Un joven Einstein de 22 años de edad se reunió con un estudiante de filosofía, Maurice Solovine y otro de matemáticas, Conrad Habicht, iniciándose en el estudio de las ciencias, las artes y la filosofía. En lo que a nuestro tema respecta, el filósofo preferido de la reducida academia fue Baruch Spinoza. La marca fue indeleble. Pese al cambio que los descubrimientos del físico harían en la concepción de las cosas, ello no alteraría lo que el científico pensaba de d-os y del universo.

A los cincuenta años dijo en una entrevista: “Me siento fascinado por el panteísmo de Spinoza, pero admiro todavía más su contribución al pensamiento moderno, puesto que él es el primer filósofo que trata el alma y el cuerpo como una sola cosa, y no como dos cosas separadas”.

Al igual que el filósofo sefaradita que maduró en Holanda pretendiendo fundar una religión natural, despojada de los mitos fundadores y las prácticas religiosas, Einstein evitó durante toda su vida los rituales religiosos. A su muerte fue cremado y sus cenizas, a excepción de su cerebro, esparcidas. Su aversión por la práctica ortodoxa no le impidió una profunda reverencia por la armonía y la belleza de lo que él denominaba la mente de d-os tal como se expresaba en la creación del universo y sus leyes.

El genial científico hizo suyo el concepto spinoziano de un d-os amorfo reflejado en la impresionante belleza, racionalidad y unidad de las leyes de la naturaleza.

“... todo el que se dedica a la actividad de la ciencia se convence de que un espíritu se manifiesta en las leyes del universo, un espíritu inmensamente superior al del hombre, y uno ante el que nosotros, con nuestros modestos poderes, debemos sentirnos humildes”.

De ese modo la actividad de la ciencia lleva a una clase especial de sentimiento religioso, que de hecho resulta bastante distinto de la religiosidad de alguien más ingenuo”. “Quien trate de penetrar con nuestros limitados medios los secretos de la naturaleza, se encontrará con que, detrás de todas las leyes y conexiones discernibles sigue habiendo algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración por esta fuerza que va más allá de todo lo que podemos comprender es mi religión. En esa medida soy religioso”.

Einstein concebía una existencia determinista. Las leyes de la naturaleza, una vez que se lograba penetrar en ellas, dictan causas y efectos inmutables. D-os no juega a los dados permitiendo sucesos aleatorios o indeterminados.

Aun cuando la mecánica cuántica pareció demostrar que estaba equivocado, Einstein siguió creyendo que tenía razón.

Al rabino Herbert Goldstein le contestó la pregunta de si creía en d-os: “Creo en el d-os de Spinoza, que se revela en la legítima armonía de todo lo que existe, pero no en un d-os que se ocupa del destino y de los actos de la humanidad”.

Ante el Seminario Teológico de la Unión de Nueva York expresó su inolvidable frase: “La ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia está ciega”.

Baruch Spinoza (Amsterdam, 1632-1677)

Para León Dujovne, Spinoza puede ser considerado como el eslabón entre la tradición religiosa judía y la cultura europea moderna. Hay en su pensamiento elementos neopitagóricos, neoplatónicos y gnósticos. En todo caso, la filosofía neoplatónica que descansaba en verdad sobre supuestos panteístas, o que en todo caso contenía gérmenes panteístas, absorbió ideas orientales de fuentes diversas, incluso de la India. Ella contribuyó ciertamente a que en el judaísmo, el cristianismo y en el islamismo se desarrollasen, en la Edad Media, pensamientos saturados de panteísmo.

El espinocismo también sería la manifestación culminante de una corriente de ideas a la que también pertenecen los sistemas de Telesio, Giordano Bruno, Hobbes, Gueulinex y Shaftebury. Todos ellos tenían un elemento en común, el estoicismo. Dilthey señala que nuestro filósofo, en los prefacios al tercero y al quinto libro de la “Etica”, habla de su relación con los estoicos. Spinoza está completamente de acuerdo con el estoicismo al considerar al universo, y también al hombre, como un sistema de fuerzas. Spinoza conocía de Hasdai Crescas la enunciación de las razones contra la existencia del infinito. No hay realmente para Crescas y tampoco la hay para Spinoza una voluntad libre. Todo es determinado en conformidad con un orden del que nada escapa.

Entiendo por gobierno de d-os el orden fijo e inmutable de la naturaleza o la concatenación de las cosas naturales. Porque antes hemos dicho, y en otra parte demostrado que las leyes universales de la naturaleza, por las que todo se hace y determina, no son más que los eternos decretos de d-os, que son verdades eternas y de absoluta necesidad” (Tratado Teológico Político, pág. 56).

Para Harry Austryn Wolfson, la verdad establecida por la intrepidez de Spinoza fue el principio de la unidad de la naturaleza, con su doble significado, la homogeneidad del material del que está constituida y la uniformidad de las leyes que la dominan. Colocó tanto a d-os como al hombre bajo la regla universal de la naturaleza, estableciendo así su unidad. Cuenta Wolfson que la idea de que una única sustancia forma el cosmos ya la tenían Hasdai Crescas y Giordano Bruno, pero tocó a Spinoza extender a d-os el principio de la uniformidad de las leyes naturales.

Para Spinoza había una sola sustancia, d-os, con infinitos atributos. Todos los seres eran modos de esa sustancia. D-os es la naturaleza que crea y el mundo es la naturaleza creada. A la primera llama Spinoza natura naturatis, a la segunda, natura natura (Duvjone).

Por ello deber reconocerse que la existencia de una substancia es, como su esencia, una verdad eterna” (Etica, proposición VIII). “Mas de ello podemos concluir que no hay sino una única substancia de la misma naturaleza”.En la naturaleza no existe sino una única sustancia, y que ésta es absolutamente infinita. Dios es una sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita y existe necesariamente” (Etica, proposición XI). ( continuará...)

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Nací en Montevideo en 1967. Egresé de la Universidad de la República en 1992 con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Soy docente universitario en la cátedra de derecho comercial en la Universidad Católica y en la Universidad de la República, en las carreras de contador público y administración de empresas.Desde el 2008 soy columnista de Mensuario Identidad.