Diario Judío México -

Tres mil años de matrimonio monogámico hacen que este tema no encuentre puntos finales. Su análisis y estudio ha sido materia de muchos investigadores en todos los campos, y sus resultados casi siempre van acompañados de falacias y equivocaciones. Introducirse al amplio marco que implica la complejidad de la relación hombre-mujer, resulta limitado e imposible en un sólo artículo. Su extensibilidad provoca una invitación a los que con su propio criterio o experiencia, quieran dar nuevos enfoques y elementos de análisis y comprensión.

Sabemos que como producto más del hombre, el matrimonio tiene un sinfín de implicaciones, ya sea en el terreno religioso, ideológico o psicológico a nivel social e individual, y dado que el divorcio es una problemática de nuestro tiempo, su incremento ha afectado a muchos núcleos familiares de nuestra Comunidad, resultando de sumo interés traerlo. No podemos hacer de supuestos, razones definitivas de la causa de este fenómeno. Sería fácil después de investigar los antecedentes históricos del matrimonio, decir que los problemas de la pareja corresponden solamente a una obligada evolución en el sentido que las normas que rigen la actual estructura del matrimonio, ya no satisfacen las nuevas necesidades de nuestro tiempo, como lo podría ser la existencia de mayor libertad individual de los cónyuges en sus diversas actividades: derecho de la mujer al trabajo, elección libre de procreación, independencia económica, toma de decisiones, etcétera. Quizá, nos encontramos en una fase de transición en la organización social y a esto se deba al esquema de contradicciones y disfunciones del matrimonio en las que destacan las nuevas normas socio-morales: apertura sexual, alejamiento de la religión institucionalizada y un cuestionamiento general de la existencia. Ante este planteamiento, resulta importante repasar las distintas formas de matrimonio a través de la historia. Existieron tres principales que corresponden aproximadamente a los tres estadios fundamentales de la evolución humana.

Al salvajismo corresponde el matrimonio por grupos; a la barbarie, el matrimonio sindiásmico que consistía en un régimen de matrimonio por grupos, o también se formaban ya parejas conyugales para un tiempo más o menos largo, el hombre tenía una mujer principal entre sus numerosas esposas, y era para ella el único esposo; a la civilización, la monogamia con sus complementos: el adulterio y la prostitución. Entre el matrimonio sindiásmico y la monogamia se intercalan, en el estadio superior de la barbarie, la sujeción de las mujeres esclavas a los hombres, y la poligamia es la que precisamente caracteriza la vida de nuestros antepasados judíos. Hay una evidente tradición de poligamia en el matrimonio judío antiguo, aunque en muchos casos no se habla sino de una sola esposa. Parece que la legislación bíblica favoreció la monogamia como ideal moral, sin intentar desarraigar la poligamia. Los ejemplos de monogamia que encontramos en la Biblia no son prueba de que no existiera al propio tiempo la poligamia. Si Abraham tomó concubinas en vida de Sara, esa fue una concesión a las costumbres de Canaán, donde no regían las leyes babilonias y donde prevalecía la poligamia propiamente dicha. Isaac y Jacob, que casaron con mujeres de Caldea, mostraron respeto a las leyes de aquel país, en cuanto a la posición de la esposa. En cambio Esaú, que contrae matrimonios en Canaán, no tiene escrúpulos en ese sentido. Sin duda, por conocer las costumbres cananeas, Laban hizo jurar a Jacob, antes de que partiera de Harran, que no tomaría otras mujeres fuera de sus hijas. (Gen. 31, 50).

La poligamia entre las clases superiores siguió sin embargo estando en boga aun en tiempos posbíblicos. Después de todo, las reglas generales cristalizaron en la monogamia en Palestina y en los países de Oriente. Entre los judíos europeos, la monogamia era costumbre general desde el Edicto de Rabenu Guershom hacia el año 1000.

