Diario Judío México - A través de la Historia y más aún en esta época en la cual la información circula vertiginosamente influenciando la opinión pública, circulan textos y manuscritos antiguos que son masivamente publicados. En la mayoría de los casos desprovistos del conocimiento de los códigos y objetivos por los cuales fueron escritos, llegando al público en traducciones e interpretaciones subjetivas. Términos tan familiares como “Religión” y “Dios”, a partir de los cuales surgen innumerables desacuerdos, son conceptos ciertamente extraños al judaísmo. Tales conceptos se basan en traducciones simplistas y erróneas que han dividido a los hombres y han creado confusión en el mundo espiritual.

La palabra “Dios” deriva del latín Deus, que a su vez proviene de Zeus –divinidad mitológica griega– hijo de Cronos, “Dios” del tiempo. Este vocablo dificulta el entendimiento y deforma el concepto que la visión hebrea tiene de la esencia Divina que es mucho más abarcadora de lo que el vocablo “Dios” infiere, ya que éste limita la perspectiva y lógica humana confinada por un espacio y un tiempo.

“Religión” es un concepto que no debe conferirse a la visión que el judaísmo revela en cuanto a su relación con el pensamiento místico y la conducta espiritual, ya que el término se deriva del vocablo latino re-ligare. La notación de “religar” implica el acto de volver a unir dos o más entes separados. El término confunde y puede ser interpretado con base en doctrinas ajenas al judaísmo.

“El concepto de religión no aparece en los textos de la tradición hebrea, ni escrita ni oral, hasta la Edad Media. En este período los sabios judíos se vieron presionados a tomar parte en confrontaciones verbales a fin de demostrar la validez de la espiritualidad del pueblo de . A raíz de ello sabios tales como el Rabino, Médico y Poeta Yehudá Halevi (siglo X) en su libro “el Cuzarí” y Maimónides (siglo XIII), específicamente en su “Guía de los Perplejos”, se vieron forzados a declarar que la Torá de es también una “Religión”. Para ello recurrieron al vocablo Daat, que significa norma e iniciación.” [1]

Abarcar el término espiritualidad dentro de la visión y filosofía del judaísmo, es sumergirse, por un lado, en “grandes aguas”. La búsqueda y el sondeo de lo que espiritualidad significa para el pensamiento judío es tan vasto como los escritos y sus interpretaciones por parte de los innumerables sabios y maestros que han vivido a lo largo de los tiempos. Por el otro lado, es un concepto de sencilla explicación: la espiritualidad es intrínseca al ser judío, a su visión de la vida, a su conducta.

La perspectiva judía manifiesta que todos los aspectos de la existencia son diversos grados de una misma y única realidad: el Infinito Ein Sof. Esta realidad generada por el Creador contiene todos los estados posibles, y es ilimitada e indivisible. Asimismo, el judaísmo consiste en la instrucción y la aplicación de las Mitzvot (Preceptos) que refinan al ser humano y lo acercan gradualmente a su Infinita Esencia. Estas normas constituyen los principios a partir de las cuales conforma el Creador a Su Creación, y que, codificadas, son transmitidas a través de la Torá.

El propósito último de la Torá se alcanza cuando su sabiduría es transferida al plano corpóreo y cotidiano para ser implementada con integridad por el Hombre con libre albedrío. La Torá nos enseña que para extender un instante de revelación espiritual, precisamos concretizarlo. La inspiración mística debe arraigarse en la realidad del mundo físico. El valor de cualquier experiencia espiritual, alcanza su contundencia cuando el fruto concreto es la transformación y la elevación de nuestras acciones cotidianas. Así, nos dice la Torá, es como “transportamos las alturas del Sinai a la Tierra”.

La espiritualidad en el judaísmo está intrínsecamente ligada a la vida cotidiana. Los judíos no se abstienen de la vida, la enaltecen. La espiritualidad, para el judaísmo, puede hallarse en la cocina, en la oficina, y sí, incluso en el dormitorio.

La filosofía judaica reconoce que, mientras nos albergamos en este mundo, somos una entidad material/espiritual, y que ambos componentes son adecuados en sus justos términos. La regla primordial para que el Hombre exista desarrollando su espiritualidad, es a través del compromiso de observar cabalmente los mandamientos que el Eterno le ha conferido.

Los matices más profundos de la sabiduría hebrea han sido expresados siempre en un lenguaje alegórico, enunciados a través de metáforas y relatos icónicos que señalan hitos que manifiestan la relación indivisible entre el Hombre y su Creador y, por ende, los pasos para recorrer la senda sacra que implica la existencia del judío en el ámbito del aquí y el ahora.

