Diario Judío México - Cuando hablamos de juego de azar se contempla una realidad esencialmente bipartida, ya que se observa la presencia de dos aspectos muy diferentes de la misma práctica, colocados a los dos extremos de un continuo: por un lado una realidad de gran difusión, sustancialmente inofensiva, y por el otro un conjunto de conductas propias de una adicción.

Esta polarización entre el jugador social (que juega cada tanto) en un extremo y el auténtico jugador patológico (que hace del juego su propia obsesión y la causa de su derrota) en el otro, corre el riesgo de proporcionar una imagen sesgada del problema, presentando una sola de las dimensiones y dejando de lado todo el panorama intermedio constituído por las diferentes modalidades de juego.

Suele darse un recorrido desde el encuentro con el juego y la dependencia patológica. Este insidioso proceso empieza siempre con la diversión como motivación inicial, o bien la esperanza de ganar algo de dinero y de “pasar un buen rato”. Si bien cabe precisar que no se trata de un recorrido “obligado” (es decir que no necesariamente todo aquel que tenga un contacto inicial con el juego acaba luego manifestando una conducta patológica) el desarrollo del juego social hacia la adicción sigue normalmente patrones parecidos en todos los jugadores.

En principio el jugador tiene la sensación de poder dejarlo cuando quiera y mira al juego como un paréntesis innocuo y divertido en su propia vida: FASE DE GANACIA. A esta fase puede seguirle una etapa en que la persona empieza a dedicarse al juego en condiciones de creciente soledad y registrando episodios de pérdidas cada vez más consistentes: FASE DE PERDIDA.

A lo largo de esta evolución el juego llega gradualmente a monopolizar el pensamiento y las preocupaciones del sujeto; se le hace cada vez más difícil justificar el tiempo dedicado al juego, a pesar de sus compromisos y responsabilidades y la falta de dinero resulta cada vez más difícil de aguantar, produciendo emociones negativas, ira, depresión e irritabilidad crecientes.

La necesidad de dinero es cada vez mayor y las pocas ganancias se reinvierten en el juego, en el que se hace necesario tomar riesgos cada vez mayores. Este es el momento en que la persona suele decidir buscar préstamos o ponerse en contacto con usureros para hacer frente a la necesidad de jugar. La persistencia de la conducta de juego se justifica con la necesidad de recuperar el dinero perdido pero en definitiva todo esto lleva a jugar más y más, a seguir pidiendo préstamos y prometer, y prometerse, que en cuanto se recupere el dinero no se volverá a jugar nunca más.

Se arma un círculo vicioso: al terminar la sesión de juego (más a menudo por falta de dinero que por decisión genuina), el pensamiento del sujeto vuelve a concentrarse obsesivamente sobre cómo encontrar el dinero para reponer, a los pretextos que justifiquen las horas pasadas jugando y el dinero que empieza a faltar.

El mundo del juego, con sus complicidades y justificaciones, se convierte cada vez más en el mundo “real”, el único para el cual vale la pena vivir y al que se puede escapar de las insatisfacciones de la vida cotidiana.

Por otro lado la “vida normal” se torna paulatinamente más conflictiva por los problemas que generan las deudas, las discusiones en familia, las ausencias en el trabajo, la indiferencia y desimplicación de lo cotidiano que muestra el jugador. Sin embargo éste niega, racionaliza el sentimiento de culpa y de fracaso y los justifica con la convicción de poder recuperar todo lo perdido y de salir finalmente victorioso, como si eso fuera la forma de rescatarse, justificando todos sus fracasos, sus pérdidas y la caída misma de su dignidad con una “mala racha”.

La última fase, de DESESPERACION, puede presentar momentos de intensa angustia y suponer un considerable riesgo de suicidio, como respuesta impulsiva a la presión insostenible de las trágicas complicaciones económicas, las relacionadas con la salud y tal vez legales que el juego ha traído. Esta es la fase en que el jugador se acerca a tomar conciencia de su problema y decide pedir ayuda.

Este momento resulta sustancial; frente al pedido de ayuda del jugador es la familia la que debe decidir responder a esto y acercarse a profesionales especializados para poder pensar y resolver el juego estragante, sus causas, repeticiones y la salida del círculo vicioso, tanto del jugador como de ciertas conductas familiares.

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