Diario Judío México - En 1948 en Paris, la Asamblea  General de las Naciones Unidas adoptaba la resolución 217, que en su artículo primero dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Sin embargo,  la ciencia que es el manantial de todo el saber que tenemos del mundo real, que puede comprobarse y encajarse por el saber preexistente, no parece respaldar esa afirmación.

Los cerebros de los humanos son ecosistemas, en los que coaliciones de neuronas  luchan por hacerse con el producto final, que es el comportamiento humano. (David Eagleman). Cuando estamos en sociedad (la mayoría de las veces), y a lo largo de toda nuestra vida,  cada ecosistema individual debe guardar un complicado equilibrio con los “otros ecosistemas” con los que convive, ya sean los hijos, los padres, la pareja o los compañeros de trabajo. La costumbre de que cada individuo lleve un solo nombre a lo largo de toda su vida es una arbitrariedad funcional, porque transmite la falsa idea, de que siembre bulle la unanimidad en la cabeza de cada uno de nosotros.

El cerebro social que gobierna las relaciones comunitarias incorpora una serie de reglas “pre instaladas” que facilitan nuestras actuaciones en presencia de otros humanos. Estas reglas, vistas desde la sociología, son los denominadas MARCOS por Erving Goffman, que ordenan la vida de la tribu en las situaciones de copresencia. Estos marcos guían nuestra conducta, eliminando la ambigüedad,  en las sucesivas ceremonias que componen la vida. Nos dicen que rol adoptar en un entierro, en un partido de futbol o en un trayecto de autobús y que mascara social  nos pondremos en cada caso (respetuosa tristeza, alborozo ruidoso o conversación de circunstancias).Muchas veces nuestra vida cotidiana se vuelve tan predecible como  la que llevan las gallinas ponedoras en sus granjas.

Los MARCOS permiten automatizan nuestra vida y permiten un rápido desenvolvimiento de la dinámica social creándonos una útil sensación de REALIDAD en las actuaciones rutinarias. Pero su verdadera finalidad es que los humanos ejecuten las grandes directicas de los genes de sobrevivir y reproducirse, de una forma suficientemente  automatizada y aproblematica. De forma equivalente funcionan las reglas de la domesticación, también diseñadas por sus genes, para los cerdos, las vacas, las ovejas y las gallinas. La civilización humana y la domesticación animal han sido dos procesos históricos paralelos e interdependientes, que han comenzado hace 10.000 años, y que han producido en estas poblaciones gigantescos “nichos para imbéciles” y un indudable éxito numérico en las especies mencionadas.

Las gallinas con 24.000 millones de ejemplares y los humanos con más de 7.000 millones son, dejando aparte a las hormigas, las especies triunfadoras en el Planeta Tierra. Pero hay una diferencia entre ambas poblaciones, las gallinas son las esclavas de los seres humanos y las explotamos cruelmente   a lo largo y ancho de los cinco continentes. Hasta el momento las gallinas no han tenido  un Espartaco en ningún gallinero, no por ser imbéciles,  si no  porque su cerebro no está preparado para relacionarse con otras gallinas, más allá del círculo familiar. Son incapaces de colaborar en gran número como los esclavos rebeldes contra . El gran descubrimiento del Homo Sapiens ha sido la ficción que le permitió crear mitos comunes, que a su vez permitió colaborar a  grandes masas de desconocidos, que compartían mito. Yuval Noah Harari

Los humanos hubiéramos corrido la suerte de las gallinas o la de los Neandertalenses si no hubiéramos desarrollado  la ficción en nuestro enorme cerebro. Pero las grandes masas que se benefician de las ventajas explosivas de colaborar, gracias a los mitos compartidos, son apenas capaces de mantener lo que tienen, les cuesta mucho mejorar. Como dice Richard Dawkins , “aunque la evolución nos pueda parecer algo positivo, nada en realidad desea evolucionar. La evolución es algo que sucede, a pesar de todos los esfuerzos de los genes para impedir que suceda”. No es de extrañar, pues, que las masas de desconocidos que cooperan con una finalidad gracias a un mito compartido, tengan también  una fortísima inercia hacia el conservadurismo, enemigo de la evolución y el progreso y refugio de gigantescas concentraciones de ineptos. Por ejemplo, cuando los homínidos descubrieron  como hacer lascas con filos que cortaran la carne,  golpeando cantos de rio con otras piedras, se pasaron la friolera de 1,6 millones de años con el mismo modelo de herramienta, sin cambios. El progreso y la innovación no  vienen de la colaboración, vienen de otra parte.

Judith Rich Harris, en su obra, “No hay dos Iguales”, propone la existencia, dentro del cerebro modular, de un módulo especifico del estatus, que nos hace a cada individuo luchar por ser diferente y superar a los demás en alguna destreza de la vida. Conviviendo con él se encuentra el módulo cerebral de la socialización que es el que nos permite aprender a ser como los demás, sin esfuerzo, y al que le debemos por ejemplo el aprendizaje sin esfuerzo en la infancia,  del habla.

Nassim Taleb propone un origen oportunistico y aleatorio a la innovación; “El exceso de energía que se libera al reaccionar ante un contratiempo”, es lo que innova. Si a la propuesta anterior sumamos  a Emerson, “no existe la historia, solo la biografía”, ya tenemos los requisitos de la innovación; sobreesfuerzo biográfico. O en  palabras de la Sociología; logro aplazado (aceptar un coste presente por un beneficio futuro) y conducta compensatoria (buscar una revancha a una situación de inferioridad).

Carl Safina dicen en “Mentes Maravillosas”: “lo exclusivamente humano es la capacidad de concebir lo que no existe y generar ideas descabelladas”. Aunque esta característica es aplicable a un número muy pequeño de seres humanos. Lo sorprendente de García Lorca, Miguel de Cervantes, Moisés, Nicolás de Maquiavelo, o Ian Turing, etc., no es lo descabellado de sus creaciones (en su época) sino lo escasos que han sido. Es desconcertante  que todavía sigamos apreciando la lectura de Don Quijote o el Rey Lear como clásicos literarios, sin que nuevos creadores en 500 años los hayan podido enviar al olvido. Pudiera ser que,  la creatividad fuera una ocurrencia trascendental de baja probabilidad. Paradójicamente que lo que nos hace más humanos es patrimonio de unos pocos.

Con la innovación y la creatividad los genes están jugando con fuego. Tal vez, al dotarse de un enorme cerebro modular, los replicadores eternos (Richard Dawkins) han cometido un error fatal para sus propios intereses. Los genes han permitido una innovación y una creatividad limitadas, cuya única coartada era prevalecer frente a otras copias de ADN. Pero una vez puesta en marcha, la creatividad podría rebasar los límites establecidos por los genes creadores. Y es que predecir el futuro es extremadamente complicado,  porque en los intersticios de la sociedad se cuelan un número muy pequeño de individuos que se arriesgan y que están lo bastante locos como para tener ideas propias e imaginación. (Nassim Taleb).

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