El triunfo de la monogamia es un síntoma de la civilización naciente. Se funda en el predominio del hombre y su fin expreso es el de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible. Dicha paternidad se exige porque los hijos, en calidad de herederos directos, han de entrar un día en posesión de los bienes del padre. La familia monogámica se diferenciaría del matrimonio sindiásmico por una solidez mucho más grande de los lazos conyugales, aunque Engels dice: “La monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como una reconciliación entre el hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada del matrimonio. Por el contrario, entre en escena bajo la esclavización de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los dos sexos, desconocidos hasta entonces en la prehistoria. En la monogamia se desenvuelve una contradicción. Junto al marido, que amenaza su existencia con la heterogeneidad, se encuentra la mujer abandonada”. Engels vislumbró desde entonces la psicopatología familiar que aborda Freud desde el punto de vista del psicoanálisis, como producto del padre ausente y la madre omnipotente, que deriva de dicha estructura. Asimismo Engels, pronosticó la liberación sexual que varía desde el concepto de matrimonio abierto en el mejor de los casos o el adulterio como forma de ajuste emocional, al cual se refiere en el siguiente texto: “Con la monogamia aparecieron dos figuras sociales, constantes y características, desconocidas hasta entonces: el inevitable amante de la mujer o el hombre. Los hombres habían logrado la victoria sobre las mujeres, pero las vencidas se encargaron generosamente de coronar a los vencedores. El adulterio, prohibido y castigado rigurosamente, pero indestructible, llega a ser una institución social, junto con la monogamia. Así pues, en los casos en que la familia monogámica refleja fielmente su origen histórico y manifiesta con claridad el conflicto entre el hombre y la mujer, originado por el dominio exclusivo del primero, tenemos un cuadro en miniatura de las contradicciones y de los antagonismos en medio de los cuales se mueve la sociedad, no pudiendo excluir al judío moderno de ser elemento dentro de esta tesis engeliana. Naturalmente sólo se habla aquí de los casos de monogamia en que la vida conyugal transcurre con arreglo a las prescripciones del carácter original de esta institución que fue la primera forma de familia no basada en condiciones naturales, sino económicas y sociales, y concretamente como producto del triunfo de la propiedad común primitiva”[1].

Es un hecho que dentro de la Comunidad Judía, como en otras, generalmente se establecen contradicciones económicas en la relación hombre-mujer. Marx aseguró que el hilo de engarce en estos temas es el problema de la enajenación de las relaciones entre los hombres bajo el régimen de la propiedad privada. El dinero, el crédito, el trabajo, los productos del trabajo, los objetos y los hombres en sus relaciones mutuas son considerados desde la perspectiva del intercambio y la materialización como forma enajenada de las relaciones sociales[2].

La libre elección de los cónyuges, es aceptada y aprobada en gran parte de las sociedades, aunque se encuentre limitada de diversas maneras formales e informales provenientes de la naturaleza de la vida social. Los jóvenes se asocian en su gran mayoría con ciertos grupos de su propia clase social, religión, raza o grupo étnico. El matrimonio de un hijo puede afectar el nivel social de la familia, o incluso, en algunos casos su posición económica; los matrimonios entre miembros de familias poderosas con grandes propiedades son obviamente acontecimientos que no dejan de tener potenciales consecuencias económicas. Más aún, el reducido tamaño de la familia conyugal, tiende también a aumentar los vínculos emocionales entre sus miembros y hace que cualquier acto del hijo, sea cuestión que preocupa grandemente a los padres.

La estructura interna de la familia y la integración funcional de sus elementos se ven frecuentemente afectados por todos los cambios que ocurren en la sociedad y por un sinfín de fenómenos de los que derivan algunas “enfermedades psicológicas” tan comunes en estos días.

La gran expansión tecnológica e industrial y la desmedida urbanización han provocado cambios en la estructura de la vida familiar, desde el momento en que este factor ha impuesto algunas existencias semejantes en toda sociedad, produciendo resultados similares, no obstante las diferencias en cultura y en organización social. En este contexto no se excluye al judío moderno.

Por otra parte, en la medida en que los deberes domésticos disminuyen o parecen tener menos importancia, las mujeres con atraídas cada vez más, en algunos casos impulsadas por necesidades económicas, hacia el mundo industrial o comercial, y a partir de ahí la famosa liberación femenina con todas la implicaciones que conlleva.

En el umbral del siglo XXI, el matrimonio judío se inclina idealmente por la unión de dos elementos, sino iguales, muy similares en sus características de nivel de educación, estrato social y capacidad competitiva intelectual y económica. Hablando de una pareja más o menos común, la que suele llegar a formarse puede presentar en cierto momento una gran diferencia en el desarrollo individual de sus miembros durante el transcurso de la relación. Cuando esto sucede, obviamente se da el caso de no poder seguir en pareja, porque se han perdido los elementos constitutivos. Se presenta en la psicología de uno de los cónyuges y muy especialmente en el sexo femenino, un apocamiento hacia aspectos de desarrollo personal, intelectual y físico. Ese estado de latencia y letargo existencial se da en la medida en que la mujer fantasea que el matrimonio le va a dar seguridad económica, social y psicológica, y como resultado, el crecimiento desparejo y sin paralelo en relación a su pareja.

