Decidí ubicarme quince minutos antes de las diez en el mismo sitio en el que me sorprendió el terremoto de hace dos años. Estuve justo en la esquina de Paseo de la Reforma y la Puerta de los Leones de Chapultepec, hacia donde caminé aquel 19 de septiembre de 2017, junto a nuestro entonces director de Comunicación, cuando la tierra todavía se movía y el miedo comenzaba.

Justo cruzando la Puerta, dos vasijas clásicas ya estaban hechas añicos y empezaban los ataques de pánico. Treinta y cuatro años después vivíamos nuevamente una tragedia que sacó lo mejor de nosotros, aunque fuera por unas semanas.

Sorprendidos, emprendimos el camino de regreso a la oficina sobre el camellón de nuestra avenida principal; unos metros antes de la Glorieta de la Diana, vimos tres automóviles detenidos, sin batería, tal vez de la impresión. Mi primer reflejo fue decirle al conductor del más cercano que se subiera para empujar el vehículo y no estorbara; en minutos se nos unieron veinte personas que movieron los otros dos coches.

Para ese momento, ya todos caminábamos sobre la calle, como en película del fin del mundo. Algunos edificios mostraban cuarteaduras, otros, inclinación, algunos más vidrios hechos añicos.

Diario Judío México -

Sin señal de celular, la comunicación era un extraño boca a boca: que algo pasaba en La Condesa, y en la Del Valle, y había edificios caídos en el Centro Histórico, igual que en 1985.

Ya en la oficina, en plena Zona Rosa, también afectada, nos organizamos en brigadas y tratamos de obtener la mayor información posible. A todas y todos los que tuvieran familiares cerca, sobre todo niños, les pedimos que fueran a verificar su estado.

Fue un día difícil. Felizmente no había bajas en nuestro personal y sus familiares se encontraban bien, pero la emergencia estaba en pleno.

Al día siguiente, y durante 50 más, nos lanzamos a las calles a ayudar, reportar, combatir noticias falsas y coordinar cualquier apoyo que pudiéramos conseguir.  Recorrimos varias veces los 48 puntos de colapso, mientras todos los equipos de trabajo ubicaron puestos de acopio y ayuda en los sitios más dañados. En la madrugada nos dimos cuenta que las llamadas se desbordaban a la Línea Ciudadana por personas que no podían dormir y necesitaban asistencia psicológica.

Ayer, dos años después, vi de nuevo a miles de personas sin correr, sin gritar, sin empujar.

Muchas y muchos con el recuerdo en la cara de lo que nos ocurrió. No sé si ya nos levantamos de ese golpe, sí creo que lucimos un poco más preparados; la realidad es que falta un buen trecho para recuperarnos del todo, en todos los sentidos.

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