El lenguaje tanto en su forma escrita como oral es la herramienta básica para transmitir la sabiduría. Es importante subrayar que no se puede entender la Torá si se desconocen las claves místicas de interpretación del idioma hebreo a las que solo se accede por transmisión oral –de Maestro a discípulo– de las fuentes originales. Por dicha razón es imposible comprender el sentido místico del judaísmo sin el conocimiento del real significado de los conceptos y códigos que transmiten esta Erudición.

La Sabiduría del pueblo de está compuesta por la tradición escrita Torá Shebejtav y la tradición oral Torá Shevealpé las cuales, en su conjunto, conforman el conocimiento judío. Según la tradición hebrea, El Eternootorgó al Hombre contenidos en la Torá, principios cardinales para poder completar la Creación.

“Abraham, Itzjak, Yaacov, nuestros Patriarcas, como individuos, previo a la consolidación del pueblo de , llegaron a entender los principios generales contenidos en la Torá aún antes de Matán Torá (entrega de la Torá). En cambio, cuando se piensa en todo un pueblo a lo largo de todas las generaciones, necesitamos un sistema educativo integral basado en principios y leyes que abarquen a todos los individuos, la recepción de la Torá / Kabalát haTorá.”[2]

La Torá es entregada, Matán Torá, al pueblo judío, pero la recepción total de ésta, depende del esfuerzo, estudio y aplicación de sus Preceptos. Cada generación, a través de sus Sabios, debe revelar nuevos aspectos de la Torá, ya que la Ésta constituye un proyecto para todas las generaciones. Así, el orden judáico está repleto de rituales investidos de símbolos y enseñanzas que intentan dar un sentido a la existencia y un aprendizaje de discernimiento y de conducta que se repiten consecuente y perennemente a lo largo de la vida. Esta liturgia confiere en cada reincidencia una oportunidad de autoconocimiento y transformación continua.

La destrucción del Templo en el año 70 E.C. marcó un cambio importante en los métodos de estudio y de transmisión del conocimiento judío. Diferentes sabios y maestros intentaron preservar la Espiritualidad frente al riesgo de extinción adaptando la Halajá (Ley) a la nueva realidad y perpetuando la memoria del Templo. El pensamiento judío actual es el heredero de aquella generación.

En el año 220 E.C., Rabí Yehudá “Hanasí” compila la Mishná, cuyo significado literal es repetición, colección normativa que junto a la Guemará (que significa terminar o finalizar en el sentido de afirmar), constituyen el Talmud. En éste se encuentran múltiples interpretaciones de las parábolas que ilustran la Ley y que no escrutan una conciliación entre sí, sino que elaboran una interrelación dinámica: “Las palabras de los unos y las palabras de los otros son palabras del Dios vivo”.[3] Puede deducirse de esta cita que por ser la Palabra Divina plural, es también “masculina y femenina.”

“Dios creó al hombre a su imagen; a su imagen Dios lo creó, hombre y mujer Los creó. Y Dios los bendijo”[4]

Para tener una idea clara del rol de la mujer en el judaísmo, tenemos que ir al principio. En el primer capítulo del Génesis, aquí, la Torá se refiere a los géneros en plural: la Torá dice “los” creó. La tradición oral provee una interesante explicación a esta aparente irregularidad gramatical. La primera persona de la Creación, era verdaderamente un ser andrógino, hombre y mujer en un solo cuerpo, sofisticado y autosuficiente.

Pero si Dios había creado un ser humano tan completo, entonces por qué los separo en dos: Adán y Eva. Una de las respuestas a esta interrogante, es que Dios no quería que este Ser primigenio estuviese solitario, atribuyéndole un sentido de autosuficiencia. Podemos notar que en el hebreo clásico, no existe una palabra para referirse a “independencia”. La palabra Atzmaut, pertenece al hebreo moderno y proviene de la raíz del vocablo hebreo “individual”. El concepto connotativo de independencia como tal no existe en la tradición judía ya que aparte del Eterno, nada ni nadie es realmente independiente.

Al crear al ser humano en dos seres distintos, el Eterno plantea una sana relación de interdependencia, anhelo y entrega mutua. Dos seres fueron creados para elevarse en el crecimiento espiritual. Para ello, los seres necesitan ser diferentes; de aquí que el hombre y la mujer fueron creados como seres distintos. El Creador separa al hombre y la mujer y nos proporciona una noción de la diferencia entre los géneros masculino y femenino. Aunque cada ser humano fue creado como individuo único, lo que la Torá describe se aplica a todas las personas en algún grado. El género es una cualidad trascendental en la identidad de cada persona. El hombre y la mujer son totalmente iguales, pero diferentes y esa diferencia es positiva. Con sus talentos y naturalezas especiales pueden otorgar y complementarse el uno al otro mutuamente a lo largo del camino de la vida. Cada género debe apreciar y usar su fuerza especial.