Lo que sucede es que en el fondo de todas estas preguntas hay una respuesta latente: cuando se forma una pareja, ésta ¿debe ser definitiva y eterna? La respuesta psicológica o judeo humanista es definitivamente “no”, ya que para que una pareja dure, se necesita de dos personas, para que termine basta con una.

El ser humano completamente normal física y mentalmente, ¿debe sacrificarse a sí mismo para vivir en pareja, nada más porque así lo establece la sociedad?

La persona que se divorcia trata de buscar una y mil explicaciones sobre el fracasado matrimonio. Pueden existir muchas razones, una relación inmadura o bien un noviazgo prolongado suele ser una verdadera escuela preparatoria para la infidelidad conyugal. También un matrimonio prematuro en edades de la adolescencia y postadolescencia, porque en este periodo de relación se idealiza; desde el momento que satisface únicamente una necesidad de atracción física olvidando el análisis profundo de la pareja en aspectos más relevantes. La cultura tradicionalista que reprime al individuo antes del matrimonio, lo conduce enmascarado a la idea de libertad sexual y con esa concepción determina su futuro en pareja.

En la relación hombre-mujer el amor representa el elemento básico-constitutivo. Fromm[3] nos habla de él, como la condición de preservar la propia integridad e individualidad en la pareja, algo así como un recetario de amar y ser amado. A pesar de todos los argumentos, sobre el amor podemos distinguir una serie de factores que predisponen a la pareja de nuestros días a muchos conflictos, que no le permiten el desarrollo de una vida sana y completa, agregando a todo esto la gran presión que implica “pertenecer” a una comunidad con exigencias económicas.

Podríamos hacer propuestas y conclusiones que aporten beneficios en el amplio espectro de la problemática del matrimonio, sin embargo, es un hecho que cualquier supuesto en estos términos, resultaría una utopía, podríamos dar soluciones efímeras como decir la idea que la desinstitucionalización de la pareja, sea una posible alternativa, al quitar el sentido civil (contrato matrimonial o estado civil), así como retirar de la religión los conceptos normativos del matrimonio. Quitarle a D-os la obligación de ser testigo de la unión eterna de la pareja. Todo esto en un marco y contexto social en el que predomine un nuevo patrón de normas sociales, darían la libertad que el hombre necesita en la búsqueda de su mayor bienestar social y psicológico. Mas las cuestiones utópicas (probables o no a realizarse) al no poderse comprobar nos instalan en el eterno problema de las ciencias sociales, que sí nos han dado una firme comprobación: esa relación de la pareja humana, parece ser que se acompaña de la “sal y la pimienta”; de distintas etapas o periodos de tranquilidad, amor, pasión, deseo, comprensión, entendimiento, compañía, satisfacción, pero también de violencia, duda, frustración, aburrimiento, destrucción o resignación, y en la medida de esos ingredientes, la cristalización de los matrimonios modelo y por otro lado los que rompen la “sagrada unión”[4].

En todo ese entorno de elementos señalados, podemos cuestionar y analizar el porqué de tanto divorcio, pero más importante aún lo es el hecho de tomar en cuenta dichos fenómenos de nuestro tiempo. Si no la bola de nieve crecerá sin freno y comenzará a romper lo que para la religión judía es la base fundamental: la familia.

Fuente: Estudios Judaicos, revista sobre el judaísmo, los judíos, y el sionismo, del Centro de Estudios Judaicos de . 1988.
Tomado de CDInforma.


[1] Erich Fromm: “El arte de amar”.

[2] Enciclopedia Judaica Castellana.

[3] Engels, Federico, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

[4] Marx, Carlos, Cuadernos políticos.

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Es escritora, periodista, estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM: Tiene una larga trayectoria como editora de distintos medios dentro y fuera de la Comunidad Judía de México. Recibió en 2003, el Premio al Periodismo Comunitario por el Instituto Cultural México Israel, A.C., así como en 2005, el Premio APEIM otorgado por la Asociación de Periodistas y Escritores Israelitas de México, A.C. y el Premio Nacional de Artes Gráficas UILM, por la edición del libro Cincuenta Años del Centro Deportivo Israelita diseñado por ella. Actualmente y desde hace muchos años dirige el Comité de Comunicación del CDI.