A lo imprudente se unió lo obsceno. Imprudente era alentar la formación en Palestina de un Estado que se niega aceptar la frontera con sus vecinos y aun la legitimidad de su existencia. Más imprudente aún, hacerlo cuando una de las dos mitades de su territorio, Gaza, está gobernada por un pilar mayor del terrorismo yihadista, Hamas; y cuando en la otra mitad imperan los herederos de otro terrorismo más clásico, el de Arafat. Perfectamente estúpido, meterse en tamaño avispero antes de que la Unión Europea fijara su posición conjunta: pretender ser más progre que nadie en internacional sólo lleva, en el menos malo de los casos, a hacer un ridículo que puede llegar a lo majestuoso cuando quien lo ejecuta es un gobierno conservador que se avergüenza de serlo. Pero consumar tal cosa unas horas después de que los paladines de ese Estado palestino asesinaran, a golpe de martillo y hacha, a los orantes de una sinagoga en Jerusalén es sólo obsceno. Eso hizo el Parlamento español el martes. Ni equivocado, ni estúpido. Ni siquiera ridículo. Obsceno. Y no tiene remedio.

La elocuencia de las buenas intenciones es fábrica infalible de masacre. En política. Desplaza la racionalidad hacia el afecto. El afecto hacia el sentimentalismo. Que es lo peor. En política. España ha decidido ir por delante de Europa en el camino del suicidio. Puede que lo consiga. Unánimemente, si la votación de anteayer en la Carrera de San Jerónimo es síntoma de algo.

Porque es de un suicidio europeo de lo que estamos hablando. No hay más que un Estado democrático al otro lado del Mediterráneo: Israel. Que es Europa. Y que por los criterios de cualquier democracia europea se rige.

Lo cual, entre otras cosas, le vale el ser juzgado abominable por los integristas religiosos judíos: dense una vuelta por el barrio de Mea Shearim, en Jerusalén, quienes no se han enterado todavía de que el sionismo es la variedad laica del judaísmo moderno.

Lo cual, entre otras cosas, le vale el estar sometido a una declaración de guerra permanente en sus fronteras desde 1948: medio siglo, a lo largo del cual las dictaduras que lo rodean han rechazado el principio sobre el que las relaciones internacionales se asientan: reconocer las fronteras del vecino; lo que es lo mismo, su derecho a la existencia. Cada vez que uno de esos vecinos se ha avenido a aceptar tal norma –Egipto fue el primero–, ha aceptado, por su parte, las proporcionales contrapartidas territoriales, sobre el principio “paz por territorios”.

La independencia de Palestina pende de una determinación básica: reconocer a como nación con fronteras propias. Esas fronteras fueron fijadas en 1947 por las Naciones Unidas. Y aceptadas por Israel, que fundó sobre ellas su proclamación de independencia el 14 de mayo de 1948. Fueron motivo de una inmediata ofensiva militar de la Liga Árabe con el proclamado programa de destruir las dos naciones, y Palestina, que debían ser repartidas entre los países colindantes.

A lo largo de 66 años de guerra, ha preservado su existencia. Se ha convertido en un país moderno y próspero. Muy convencionalmente democrático. A lo largo de 66 años de anacrónico empecinamiento en aniquilar al vecino, todos los despotismos colindantes han ido empantanándose en una miseria y un anacronismo cada vez más hondos. Y más antidemocráticos.

El parlamento español, unánimemente, alentó anteayer a Hamas. Que es el Estado palestino en Gaza. En el día más obsceno para hacerlo.