Cuando los exploradores europeos llegaron a Australia y Tasmania en el siglo XVIII se encontraron un continente con una población de cazadores recolectores en la Edad de Piedra. Para el biólogo y premio Pulitzer, Jared Diamond el retraso cultural y tecnológico de Australia y Tasmania se debió a que constituían el conjunto de poblaciones más pequeñas y aisladas de la Tierra; Australia con 300.000 habitantes, y Tasmania con 10.000 habitantes. La escasez de población produjo “ejemplos documentados de regresión tecnológica” debido a que las islas “tenían un número muy inferior de inventores en potencia” que Europa y Asia, y el progreso de las distintas civilizaciones está muy influenciado por la magnitud de la población. Una lectura superficial del libro de Jared Diamond, Armas Gérmenes y Acero, podría haber animado al charlatán que dirige el Partido Laborista de Gran Bretaña, Jeremy Corbyn, a proponer como idea estrella de su programa político para las próximas elecciones, ofrecer banda ancha en internet para todos los británicos, añadiendo a las igualdades básicas de las políticas de izquierda, salud y educación, la igualdad digital.

Un vistazo a lo que hacemos los usuarios de internet, parece cuestionar a aquellos que confían en que una mayor población, significa la existencia de una mayor cantidad de inventores y creadores en potencia. Así, aunque el número de internautas en el mundo parece que alcanza al 57% de la población, es decir 4.388 millones de seres humanos, y, aunque contarnos historias es una actividad involuntaria que nuestro cerebro no puede dejar de hacer (Oscar Vilarroya), no parece, que el valor añadido que esa enorme masa de individuos vuelca en la red, se corresponda con su número. Muy al contrario, como recalca Ricardo Baeza Yates, menos del 1% de los usuarios de internet crea más del 50% de los contenidos, y todo lo que hay en internet es obra de unos pocos.

Para BIOLOGOS SIN FRONTERAS es sorprendente el desinterés de las masas por participar activamente en internet y la propensión a quedarse tras la barrera como mirones, si tenemos en cuenta que somos poco más que un conjunto de células coordinadas, tratando de evitar la desincronización y el colapso, y que nuestra única verdad, como individuos, es la verdad narrativa, las historias que nos contamos unos a otros y a nosotros mismos. El lenguaje, que nos hace humanos, nació como evolución del chismorreo, y, como sostiene Yuval Noah Harari, el chismorreo permitió a su vez crear la ficción y la realidad imaginada, en vive entre nosotros y nos permite soportarnos y así, cooperar en grandes empresas.

Pero la de desconfianza sobre la eficacia y de la eficiencia de los grandes equipos para alcanzar el éxito viene de lejos. Uno de los relatos más vividos y elocuentes de la Biblia es la historia de Gedeón. El juez de reunió, en primera instancia, 32.000 soldados para luchar contra un enorme ejército madianita de 135.000 efectivos. Pero, por orden divina, quedaron reducidos, tras sucesivas eliminaciones, solamente a 300 hombres.  De esta forma, con tan solo el 1%, de las tropas inicialmente convocadas por Gedeón, y lanzando un ataque por sorpresa, cuya principal arma fue el ruido y el fuego, hicieron creer al enemigo que eran un enorme ejército, provocando el terror y la derrota de los asaltantes. Siglos más tarde, Temístocles repitió las cuentas de Jehová para escoger a los 300 héroes que se sacrificaron en Termopilas y propiciaron la posterior victoria de Salamina contra los persas. Gedeón y Temístocles y los 300 elegidos, evidencian también que los humanos somos, sobre todo, las historias que nos contamos.

Contarnos historias es una actividad involuntaria, que el cerebro de la gente corriente no puede dejar de hacer, especialmente si tenemos en cuenta que la vida social exige que representemos ante los demás nuestros roles, dotados de máscaras expresivas apropiadas para cada ocasión. Para SOCIOLOGOS SIN FRONTERAS esta actividad teatral es el coste de vida en común, y se encuentra superpuesta a nuestro yo más humano e íntimo, al que apenas deja manifestarse. El teatro es una actividad fatigosa que requiere aprendizaje, y el personaje que interpretamos en cada ocasión, consume grandes esfuerzos, lo que explica la preferencia que tenemos por los consumos pasivos que nos ofrece Netflix o Mediaset. Por el contrario, la actividad proactiva que nos exige, por ejemplo, hacer una reseña en Amazon, detrae recursos de nuestra actuación teatral cotidiana, y es, lo que Ricardo Baeza Yates describe como falta de motivación para participar.

Contarnos historias es una actividad en gran parte automatizada, lo que hace que la mayoría de las conversaciones sean oportunistas, incidentales e irrelevantes y que las historias de la gente corriente estén plagadas de personajes secundarios y estereotipados, que abarcan a sus padres, hijos, familia, jefes y hasta mascotas. La empatía y otro tipo de software similar que llevamos en los genes, nos conducen por nuestro día a día, con enormes dosis de automatización, hasta el punto que muchas veces podría decirse que convivimos con un extraño dentro de nosotros, por la incapacidad de explicar, nosotros mismos, las razones por las que hemos actuado de una determinada manera. Por eso es una quimera la participación proactiva de las masas en internet, salvo como consumidores de contenidos, como en televisión. Así se comprende la frase de Steve JobsEl cliente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras” y el reciente lamento de Paul Misener de Amazon cuando dice “los clientes nos piden cosas muy básicas” nunca pidieron un Kindle, nosotros lo ofrecimos.

Homo Sapiens podría estar dando, en las últimas décadas, algunos signos de protesta contra la dictadura del ADN, así se podría interpretar la evolución decreciente de la tasa de natalidad. Y aunque hasta el momento, para BIOLOGOS SIN FRONTERAS el único agente creativo que existe es la mutación, podría ser que nuestro enorme cerebro este sentando las bases para acabar con la dictadura del ADN, a través de nuestra “capacidad de generar ideas descabelladas, concebir lo que no existe y perseguir ideas imposibles “(Carl Safina). Que nadie espere que estos desafíos al ADN dictador provengan de la sabiduría de las masas.

A veces algunas mentes humanas lanzan chispazos de ideas nuevas, por razones aun poco conocidas, como en el caso de los Premio Nobel de Física, Claude Cohen-Tannoudji y Serge Haroche, curiosamente en los intersticios de las sociedades que los vieron nacer, Argelia y Marruecos y que los expulsaron junto a otros 800.000 judíos de países árabes, tras la creación el Estado de y cuyo recuerdo se conmemora el 30 de noviembre de cada año. Aunque los orígenes de la creatividad humana siguen siendo un misterio, no podemos dejar de maravillarnos de la frecuencia con que la diáspora judía ha sido capaz de generar ideas descabelladas, concebir lo que no existe y perseguir ideas imposibles, en entornos fuertemente antisemitas.

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Nacido en Salamanca, España el 11/09/1959. Sociólogo por la Universidad Complutense de Madrid. Estudioso de la microsociología y del impacto la neurociencia en la teoría de interaccionismo social. Actualmente realizando una tesis sobre minorías creativas en el mundo. Ex funcionario del Estado Español en Auditoria Publica. Ex director comercial de Bankia Fondos de Inversión. Articulista en prensa escrita española.