“Al mencionar la costilla, la Torá nos enseña un principio para entender la naturaleza de la fuerza masculina y de la fuerza femenina, a saber, que la manifestación y fuerza femenina es más interna, mientras que el enfoque y expresión masculina es más externa.”[5]

La psicología moderna confirma esta diferencia. En su libro “Los Hombres son de Marte y las Mujeres son de Venus”, el Dr. John Gray, extiende esta idea y plantea que las mujeres están más orientadas a basarse en las relaciones que los hombres.

El énfasis en lo interno tiene variadas consecuencias en la vida espiritual y cotidiana: mientras que la mayoría de los preceptos del judaísmo se aplican por igual al hombre y a la mujer incluyendo las ideas centrales de celebrar el Shabat (Sábado) y comer Kasher (preceptos de alimentación), no todos los mandamientos se aplican de la misma manera. Un ejemplo está en las leyes sobre la impureza que atañen a mujeres y a hombres por igual. El Baño Ritual de Purificación o Tebilá ha de ser cumplido por ambos, variando en que el varón debe cumplir con este rito cada víspera del Shabat, mientras la mujer debe acudir a la Tebilá una vez que inicie su ciclo fértil (alrededor de tres o cuatro días después de su sangrado menstrual).

La Torá describe el proceso de la creación de Eva usando la voz Vayibén, El Señor construyó. Esta palabra comparte la misma raíz en hebreo que la palabra Biná, que significa entendimiento. Esto sugiere, como dice el Talmud, que las mujeres fueron creadas con una dosis extra de sabiduría y penetración. Biná implica mucho más que “intuición femenina”: significa tener la habilidad de compenetrarse con el conocimiento y el espíritu y comprehenderlo desde su interior.

El varón, por antonomasia, posee más de lo que se llama Daat (Canon), un discernimiento que viene del exterior, un tipo de intelecto que tiende a estar más conectado a los hechos y figuras. La sociedad pierde un gran recurso cuando sólo uno de estos dos aspectos es valorado.

La ciencia moderna apoya este antiguo punto de vista del judaísmo de que la mente de los hombres y de las mujeres funcionan de manera diferente; este hecho, ha sido investigado por Ralph Holloway, Christine de Lacoste-Utamsing, Jeanette McGlone y Doreen Kimura. Esta investigación ha probado que el cerebro del hombre y de la mujer tienen diferencias físicas menores; por ello, no es sorpresivo que científicos sociales se centren, hoy en día, en la fisiología como fuente de explicación de las disimilitudes en el proceso de pensamiento y en la conducta y así como puede ser un factor determinante en las áreas de interés y excelencia entre los sexos.

“La discusión acerca de lo masculino-femenino y de lo “otro” en donde se inscribe la mujer, está siempre presente ya que la cuestión del género para el Judaísmo es constituyente de la Realidad Espiritual e incluso determina nuestra relación con la Divinidad.”[6]

En el Talmud se narran historias de mujeres sabias: Rajel la esposa de Rabí Akiva fue una de ellas. Enamorada de Akiva, un hombre pobre y analfabeto, le enseñó Torá y lo envió a estudiar con los sabios. Desheredada por su padre, espera el retorno de su esposo durante 21 años. Cuando él vuelve, reconoce ante sus cientos de discípulos que el saber y conocimiento de todos ellos se le deben a ella.

En el siglo II una mujer como Beruria, hija de un sabio, educada en la Torá y casada con el eminente Maestro Rabí Meir, participaba en las discusiones talmúdicas de los sabios y fue la que aportó muchas de las consideraciones más importantes sobre las Ley.

Las leyes judías más adelantadas a su época en el tema familiar, otorgaron a las mujeres tener acceso a sus propios bienes y herencias. Ya en el S. II el Talmud dispone que: “el padre tiene prohibido casar a la hija cuando es menor o contra su voluntad, hasta que crezca y diga: a tal hombre yo quiero”. Los estatutos sobre el divorcio ordenan indemnizaciones a las mujeres, y libertad de casarse para la divorciada. Están altamente castigados los malos tratos y la mujer puede solicitar la separación de su esposo por maltrato sexual.

En el Judaísmo, el sexo y el placer no son pecado. La práctica judía, rechaza el ascetismo y la abstinencia. Por ello, no es correcto ni real hablar de una moral “judeo-cristiana” ya que ambas tienen una posición contraria respecto al papel del sexo. A saber:“Un hombre no casado es sólo la mitad de un hombre”.

