A nuestros padres, siempre en el recuerdo.
A Isabel Escudero, que ya descansa en el regazo del Eterno.
A nuestro amigo Rafael Salama Benarroch,en el recuerdo imborrable.

El alma se relaja en el silencio,allí el hombre vuelve a encontrarse a sí mismo.
José Kentenich

Me manda un cuestionario el amigo Antonio Escudero en torno a la civilización judía. Tengo que contestarlo para que se publique en el Diario Judío, pero me siento abrumado, desconcertado y sobrepasado por la inteligencia que contiene cada una de las preguntas. Lean y juzguen. Lean y traten de contestar. Lean , por favor, despacio las cuestiones que plantea mi amigo.

  1. ¿Le parece contradictorio que un pueblo tan definido como el judío se haya constituido sobre unos caminos hechos al andar?
  2. Teniendo en cuenta que no hay pueblo como el judío que se haya constituido sobre las Escrituras como ley y mandato divino ¿Serían los profetas los primeros constructores de la historia –tan como la entendemos- no solo empujada desde atrás, sino reclamada desde delante, desde el futuro?
  3. Parece que el pueblo judío más que la reivindicación de un espacio, ha estado siempre buscando el tiempo, su Tiempo, su Historia. ¿Es también su parecer?
  4. No cree que la historia, en el caso de los judíos, más que una historia basada en el progreso es una historia sagrada, es una historia ucrónica de la divinidad en los hombres, de la palabra de Dios hecha escritura, una y otra vez?
  5. ¿Cómo se combina según usted la depurada individualidad judía con el sentimiento de colectividad de este pueblo?
  6. Hay una ambivalencia contradictoria entre las gentes respecto del pueblo judío. Por una parte es un pueblo respetado y temido, por otra parte hay una actitud de rechazo hacia él, que se manifiesta en expresiones populares y despectivas, por ejemplo, “perro judío”, “hacer una judiada”, “ser unfariseo”, etcétera. ¿Qué opina de ello?
  7. Existe una penetración de lo judío en lo sagrado –incluso en el pensamiento de sus prohombres más modernos y racionalistas- como temor de Dios, como acatamiento del mandato divino, como escritura sagrada. Es curiosa, ¿no cree? Esa mezcla entre racionalismo científico y acatamiento de la divinidad.

¿Qué decir ante ese cuestionario, en verdad, ante esa lograda reflexión que nos obliga a seguir pensando? Cualquier cosa hemos de intentar, salvo salir por peteneras, o sea, con cuestiones interrogativas, perplejas o cínicas. Lo primero dirigirse personalmente al hombre que hace el ensayo de pensar el pueblo judío con interrogantes sinceros y meditados. Hablarle de tú a tú y mirándole a los ojos. Es menester responderle con verdad, es decir, tratando de ser tan auténtico como las preguntas que nos plantea. Es menester entrar con corazón en la cosa. No eludirla. Yo intenté resolver todo eso, y otras mil dudas que me surgieron ante su petición, escribiéndole esta carta al filósofo Antonio Escudero. No me dirigía, pues, solo al periodista, tan noble oficio como el de filósofo, sino al filósofo pacense Escudero. Ahí va la carta: “La tarea que me propones, querido Antonio, es muy exigente, y quizá yo no esté preparado para iniciarla, pero no puedo rechazarla porque sería como despreciar la aventura de pensar. Aunque solo sea por vergüenza torera, correré el riesgo y responderé a tu cuestionario. Te daré mi opinión sobre el mundo judío. Es un riesgo que nadie que se dedica a la filosofía, debería dejar de correr, especialmente si está educado en una tradición intelectual que durante mucho tiempo ha dejado de lado, como es mi caso, la “razón cálida” (Carlos Díaz), hebraica y de raíces profundamente religiosas, para explicar qué somos y dónde vamos.

