Diario Judío México - Hace cien años  terminó de escribir su libro más importante, “La Estrella de la Redención”, que trazó nuevos caminos en las preocupaciones por el futuro de la teología y la filosofía judías. Entre los temas que trata ocupa un lugar decisivo el saberse pueblo elegido de los judíos. Aceptar una elección implica un compromiso, una obligación que se debe cumplir puntualmente. Ser elegido por Dios ha sido la ambición de muchos pueblos, pero, ¿ser elegido para qué? Es una pregunta fundamental en el pensamiento de , uno de los filósofos existencialistas religiosos más importantes del siglo pasado y uno de los teólogos más influyentes hasta el presente. Nació el 25 de diciembre de 1886 en Kassel, Alemania y murió en Frankfurt am Maine en 1929, el 10 de diciembre, Su familia asimilada tenía una buena posición económica y social, sus dos hijos recibieron una educación rica en y arte, pobre en judaísmo.

Como parte de un grupo de jóvenes, inquietos, brillantes que encontraron su camino por los senderos del cristianismo, también el joven Franz estaba por convertirse al cristianismo en 1913.

Estudiaba medicina cuando decidió cambiarla por filosofía, se oponía a Hegel y al idealismo alemán, se inclinaba por el existencialismo que quería entender la realidad a partir de la experiencia y los intereses de la persona concreta, individual y no mediante conceptos abstractos.

En octubre de 1913 asistió al servicio de Yom Kippur en una sinagoga modesta en Berlín. El drama litúrgico de los pecados humanos y el perdón divino, la afirmación, unicidad de Dios y su amor tuvo un efecto poderoso en Franz. Lo que pensaba que encontraría en la iglesia –la fe que le daría una orientación en el mundo- lo encontró en la sinagoga. Sintió que debía ser judío.

Dedicó el año académico a la lectura intensa de fuentes hebreas clásicas y a las conferencias de Herman Cohen, eminente pensador judío alemán.

Durante la Primera Guerra Mundial se unió al ejército en una unidad contra la aviación que le dejaba tiempo para leer y escribir, publico un artículo sobre problemas teológicos –judaísmo y cristianismo-, elaboro un plan para reformar el sistema escolar alemán y escribió, “En Tiempo”, un programa para reorganizar la educación judía.

En 1918 fue enviado a un curso cerca de Varsovia ocupada por los alemanes y pudo observar la vida de los judíos de Europa Oriental que lo impresiono profundamente por la vitalidad y riqueza de su fe.

Cuando regreso a su puesto se sintió listo para empezar lo que sería su obra más importante: su filosofía existencialista, demostrando la relación mutua entre Dios, el hombre y el mundo, basado en la experiencia humana, el sentido común y la realidad del lenguaje y el dialogo. Su fundamento se inicia en la revelación de Dios que se hace presente al hombre por su amor y despierta en el la conciencia de un Yo. Termino de escribir “La Estrella de la Redención” en ’19, apareció en ’21, ignorada por corrientes de filosofía académica, muy admirada por existencialistas y, especialmente, por teólogos jóvenes.

En “La Estrella de la Redención” se encuentra la mayor parte de sus respuestas al misterio de la elección, caso límite de particularidad social y del pueblo judío. Históricamente, Franz trabaja después de la Ilustración y la identificación del judaísmo como religión, no nacionalidad y descubrió que falta el sentido genuino del judaísmo y lo ve como un barco en búsqueda de su muelle propio, en la búsqueda estudia la separación entre cristianismo y judaísmo en sus sentidos descriptivo y prescriptivo. Los cristianos creen que ellos son los electos desde la muerte de su redentor, Jesús, No pueden superar la irritación fundamental, casi amenazadora a su vida, de la existencia continua de los judíos que siguen afirmando su ser elegidos. Explican el cambio en la elección divina por el error necio de los judíos que no reconocen al Mesías. El sufrimiento judío es castigo divino a su “necedad”.

Los judíos también valorizan todo sufrimiento como castigo, pero por razones muy diferentes: por corrupción del sacerdocio, difamación y calumnias entre los judíos, helenización, monarquía ilegitima, etc. Pero, al mismo tiempo, la teodicea judía entiende su exilio como evento positivo, como un nuevo estado, una tarea nueva, en la espera del Mesías: recuperar las chispas divinas regadas por el mundo, fuera de la Tierra Prometida, o llevar los valores judíos al mundo no-judío, o por ambas.

