedo y he vuelto a levantarme, a emprender un nuevo camino, el cual no se ve nada fácil, pero que con todo ese apoyo, debo poder atravesar. Con mi hijo, para mi hijo, y por mi. Porque me merezco ser feliz. Porque me merezco vivir en un hogar sin gritos, sin golpes ni violencia. Y porque tengo muchas razones para estar contenta. Me he transformado… he vuelto a ser yo.

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1 COMENTARIO

  1. Querida Thelma, antes que nada quiero decirte que me facina tu nombre, es igual que el de mi hija.
    Me hizo llorar tu historia, yo fui una mujer golpeada por caso 10 años, siempre senti que me lo merecia, porque nunca acabe ninguna carrera a duras penas la secundaria y por otras cosas mas. Hoy, Thelma, de eso paso mucho tiempo porque me quede sola criando a mis 4 hijos a los 28 aÑos, y hoy a mis 65, soy la mujer mas feliz del mundo, me vine hace 35 años a Israel sola con los 4, ellos todos estan casados son muy buenas personas, establecidas bien, tengo 7 nietos, trabajo y he escrito 3 libros y estoy por acabar mi segunda pelicula, tengo tantos amigas y amigos y tanta luz y alegria en mi vida. Como veras nunca es tarde…te mando un fuerte abrazo y sigue adelante, sin que tu pasado sea un obstaculo.
    Esther Kershenovich

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Nació en la Ciudad de México, D.F.

Es egresada del Instituto Tecnólogico y de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Edo. de México donde obtuvo el grado de Licenciada en Ciencias de la Comunicación y de The University of Cambridge, Inglaterra en donde se especializó en el idioma Inglés, mismo que junto con el Español y el Hebreo son los idiomas que domina. Thelma se desempeñándo como traductora profesional.

Ha fungido como Copy Writer (escritora de textos para campañas publicitarias), coordinadora de cursos de capacitación a nivel nacional, coordinación Editorial, corrección de estilo, y producción para reconocidas empresas tanto en el ramo editorial como publicitario.

Tuvo a su cargo la Implementación de la Cruzada Nacional por la Calidad y la Excelencia de los Servicios Turísticos.