Quiero soñar, quiero contarte la belleza sin par de Estambul, la ciudad de la Sublime Puerta...

Algo queda al viajero de nuestros días como atractiva y bella excepción a esa general y fría regla del prosaico aspecto del mundo actual. Y yo conozco algo de ese algo. Y ese algo que yo conozco es Estambul, Constantinopla: la de la Sublime Puerta. Sí, yo he cruzado los Dardanelos. Yo he surcado las aguas del Mármara, el mar Liliputiense cuya tranquila superficie parece extenderse como bella alfombra a los pies del caminante, y servirle de recibimiento a la gran ciudad oriental. Yo he contemplado desde el Bósforo aquel risueño asilo que la madre Europa parece enseñar orgullosa a su vieja vecina Asia. Yo he visto en aquel incomparable puerto formado por las verdes riberas de dos mundos, flotar al aire las banderas de todas las naciones, y he admirado en los horizontes de Estambul la cúpula del templo de Constantino y de cien mezquitas, cuyos esbeltos alminares se elevan como artísticas flechas en el límpido azul. Yo he aspirado los olores de aquellos jardines, asilos seculares del placer, y medido con mis ojos la rica anchura de aquellos palacios que se agolpan como anfiteatros sobre fértiles colinas. Yo he visto copiadas en el líquido seno de la ancha bahía, como un tropel de caprichosas sombras, las mil torres de la ciudad sultana, las celosías misteriosas de sus harenes, la corva quilla de sus barcos, el negro plumero del humo de las chime-neas, y las extrañas imágenes de la ruidosa población que sirve de corazón y de núcleo a la sociedad de Oriente. Yo he salvado, en fin, en su hermosa longitud, el célebre canal que, como una calle de espléndidos edificios, se adelanta hasta la melancólica entrada del Mar Negro, y he visto, en aquellos balcones, a las familias de la nueva Turquía dirigir un mudo adiós al afortunado viajero que se aleja de allí con el tesoro de sus inefables recuerdos.

La naturaleza y el hombre

Pero por grande, por maravilloso que sea, como es, el panorama de la actual Bizancio; por sorprendente y admirable que sea, como es, el cuadro exterior y físico de aquella privilegiada región, fácil es adivinar, al que no la haya visto, y creer, al que la haya visitado, que la verdadera originalidad de Estambul, el interés verdadero que ofrece al observador, no está fuera sino dentro de aquel encantador conjunto. No es lo externo, sino lo interno, no es la superficie, sino el fondo, no es el paisaje, sino la manera de ser, los tipos, hábitos y condiciones de aquel pueblo heterogéneo; no es, en fin, la naturaleza, sino el hombre.

Lo que puede llamarse Constantinopla (Estambul) «por dentro » responde y supera todas las esperanzas, a todos los sueños del más anhelante buscador de originalidades.

La Constantinopla interior es la gran rareza del mundo. El hastío de nuestra occidental cultura, que huele como diría Cioran a cadáver perfumado, tiene que darse en ella por vencido. Allí hay tipos, objetos, criaturas, costumbres, cosas y enseñanzas para todos los gustos.

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Multitud cosmopolita

Aquellas estrechas y empinadas calles, repletas siempre de una multitud cosmopolita; aquellas mezquitas, a cuyas altas bóvedas suben los alaridos «alcoránicos » de sus fieles; aquellos mercados o bazares inmensos, donde hormiguean con febril actividad el grave turco, el ágil árabe de tostado rostro, el azabachado africano, el inglés rubicundo, el inteligente judío, mi amigo Alfonso Silván y también mi sobrino Mauricio (que han llegado desde la lejana Sefarad); aquellas mujeres, con el rostro velado (cada vez menos) que cruzan con perezoso andar por las aceras; aquellos soldados, herederos de los jenízaros, que parecen vestir a su pesar el uniforme europeo; aquellos cementerios que sirven de jardines o de patios a las casas de los señores locales; aquellas tumbas de sultanes; aquellas pintorescas fuentes; aquellos barrios morunos; aquellas vivencias que dejó en nuestra España la presencia árabe; aquella vertiginosa mezcla, en fin, de razas y costumbres, espectáculos y religiones, y leyes, y bellezas, y barbaries, ofrecen ancho campo de estudio y de esparcimiento a la imaginación.

Y en todos ellos, en las especiales condiciones de vida, de historia, de actividad y de singularidad, de aquella gran masa de seres y de objetos tan distintos, está, lo repito, el interés verdadero de Estambul.

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Nació en 1944 en Quintana de la Serena, Badajoz. Hizo las carreras de Filosofía y Publicidad en Madrid en donde reside desde 1960. Es editor literario e investigador de Judaica. Ha realizado ediciones facsimilares de la Guía de los Perplejos, el Cuzarí y de la obra de Isaac Cardoso. Dirigió las Jornadas Extremeñas de Estudios Judaicos en Hervás, en 1995, con Haim Beinart. Fue Director de las Actas del mencionado Congreso, publicadas en 1996. Colaborador en las revistas judías Raíces, Los Muestros, Maguem y Foro de la vida judía en el mundo, entre otras publicaciones. Creador, junto a otros entusiastas, de la Orden Nueva de Toledo, Fraternidad dedicada a la defensa plural de Israel y el Líbano cristiano, así como combatir el antisemitismo. Ha plantado miles de árboles, y construido, con Don Jaime Botella Pradillo, un jardín dedicado a los Justos de las Naciones en Las Navas del Marqués, en tierras de Castilla.