El pueblo judío es “el pueblo eterno”, según Rosenzwieg, porque la elección conllevaba la Torah y fue recibida. Esto significa que envolvía al pueblo judío con la vida eterna. Hay una conexión profunda entre la elección y el esquema de creación-revelación-redención, estructura de su pensamiento religioso.

La creación es para todos, Adán es un ser humano como lo serán todos los hombres, no es judío, Dios se revela a Abran que recibe la Torah, Dios le asigna a él y a sus descendientes un papel especial. Se llamará Abraham, es judío y el eslabón que une la elección y la revelación. “ es más que el pueblo elegido, es el uno y único pueblo elegido, el pueblo del Dios uno y único.” Esta frase de Rosenzwieg se aclara si se entiende el paso de la revelación a la redención, la diferencia entre los dos sentidos judíos de la elección, la diferencia entre revelación y redención se entiende por la diferencia entre una elección exclusiva y una inclusiva. La importancia de la elección exclusiva es que Dios le da al pueblo judío la Torah que es recibida. Los otros pueblos que no la tienen no viven completamente en la eternidad de Dios. Pero la exclusividad es solo temporal, los judíos deben difundir los valores de la Torah para que todos los pueblos también lleguen a seguir la senda de Dios y ser elegidos de Dios.

Esta es la importancia de la historia en el proceso de redención: la eternalizacion de los pueblos. La historia sagrada es la elección progresiva de las naciones. Según Rosenzwieg este trabajo se realiza por el cristianismo únicamente, mediante la evangelización. Al fin de la historia, cuando la exclusividad de la elección se vuelve obsoleta y se hace inclusiva, entonces, y solo entonces, se alcanza la verdad divina que no es judía ni cristiana, todos estarán incluidos en la elección de Dios y habrá solo un pueblo bajo “Dios uno y único”. En un mundo redimido la exclusividad del judaísmo y la evangelización del cristianismo serán superfluas. La verdad absoluta, eterna vive en sí y convierte el tiempo en eterno.

Mientras la historia sigue haciéndose, Dios quiere a todos. Contento con lo que es, el judío reza y añora al Mesias, cuya llegada significa la redención de todo el mundo. Rosenzwieg encuentra una contradicción fundamental en el judaísmo que divide la vida entre sagrado y profano y la tierra entre y los otros pueblos.

La elección une a los judíos y los separa de los no-judíos; divide el mundo judío por dentro, como entre sábado y días de trabajo; entre Torah y vida cotidiana, olvidando la obligación de ver el mundo irredento no-judío y ensenarle los valores de la Torah. Una actitud que pone en gran peligro al judaísmo por una tentación interna de auto-absorción cuyo precio es abandonar el cuidado del mundo que está afuera.

Rosenzwieg se casó en ’20 y fue nombrado director del centro de estudios para adultos, Lehrhause, en Frankfort, animaba a los estudiantes a examinar las fuentes hebreas clásicas en búsqueda de lo vital y relevante. No ocupo el puesto mucho tiempo; a principios de ’22 enfermo de una forma de esclerosis que paralizaba todo el cuerpo progresivamente. Incapaz de hablar o escribir en sentido físico, natural, continuo muy interesado en sus semejantes y su comunidad. Con la ayuda de su esposa. creo un sistema de señales entre ellos y una máquina de escribir construida especialmente para él y pudo producir ensayos importantes, una versión anotada en alemán de la poesía de Juda Halevi; trabajo en una traducción al alemán de la Biblia con Martin Buber y escribió una serie de artículos sobre las particularidades y estilo del pensamiento bíblico. Como entretenimiento escribió comentarios para una revista respecto a grabaciones de música clásica y sagrada. Nada permitía adivinar que el autor estuviera mortalmente enfermo. La evidencia era de un espíritu fresco, agudo, con claridad intelectual, fe religiosa y sentido de humor hasta su muerte. Tenía 43 años y ya había dejado su huella de gran influencia en la historia de las ideas filosófico-religiosas.

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Nació en la Ciudad de México, terminó sus estudios de Filosofía en la UNAM, es Escritora y traductora. Actualemente reside en Israel.