Una de las secciones del Talmud –Kidushín– es muy extensa sobre este tema en donde provee una extensa lista de deberes conyugales del varón y se le prohíbe forzar la sexualidad de su esposa. De acuerdo a la Torá, el hombre y la mujer deben encauzar todas sus energías positivamente dando así continuidad a la vida. De aquí que el ideal judío es la familia, ya que nos brinda el marco propicio para que el varón y la mujer manifiesten sus instintos, emociones y pensamientos en forma armónica. En familia aprendemos a compartir y a asumir la responsabilidad por nuestros hijos y a entender a nuestros semejantes y a la comunidad.

La mujer, en la concepción judía, es inscrita en este universo con vida propia, y al proveer vida, se le considera en un escalón espiritual más elevado, por eso, la mujer judía está exenta de la mayoría de los preceptos, incluida su participación en la sinagoga (exenta, no prohibida). Es de trascendental importancia destacar que la identidad y pertenencia al pueblo es únicamente matrilineal.

El poema del Rey Salomón, Eshet Jail, Mujer Virtuosa, describe la extensa gama de roles que una mujer es capaz de llevar a cabo: madre, esposa, creadora, emprendedora, líder, todos ellos exaltando su más alto espíritu femenino.

Para el judaísmo las mujeres son seres humanos tratando de realizar su mayor potencial. Al proveerle con el armonioso instrumental para prosperar moral y espiritualmente, la Torá libera a la mujer para que se exprese con autoestima y júbilo.

De manera importantísima: para comprender el sentido integral de la espiritualidad judía, podemos concentrarnos en la Mitzvá –Precepto capital de toda la Torá:

Amarás al prójimo, a quien está próximo a ti, como a ti mismo.”[7]

Cuando no maduramos interiormente comprendiendo que el deseo egoísta sólo lleva a la destrucción, perdemos el lenguaje verdadero, los códigos que nos dan la posibilidad de entender que tanto el bien como el mal afectarán a todos por igual. Amarás al prójimo como a ti mismo es la actitud interior que nos lleva a no repetir el suceso de la torre de Babel. Babel proviene del vocablo hebreo confusión Bilbul, lo que nos indica que cuando el Hombre piensa sólo en sí, es porque está confundido, y no comprende la razón por la cual está en este mundo ni el objetivo de su vida y de la Creación. A partir de ello nos convertimos en partícipes del “programa de la Creación” que consiste en beneficiar a todas las criaturas infinitamente.

Fuentes: Génesis, Levítico, Talmud, tora.org.ar, serjudio.com. aish.com


[1] Rabino Jaim David Zukerwar, Introducción General a la sabiduría de la Kabalá. www.tora.org.ar

[2] Op.cit., Ibíd.

[3] Talmud, Cito de memoria

[4] Génesis 1:27,28

[5] Tzipora Heller, Hombre y Mujer –Una visión judía acerca de la diferencia de géneros Aishlatino.com

[6] Psic. Malka González Bayo, La espiritualidad judía I y II. www.cdonesesglesia.org/documentos/espiritualidad-judia.pdf

[7] Levítico 19:18

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Realizó su Licenciatura en Ciencias y Técnicas de la Información en la Universidad Nuevo Mundo (1984). Obtuvo un Diplomado en Arquitectura del Paisaje en la Universidad Iberoamericana (1995) y Diplomado en literatura en el Centro de Desarrollo y Comunicación (1998).

Ha tomado talleres y cursos literarios con: Óscar Wong, Vicente Leñero, Mónica Lavín, Rosa Nissan y Ma. Luisa Puga.

Premios:

Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2009, otorgado por la Universidad Autónoma del Estado de México, con el libro Claridad de roca entre mis dedos.

Publicaciones:

  • Más Allá del Portón de Hierro (Ediciones Eón 2008)
  • La Húmeda Suavidad del Cáliz (Ediciones Eón 2009)
  • En el Corazón de mi Estirpe (Ediciones Eón 2009)
  • La Gata Princesa y la Mariposa (Ediciones Eón 2010)
  • Claridad de roca entre mis dedo (UAEM 2010)
  • El Judaísmo y su raigambre espiritual. Revista Castálida, Instituto Mexiquense de Cultura, no. 39, 2010
  • La presencia femenina en el corrido mexicano. Revista Castálida, Instituto Mexiquense de Cultura, no. 41, 2010
  • Tanaj Bestiario Ancestral. Revista Castálida, Instituto Mexiquense de Cultura, no.42, 2010
  • El osito Comelón y la Zanahoria (cuento) Revista Castálida. Instituto Mexiquense de Cultura, no. 39, 2010

Documental

  • Un beso a esta tierra