Quien piensa, como yo, con la limitación de querer solo transmitir conceptos,  a veces metáforas elementales, sencillos enunciados fácilmente comprensibles para nuestro interlocutor, que a veces es solo el otro yo que nos acompaña en nuestro pensar, tiene dificultades para entenderse con personas que están poseídas, en el mejor sentido de esta palabra, no sólo  por una preocupación trascendente al mundo natural, sino que también están entregadas, comprometidas y empeñadas en pensar un programa filosófico y teológico sobre eso que yo llamo “cuestiones últimas”, como Dios y la inmortalidad, y que otros, quizá con más criterio, llamarán “primeras y fundamentales”. No me resulta sencillo hablar de filosofía, lo reconozco, con personas que se dedican solo a la “filosofía cristiana” o a la “filosofía judía”. Quienes tratamos de utilizar categorías sencillas, expresiones inteligibles, tenemos mil reparos para hablar y enfrentar ese extraordinario mundo sobrenatural del pueblo de Israel. Perdona que use aquí el plural y diga “tenemos mil reparos”, pero es una manera de esconder o proteger mis miedos a esas preguntas últimas que definen, a pesar de que todo ser humano se las haya hecho alguna vez en su vida, la tradición religiosa y, más tarde, filosófica de Jerusalén.

Pero sea por vergüenza torera o por deontología profesional, querido amigo, no puedo rehusar acompañarte en tu viaje filosófico; quien se dedica a este extraño saber que llamamos filosofía, a vivir de la filosofía, tiene el deber ineludible de enfrentarse alguna vez en su vida a los pensadores judíos que tratan, por un lado, de descubrir los principios que dan sentido y finalidad al curso de los acontecimientos, y que pudieran ser la fuente intelectual para orientarnos en nuestras vidas cotidianas aquí y ahora, pero, por otro lado, tratan de hacer compatibles esos principios con los designios de Dios que son, siempre en la tradición judía, justos y supremos. La cuestión fundamental que me planteas, querido Antonio, en tu meditado cuestionario, es que trate de razonar, argumentar o justificar cómo concilia un judío, alguien que es de religión judía, la vida del pueblo elegido por Dios, Israel, con la vida del resto de los mortales que han sido, por decirlo contundentemente, dejados de la manos de Dios. La voluntad y los designios de Dios tienen que convivir en armonía con los propósitos y la propia independencia de los hombres. Divinidad y terrenalidad, trascendencia e inmanencia, en fin, lo humano y lo divino se entrelazan como las cuerdas de una guitarra en la larguísima historia del pueblo judío, según derivo de tus preguntas, pero yo, en realidad, todos los entrevistados tenemos que explicar, siguiendo tus indicaciones, o sea tu reflexivo cuestionario, cómo se llevó a cabo ese entrelazamiento.

Hallo apasionante tu propuesta, el reto que un hombre muy religioso, como eres tú, Antonio Escudero,  Gabriel Cirene Muriel, o como quiera que te hagas llamar en tus múltiples y apasionantes vidas, lanza a los entrevistados sin importarle nada que sean o no religiosos, ateos, agnósticos o, muchísimo peor, indiferentes. Nos pides ni más ni menos que nos definamos ante el debate filosofía y religión, cuando ya muchos creíamos que esa controversia estaba acabada, agotada, sencillamente, porque la había ganado la filosofía. En efecto, la religión hace tiempo que dejó de imponer a la filosofía los temas sobre los que tenía que pensar, ¿quién piensa por ejemplo a Dios?… Seamos sinceros, aunque existan intelectuales que persistan en considerar la categoría de Dios como una de las más racionales de la historia de la filosofía, el Absoluto, Dios, el jorismós, lo separado o como quiera que se llame, no es una cuestión dominante para la filosofía mundialmente hegemónica, Sin embargo, nadie puede negar que la religión sigue estando ahí. Es un  fenómeno público. ¿Cómo dar razón de él? Difícil asunto, pero reconoce, querido amigo, que esa es la gran cuestión que está debajo de tu brillante cuestionario: tenemos que dar razón de la tradición religiosa de los judíos. Sí, amigo, me pides, ni más ni menos, que dé razones, que haga una filosofía, de la pervivencia de una de las religiones clave que ha dirigido a una parte de la humanidad desde tiempos casi inmemoriales, el .

