El equilibrio justo es cuando una de las partes cede sin dañarse ni dañar a la otra parte. Pero eso mismo debe ser de ambos lados, por lo que realmente es cuando ambas partes ceden, cada quien la medida que esté dispuesta, sin tener que ser en partes iguales, sin dañarse a sí mismos ni entre sí mismos.

Cuando se toma la decisión de aplicar una medida, sea la que sea por el motivo que sea, hay que anteponer si esa medida es un egoísmo, favoritismo, daño, venganza, protección o lo que fuere necesario según el caso lo amerite.
Hay veces que esas medidas deben ser extremas y es casi imposible que no sean asi, y eso es totalmente comprensible. Y no digo “comprensible” a la vista y juicio de los demás, ya que nadie debe inmiscuirse en asuntos ajenos, ya que nadie sabe a ciencia cierta los motivos no evidentes a los ajenos, por el cual esa persona ha tomado una decisión de determinada naturaleza 
También cabe la posibilidad de que esa decisión sea una equivocación. Y nuevamente no me estoy refiriendo al juicio ajeno, sino desde la perspectiva de quién así lo decidió, existe la posibilidad de haber equivocado. En algunas ocasiones no lo sabe a tiempo. Cuando lo sepa, la equivocación será seguir en su capricho o atinar correctamente a retractarse.
Mientras no se haga daño a nadie, esa decisión será correcta. Y al decir “a nadie” incluye a uno mismo.
Ahora bien: hay veces que los terceros pueden sentirse molestos por esa decisión, pero eso no indica que el que la haya tomado lo hizo adrede con intención de daño. Y si aún sabiendo las consecuencias continúa en su decisión, puede que sea un error o debamos preguntarle si sabe o no que provoca daño.
También existe la posibilidad de que el daño no sea tal, sino simplemente una molestia, un momento de dificultad, un estilo diferente, pero no siempre es daño.
Ejemplo: si yo decido no usar más perfume, eso no daña a nadie aunque alguien se moleste. Si yo decido comer mucho ajo por gusto, eso tampoco daña a nadie aunque le cause molestias.
En algunas ocasiones, esas decisiones, leves o de carácter más ajustado, deben tomarse incluso en la familia más cercana como padres, hijos o hermanos.
Es cierto que no siempre es daño, a veces simplemente es molestia. En ese caso, el que debe adaptarse es aquel que así lo diente, a sabiendas que quién decidió tal cosa, solamente lo hizo por su bien, y eso es totalmente válido porque eso se llama libertad y consecuentemente felicidad.
Sea el caso que sea, en lo familiar o en lo social, incluso en lo individual, siempre debe procurarse el equilibrio justo entre ceder y comprender, entre saber hasta dónde ceder y comprender que cada uno es diferente al otro, que no deben ceder lo mismo, sino cada uno lo que esté dispuesto.
Tomar la decisión de alejarse de la familia, sea uno el que se aleje o alejarlos a los familiares de uno mismo, también es una decisión y también requiere equilibrio.
¿Podremos hablar de equilibrio cuando la decisión es individual, que no afecta a nadie, una decisión que ni siquiera sea necesario decirla, como por ejemplo dormir más temprano, ser más paciente, leer un poco más, ir al gimnasio o cosas así?
¡Por supuesto que sí! Uno mismo también debe saber equilibrarse, decerse y comprenderse porque, tal como hemos dicho, no hacer daño incluye a uno mismo y siempre en primer lugar.
Es posible proteger a la familia, incluso de algún familiar, con ese equilibrio justo cuando la situación así lo amerite.
Pero antes debemos saber que al ser que somos seres sociales, vivimos de manera constante con un solo tema: la sociedad. La fragilidad radica en saber que mucho es chisme, que existen personas con maldad y que ninguna familia está exenta y que en todas las familias cabe esa posibilidad. Es doloroso y casi imperceptible convencerse de algo así, pero cabe la posibilidad.
Así como nadie nunca podrá afirmar que tal cosa no le sucederá. Si a alguien más le sucedió, y al ser que ese alguien es tan un ser social como uno mismo, entonces las posibilidades existentes tienen la misma cantidad de porcentaje a suceder, sea algo no bueno o ganarse la lotería.
El equilibrio justo es cuando comprendemos que las posibilidades existen y tomamos decisiones basadas en no dañar ni a uno mismo, en ceder lo que se puede y deba, y saber que no tenemos la obligación de ceder en partes iguales ni comprendernos de la misma manera, ya que eso es justamente la individualidad.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.