Ayer, en las inmediaciones del metro Tacuba, deambulaba en cuerpo y mente relajando los músculos, sacando a pasear a la respiración, dándole más libertad a los oídos y a los ojos, mientras una fresca agua iba tomando de a sorbos cortos.
A pesar de los típicos ruidos del tianguis, en el que nunca faltan los vendedores, las músicas baratas a todo volumen entrelazadas, yo solamente escuchaba lo que en mi mente pasaba: pensamientos referentes al espacio/tiempo y la velocidad relativa o absoluta de los fotones de luz en el espacio. ¡Cada quien piensa lo que quiere!
Ya habían pasado muchas horas de una larga y tediosa caminata que a cada paso se tornaba menos posible, cuando entro al famoso, antiguo y tradicional ‘Mercado de Tacuba’. Ahí hay de todo, desde ópticas, sastres, fabricantes de ropa, quiroprácticos, carnicerías, desechables, lectores de cartas del tarot, masajistas, relojeros, hasta brujos y otros ladrones.

Entré a un lugar en el que por fuera se leía un inmenso cartel (lleno de errores ortográficos) que describían todos los servicios que ahí se daban. El cartel decía lo siguiente, lo describo de manera literal): Pedikiur, manikiur, pestaniaz, uniaz, depilasion, lazer, masages.

Entré y ésta fue la conversación con la señorita a cargo. Ella estaba vestida de manera uniformada, estilo paramédico con una bata negra de bordes rosados. Muy maquillada, sus uñas postizas largas con más colores con los fuegos artificiales en la inauguración de próximo mundial FIFA, perfumada con aromas fuertes y baratos que llegaban hasta las garnachas de la otra cuadra.
Quise escaparme al ver esa imagen que combinaba perfectamente con el cartel del anuncio.
No sé ni por qué entré, pero son cosas que hago cuando no tengo nada que hacer. Mientras, seguía pensando en la relatividad y la velocidad absoluta. Creo que por eso entré, habrá sido sin darme cuenta por dónde van mis pies cuando mi mente deambula.
¡En fin…!

– ¡Buenas tardes señorita! Veo que aquí dan masajes.

– ¡Buenas tardes! – espetó con esa voz que no pertenece a una figura humanoide. Era una voz de hombre ronco y borracho después de un concierto del Tri.

– Quiero pedir informes, porque fíjese que tengo una pequeña molestia en una pierna y….

– No atendemos a caballeros – dijo, mientras el cigarro lo mantenía en la comisura de sus labios pintados desde la barbilla hasta la nariz, y sin levantar la vista.

¿No atienden a caballeros? ¿A caballeros o a hombres? Que yo sepa son cosas diferentes.

Me acerco un poco más y le dije (o mejor dicho le seguí hablando, pero ya estaba yo en plan de echar broncas, entonces le mentí):

– Señorita, no me comprendió, no me dejó terminar de hablar ¿Me puede escuchar, por favor?

– ¿Mmm? – dijo con sonido nasal, gesticulando con una cosa que parecían cejas, pero era un tarro de Comex con brillos de Barbie.

– Lo que sucede es que mi molestia en la pierna ya no la tengo por ser que he cambiado mi alimentación basado en la ciencia noética del antiguo oriente medio. Usted debe saber, seguro que sí, al ser que se dedica a esto debe ser una experta, que en Los Balcanes, los antiguos egipcios hacían coincidir la cosmogónica esotérica con las energías toroidal y cinética de la naturaleza. – Ni yo entendía lo que le estaba diciendo, pero fíjense cómo sigue la conversación –. Ese tipo de alimentación es la que yo hago, y hoy quiero proponerle…

– No joven, gracias, no me interesa.

– Señorita, no vengo a venderle nada.

– ¡¿Toneladas?!

– ¡Yo regalo esa comida! Y como son las 3 de la tarde, pensé que podía querer.

Ahí ya levantó la vista, dejó su cigarro, aflautó su voz y dijo con una bella y cariñosa sonrisa (“bella” es una forma descriptiva a modo de elegancia, pero de bella tenía lo mismo que el peinado de Boris Jhonson).

– ¿Cómo que la regala? ¿Nomás así?

– ¡Sí! Yo creo, así como usted, que todos debemos ayudar a las personas. Usted ayuda a que se sientan mejor, los apapacha y les quita los dolores, hasta les hace de medio terapeuta, pero no todos pueden pagar. Por eso yo, que pertenezco a la Fundación de “Batij El Masmas punto com”, estoy regalando comida, porque creemos en la fundación que las energías se transmiten por la ecología de la gravitación en consecuencias telúricas amaestradas por el brazo tejido de las aguas celestiales.

– ¡Wow! ¡Qué interesante! ¡Lo felicito, joven!

– Gracias.

Lo bueno es que el sentido del olfato ya se me había fatigado, pero recordaba esos fétidos aromas a “todos mezclados” y me descomponía.

– Y dígame, ¿qué tipo de comidas regalan?

– Tortas de milanesa napolitana, orden de 6 tacos al pastor y un litro de agua de jamaica, pizzas, pastas, sushis, pambazos y algunas ensaladas.

– ¿Las trae con usted?

_ No señorita, ¡cómo cree! En la avenida tenemos un camioneta equipada con su cocina. Todo lo preparamos al instante. No traemos nada hecho.

– ¡Increíble! ¿Y le puedo pedir algo o cómo es el asunto?

– Perdón señorita, pero no atiendo a mujeres.

– ¡¿Cómo dice?!

– Que no atiendo a mujeres.

– ¿Cómo que no atienden a mujeres? ¡Pinche machista! ¿Por qué esa discriminación? ¿Quién chingaos te crees?

– ¿Usted da masajes a caballeros?

– … pero…

– Adiós.

¡Fin!

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.