Vivir sobre un suelo triplemente sagrado es muy difícil. Ayer, de nuevo, enfrentamientos sobre la gran explanada de Jerusalén. Y la vieja paradoja: el Estado de Israel garantiza el derecho de la autoridad religiosa musulmana a vetar la oración de judíos allí. Es un caso único. Que, por sí sólo, habla del nudo de contradicciones que es el Cercano Oriente. Insolubles todas.

Al observador ajeno a toda creencia que soy, pocas ciudades le disparan un más alto desasosiego que Jerusalén. Allí, cruzados, enmarañados, los tres monoteísmos emergen de cada piedra, en cada esquina, por callejas de iconografías superpuestas, de superpuestos relatos. La explanada lo intensifica hasta lo insoportable: por eso nunca he querido acceder a ella. No tiene ni siquiera un nombre: monte del Templo para los judíos, explanada de Al-Aqsa para los musulmanes. Y un estatuto legal más que extraño.

En el año 1967, Israel respondió fulminantemente al ataque simultáneo –y catastrófico– de los ejércitos árabes. En menos de una semana, el Tsahal israelí no sólo rechazó esas fuerzas: las deshizo y, entre otras ventajas territoriales, logró el objetivo histórico de liberar por completo Jerusalén, la ciudad santa a la cual todo judío sabe única capital de su patria. Y ahí empezó lo tan difícil de explicar. La explanada está en el corazón mismo de la ciudad. Sagrada para judíos y musulmanes, lo normal hubiera sido abrir ese espacio religioso, sin distinción, a todos. A los judíos, que pisan el suelo sobre el cual se alzó el Templo, tras cuyas destrucción, en el año 70 después de Cristo, los “lugares religiosos” –que fueron llamados en griego “sinagogas”– jamás volvieron a ser “templo”, sólo Bet, “casa” de oración. A los musulmanes, que juzgan la mezquita alzada allí, uno de los tres lugares santos del Islam. Y, no en menor medida, a los cristianos, que en el Templo sitúan acontecimientos cruciales en la vida de Jesús.

No se hizo así. Extrañamente, Moshé Dayan negoció con el gran muftí de Jerusalén (uno de cuyos predecesores fue fiel aliado de Hitler en la zona) la cesión del control de la explanada a la autoridad islámica; y la prohibición a los judíos de orar allí. Es un caso único: el de un Estado que legisla en favor de su enemigo y en contra del derecho de sus ciudadanos. Desde entonces, la explanada es un quiste islamista en el corazón del único país democrático del Cercano Oriente. Y un quiste de irracionalidad que impide, además de la libertad de cultos, algo tan prioritario como la realización de excavaciones arqueológicas, que el clero musulmán juzga ofensivas para su religión.

Yo no sé, de verdad que no sé, si aquella generosidad de Dayan y de los sucesivos gobiernos israelíes me produce admiración o ira. Sé que es incomprensible que ciudadanos israelíes –con la peculiaridad litúrgica que sea– tengan prohibido rezar en el lugar de Israel en que mejor les plazca. Sin más distinción que la que su fe les dicte. Pero vivir sobre un suelo triplemente sagrado es muy difícil.