La verdad es la que fue definida y aceptada por todos, la realidad es aquella que, a pesar de no ser aceptada por definiciones y antonomasia, de todos modos es verdad y es la única verdad.
Daré un ejemplo: cuando son las 4 de la mañana se acostumbra a saludar de “buenos días” a pesar de ser de noche. La verdad es que después de las 12 de la noche, todos dicen “buenos días “. La realidad es que es de noche. La noche comienza con la puesta del sol y acaba con la salida del sol. El día comienza con la salida del sol y acaba en la puesta del sol, esa es una realidad innegable.

Ahora bien, lo mismo sucede cuando las personas hablan de alguien. Existe una verdad que es la que todos dicen y existe una realidad que es la que verdaderamente es, lo que es esa persona. Lo mismo pasa con un libro. Un libro relata lo que para el autor puede ser verdad o incluso realidad. Todo libro es interpretación del autor, no una única realidad irrefutable. He escuchado muchas veces la frase quejumbrosa diciendo en tono de incrédula pregunta “¿dónde lo viste escrito?”, como si fuera que por estar escrito tiene que ser verdad, como si fuera que antes de escribir algo todos se basan en una única verdad irrefutable, dando a entender entonces, que no existen escritos que sean antagónicos pues al estar escritos tienen que ser verdades indiscutibles. Fácil, escribo lo que se me dé la gana y de esa manera, al estar escrito, pasa a ser una realidad y punto, nadie puede estar en contra ni pensar u opinar diferente.

Entonces voy a escribir que Venezuela tiene un presidente demócrata, que AMLO es de ultra derecha, e incluso que el fuego se usa para enfriar.
A lo que quiero llegar es que no nos debe afectar lo que la gente diga de nosotros aunque sea el mundo entero, ya que eso no es más que una verdad para ellos, una opinión personal, una propiedad privada a la cual se debe respetar y como tal nadie tiene derecho de accesar a ella, es propiedad privada como toda opinión. Y muchas veces, ni siquiera es eso, sino son palabras que se repiten porque otros las han dicho basados en rumores que provienen de chismes en base al resentimiento, odio o envidia y malas interpretaciones. Pero como todos las dicen, como todos opinan igual, como opinar distinto es de locos según la verdad y no la realidad, entonces es “obligatorio” pensar así e incluso afirmarlo basado en pruebas inexistentes y, peor aun, divulgarlo con ferviente certeza.
Son muchos los presos que se encuentran encarcelados pagando una condena que jamás han merecido. No, no me refiero a estar tras las rejas en una cárcel de concreto y barrotes con fuertes candados y seguridad extrema llena de guardias con fusil en mano, sino a esas cárceles que ha provocado la gente con sus habladurías creyéndola como verdad absoluta.
Puede ser que alguien se haya quedado sin trabajo a causa de esas “verdades”, que le hayan quitado los hijos, que sea un individuo digno de ser discriminado en todo sentido por la sociedad y todo le vaya mal por eso. No importa, eso no debe afectar ya que todo eso es una interpretación del 100% de la sociedad, no una realidad.
Pero más allá de todo eso, esas “afectaciones” son tan pasajeras como la vida, aunque duren hasta la muerte. La realidad es la que viene después. Esta vida tiene una muy corta duración, con un máximo de tiempo de 120 años. La realidad no es esta vida, esta es la verdad, que es la percepción. La realidad única e irrefutable viene después, es la eterna.
A mi no me afecta nada lo que diga la gente porque yo sé mi realidad.
No quiere decir que soy un santo, sino que sé profundamente de mi lo que nadie sabe.
La verdad es que Maradona se drogaba, era un hombre nervioso, estaba muy gordo, no podía ni caminar ni hablar. La realidad, sólo la sabía él. Nadie vivió bajo sus cobijas, en sus pensamientos, en sus sentimientos, en su pasado, en su niñez.

“Hay una triste realidad en el fondo de cada verdad”.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.