La República Oriental del Uruguay sufre de una nueva enfermedad: la crisis del pensamiento que nos contagió la posmodernidad perfomativa donde solo se invierte tiempo en lo que es útil, es decir genera recompensa económica. Antes que Occidente nos contagiase este, entre sus muchos males, vivieron en nuestras costas dos pensadores excepcionales. Eduardo Couture (1904-1956) y Carlos Vaz Ferreira (1872- 1958). Ambos le hablaron a los mismos destinatarios, los jóvenes profesionales humanistas.

En “Los Mandamientos del Abogado” Couture aconsejó: La abogacía es la disciplina de la libertad dentro del orden. Los conflictos entre lo real y lo ideal, entre la libertad y la autoridad, entre el individuo y el poder, constituyen su tema de cada día, pero ten fe en el derecho, como el mejor instrumento para la convivencia humana, en la justicia, como destino normal del derecho, en la paz, como sustitutivo bondadoso de la justicia; y sobre todo, ten fe en la libertad, sin la cual no hay derecho, justicia, ni paz.

Hasta ahora en su larga y conmovedora aventura sobre la tierra, dice el jurista, el hombre no ha encontrado ningún instrumento que le asegure mejor la convivencia que el derecho. La razón del más fuerte no es solamente la ley de la brutalidad sino también la de la angustiosa incertidumbre. Pero el derecho no es un valor en sí mismo ni la justicia su contenido necesario. La prescripción no procura la justicia sino el orden. La transacción no asegura la justicia sino la paz. La cosa juzgada y la pena no son instrumentos de justicia sino de autoridad y de seguridad. La abogacía y las formas de su ejercicio son experiencia histórica. Sus necesidades, aun sus ideales, cambian en la medida en que pasa el tiempo y nuevos requerimientos se van haciendo sucesivamente presentes en el espíritu del hombre. Tu deber es luchar por el derecho; pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia. El derecho no es fin sino medio. En la escala de valores no aparece el derecho. Aparece en cambio la justicia, que es un fin en sí y respecto del cual el derecho es un medio de acceso.

El problema de nutrirnos de conocimientos preformativos y no humanistas ya lo veía Carlos Vaz Ferreira en su conferencia de 1908 que se tradujo en el libro “Moral para Intelectuales”. Una universidad, dijo el filósofo, no debe ser una fábrica de médicos o abogados. Un estudiante, un abogado, un médico necesita indispensablemente, como deber intelectual, dedicar aunque sea media hora diaria a algo que no sea los exámenes que debe aprobar, los pleitos que debe defender, algo que no sea su vida profesional inmediatamente utilitaria. Vaz Ferreira no pretendía en ese cursillo enseñar moral sino dar consejos útiles y buenos para que saquen sus oyentes todo el partido posible sin tener que adoptar alguna escuela o sistema moral. Lo importante no es llegar a una escuela sino a un estado del espíritu. La moral de cada uno, más bien que un sistema debería ser un estado vivo.

Se tiende a creer al hombre, dijo el pensador, más consecuente de lo que en verdad es. Este debe confesar las dificultades que experimenta para ser moral. Cuando esta toma un sentido demasiado riguroso, demasiado exigente, enormemente severo, duro y sistematizado, es, generalmente, porque su aplicador se ha separado de la vida. El esfuerzo a que debemos dedicar más atención, es el de procurar siempre que nuestra moral, en cuanto pretenda reducirse a fórmulas, a preceptos, a juicios, a consejos, a regla de conducta, no se aparte nunca de la realidad. Por ello se debe demostrar indulgencia para los culpables, máxime cuando son desgraciados. La tolerancia es el más noble de los sentimientos, cuando significa procurar comprender en cuanto sea posible las ideas, los sentimientos y los actos ajenos, sobre todo aquellos que no podamos comprender o compartir, siempre que no tengamos motivo para que ellos nos parezcan francamente malos. Los diversos sistemas de moral han caído en un error parecido al que podrían cometer hombres que se propusieran construir un edificio absolutamente perfecto, incorruptible y eterno. Partiendo de ese concepto, todo edificio real sería después incompleto y malo; no sería el edificio. Pues bien: justamente, todos los sistemas han hecho algo semejante, al pretender fundar la moral: La Moral, con mayúscula, esto es, una moral que sería perfecta, que no daría cabida a ningún conflicto ni a ninguna duda, a ninguna objeción ni a ninguna dificultad; que no sería nunca ni dudosa ni incierta, ni incompleta: Y entonces, se dirían nuestros arquitectos: hay un modo de que el edificio tenga ese carácter perfecto e incorruptible; sería suspenderlo en el cielo, pero eso es imposible.

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Nací en Montevideo en 1967. Egresé de la Universidad de la República en 1992 con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Soy docente universitario en la cátedra de derecho comercial en la Universidad Católica y en la Universidad de la República, en las carreras de contador público y administración de empresas.Desde el 2008 soy columnista de Mensuario Identidad.