Te confieso que me siento incapacitado para abordar esa tarea. Salvo un inconsciente, un loco de atar, o peor, un frívolo, nadie diría que tus preguntas son sencillas de responder. Hablar de los judíos sin tentarse las ropas, como diría un castizo, es una temeridad. Tenemos que enfrentarnos, además, es a un “pequeño detalle” al hablar del judaísmo, sí, existe una dificultad añadida al hablar de los israelitas, que no sucede con otros pueblos religiosos, a saber, Israel era y es, nada más y nada menos, que “el pueblo de Yahvé”. Esta frase recogida en el Cántico de Débora es la mejor expresión y esencia de la nacionalidad israelita. Hablar, pues, a la ligera del pueblo de Dios es no sólo una temeridad, sino que puede ser un suicidio intelectual. ¡Cuántas barbaridades no habremos leído y oído a propósito del pueblo de Israel en relación con otros pueblos y sistemas políticos! ¡Cuidado, pues, con el pueblo elegido, se dice pronto, por Dios!

Lleno de dudas y precauciones intentaré responder directamente a uno de los aspectos centrales de tu planteamiento. Lo formularé casi con simpleza: ¿puede confiar un hombre concreto, por ejemplo, yo, en un judío? Mi respuesta es sencilla: sí, confío absolutamente, o sea no desconfío más de los judíos que de los cristianos. Más aún que los cristianos, y mira que estos son “irenistas” con otras civilizaciones y formas de pensar, creo que una de las singularidades de los judíos, o mejor, del pueblo de Israel es la conciencia que siempre tuvo de otras culturas. Pasó la época de agarrarse al Antiguo Testamento como único baluarte de la cultura de Israel. No es este grandioso texto la única seña de identidad de Israel. Diré más: hay que reconocer que este Relato, esta gran obra israelita, tuvo grandes influencias externas. Los grandes historiadores del pueblo judío del siglo XX lo han reconocido con erudición e inteligencia: la grandeza de Israel residió en que supo recoger la influencia de otras civilizaciones y culturas, es decir, se enriqueció con el contacto y recepción de la grandeza de otros pueblos. Nunca fue la historia del pueblo de Israel la de un pueblo aislado que se hubiera desarrollado encerrado en sí mismo, sino que fue el resultado de un cruce de caminos del mundo antiguo.

Fue capaz de recoger lo mejor que ese mundo antiguo había elaborado. Sí, amigo Antonio, los israelitas tomaron de aquí y allá, recogieron lo mejor de todas partes y fueron sensibles a las grandes obras de la humanidad. Fue su gran mérito: supieron estimar, valorar y asumir la creatividad del ser humano cualquiera que fuera su origen. Más, y esto es lo decisivo, hicieron de todo ello algo propio. Se lo apropiaron con inteligencia y sensibilidad. O sea lo transformaron. Ahí está el toque, como diría un taurino de la escuela cervantín. Por eso, hoy, un judío puede apropiarse lo mejor del catolicismo. Por eso, precisamente, un judío, como tú, puede regresar perfectamente al catolicismo sin caer en contradicción… Los judíos, salvo los que se mueven por el espíritu de originalidad de la vieja defensa cerrada del Antiguo Testamento, trabajan constantemente sobre otras culturas y graban en ellas con grandeza su sello judío. El resultado está a la vista: como todos los grandes pueblos, también el judío es mestizo. El pueblo judío es tan español como los españoles son judíos. No es, amigo, un juego de lenguaje de un profesorcito de retórica, sino una manera de levantar acta de lo evidente, o sea, de hacer filosofía: Antonio, tú, pacense, como mi abuela, eres judío, católico y español. ¿A qué no estarías dispuesto a renunciar, Antonio, a ninguno de esos atributos? No, porque nadie sensato puede renunciar al sello hebreo de la cultura occidental.

Entonces ¿por qué  habría de confiar menos en un judío que en un cristiano? Carece de sentido la pregunta, sencillamente, porque hebrea, sí, es nuestra cultura. Creo que tiene razón el filósofo Carlos Díaz al amonestarnos, al reconvenirnos fraternalmente, por hablar siempre de cultura y civilización occidental olvidando la aportación del pensamiento judío, cuyo concepto de razón es, dice el muy cristiano y personalista Díaz, mucho más completo que el griego. ¿Quién podría desconfiar del  hombre judío si lleva inscrito en su ADN una razón más completa que la griega? Salvo los locos o los analfabetos, creo que nadie confiará menos en un judío que en otro tipo de hombre. Todos llevamos a la espalda, querámoslo  o no, el hatillo judío de nuestro pasado. Aquí nadie empieza de cero. La creencia mítica de que el mundo se inicia con nosotros es faramalla de Adanes de cartón-piedra. Entonemos, pues, nuestras culpas por haber caído en alguna ocasión en ese mito. Por la parte que me toca, yo reconozco mi falta y acepto la impía objeción que más de una vez me ha repetido Carlos Díaz: no has estudiado como se merece a esa tradición grandiosa que viene de Jerusalén, “tú, que eres razón cálida, raciocordial, sentiente, raciovital, orteguiana y unamuniana, hebrea (hebrea no es judía tan sólo)” tienes que mirar con más sosiego la razón divina, el Dios racional que ha venido del más allá, a la ciudad de Jerusalén. Atenas es incompleta sin Jerusalén.

Y, precisamente, porque no le hemos dedicado la atención debida, pasamos por alto lo decisivo: Jesucristo es la representación del pléroma. Aquí está la clave para que nadie se confunda sobre la grandeza de la civilización judeo-cristiana. Julián Marías nos ha enseñado en España con filosófica paciencia, digna de mejores lectores que los malos profesores de filosofía que por aquí tanto abundan, que “el cristianismo, sobre todo en la medida en que es un condicionamiento de la situación general y significa una forma de visión de la realidad, no se puede aislar del judaísmo. El cristianismo, desde su punto de vista intrínseco, significa el cumplimiento, la plena realización del judaísmo; Cristo representa el pléroma, la plenitud de los tiempos, el cumplimiento de las profecías. El cristianismo tiene su libro religioso propio, el Nuevo Testamento, pero por supuesto parte del Antiguo, cuenta con él, nunca ha renunciado a él; el hecho de que en la práctica de la vida religiosa e incluso en gran parte de la teología se haya preterido y aun olvidado el Antiguo Testamento no quiere decir que esto sea aceptable ni pueda hacerse. Hace ya tiempo que el cristianismo está rectificando esa omisión, el dejar en sombra los antecedentes veterotestamentarios; y, por supuesto, en el se encuentran ya elementos que condicionan la visión de la realidad y han sido un factor de transformación de la filosofía.”

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Nació en 1944 en Quintana de la Serena, Badajoz. Hizo las carreras de Filosofía y Publicidad en Madrid en donde reside desde 1960. Es editor literario e investigador de Judaica. Ha realizado ediciones facsimilares de la Guía de los Perplejos, el Cuzarí y de la obra de Isaac Cardoso. Dirigió las Jornadas Extremeñas de Estudios Judaicos en Hervás, en 1995, con Haim Beinart. Fue Director de las Actas del mencionado Congreso, publicadas en 1996. Colaborador en las revistas judías Raíces, Los Muestros, Maguem y Foro de la vida judía en el mundo, entre otras publicaciones. Creador, junto a otros entusiastas, de la Orden Nueva de Toledo, Fraternidad dedicada a la defensa plural de Israel y el Líbano cristiano, así como combatir el antisemitismo. Ha plantado miles de árboles, y construido, con Don Jaime Botella Pradillo, un jardín dedicado a los Justos de las Naciones en Las Navas del Marqués, en tierras de Castilla.