Diario Judío México - 1er lugar Certamen Literario CDI
Noviembre 2010.
Género: Relato Anecdótico
Categoría: Abierta

Esta es una historia verídica ocurrida en el mes de Agosto de 1961, año en que falleció mi madre y que por esas fechas llegaron a la ciudad de mis tíos procedentes de la Unión Soviética, actualmente Rusia, para radicar en nuestro país.

Lamentablemente, casi no conservo algún recuerdo de mis primeros años de vida, ya que la mayoría de ellos se ha ido diluyendo poco a poco, dejándome algo asi como dos imágenes sin movimiento que llevo guardadas en mi memoria.

Allí veo dolorosamente a mi madre casi siempre recostada en su cama o sentada en su sillón favorito del patio de nuestra casa, tratando de no movilizarse demasiado por su enfermedad. La recuerdo con su sonrisa triste cuando llegaba de la escuela, recibiéndome cada tarde con sus brazos siempre dispuestos y en donde me sentía tibiamente protegido.

La otra imágen que llevo conmigo es la de mi padre, a quien recuerdo cuando regresaba de trabajar ya muy tarde y a quien siempre esperaba para darme el ansiado beso que marcaba las buenas noches y el final del día.

Esas imágenes son todo lo que conservo como un tesoro de mis primeros años de vida. Del resto de toda aquella época solamente recuerdo algunas partes que reconstruí a partir de los relatos que de ella solía hacer mi padre.

Siempre contaba que, como la mayoría de los inmigrantes que llegaron de Europa, mi madre y lo hicieron prácticamente sin tener nada, pero con la ilusión y expectativa de encontrar en América lo que en su tierra les había sido negado.

Decía mi padre que, tantos otros, habían arribado a la ciudad de apenas casados y demasiado jovenes para comenzar una nueva vida.

A menudo recordaba que el puerto de su ciudad natal fue en esos días escenario de cientos de historias parecidas y distintas a la vez, todas ellas repletas de promesas, de reencuentros en futuros inciertos sin sospechar que, casi sin excepciones, algunos de ellos nunca volverían a verse otra vez.

Recordaba lo duro que habían sido los primeros días en los que llegaron a la capital mexicana.

Me hablaba del llanto nocturno de mi madre que extrañaba a mi abuela; de su angustia tratando de acoplarse y establecerse en un territorio desconocido, mientras sentía como todo parecía hundirse bajo sus pies.

Me decía que no solo estaban totalmente aturdidos por el desarraigo, el desconocimiento del idioma y las costumbres, sino que además todo empeoró al sumarse la pobreza.

Aunque el dinero apenas alcanzaba para lo mínimo indispensable, nunca fue lo suficientemente abundante como para afrontar los gastos de la enfermedad de mi madre que iba agravándose paulatinamente con el paso del tiempo.

Según lo que mi padre relataba al principio y con la intención de mantener el contacto con sus respectivas familias, se enviaban cartas hacia Europa por lo menos una vez a la semana, pero con el transcurso de los meses y al no recibir respuesta alguna, estas se fueron espaciando cada vez mas, hasta que finalmente se interrumpieron.

Decía que había sido así porque en algún momento, inevitablemente, llegaron a la dolorosa conclusión de que ya no existía nadie con vida que pudiera recibir o transmitirles alguna noticia desde el otro lado del mundo.

Puedo imaginar el desgarro que debió producirles y que posiblemente colaboró para agravar el estado de salud de mi madre, cuyo débil corazón enfermó aún mas, a raíz de la pena.

Es posible que, precisamente de esos días, provenga la imágen de mi madre postrada, la cual tengo grabada permanentemente en mi memoria.

Y supongo que debe haber sido algo casi imposible de sobrellevar la idea del horrible sufrimiento que debieron haber padecido todos sus seres queridos y aún asi seguir adelante con sus vidas.

No fue de extrañarse entonces, la terrible conmoción que sufrieron cuando una vez terminada la guerra, llegó un día hasta sus manos una publicación que daba cuenta de la búsqueda de familiares por parte de algunos de los sobrevivientes y que entre ellos, pudieron ubicar el nombre mi tía Jaya (la hermana menor de mi madre), su marido y su hijo.

Solía contarme que en ese momento el desconcierto inicial fue tan grande que ni siquiera tenían idea de por donde empezar, qué hacer, o a adonde ir.

Superado el momento, surgió entonces el problema de encontrar el modo de reunir el dinero necesario para rescatarlos del infierno del que hablaban las noticias y traerlos lo mas rápidamente posible a .

Evocaba mi padre, que en esos días se la habían pasado especulando con decenas de probables historias de que todas ellas coincidían en el hecho de que había que hacer algo de inmediato para que pudieran salir de Rusia.

La prioridad decía que había que traerlos a esta tierra para que empezaran una nueva vida dejando atrás todos los probables horrores sufridos por la guerra.

A medida que los días fueron transcurriendo y las cartas de Europa comenzaron a llegar, nos fuimos enterando de que la tía Jaya y los suyos, eran los únicos de la familia que lograron sobrevivir al Holocausto y al horror de la guerra. En cada envío detallaban la suerte que habían corrido cada uno de los integrantes de la familia.

Contaban acerca de los campos de concentración, violaciones y otros horrores mas de cuyos detalles nunca pude enterarme, ya que mi padre se negó a repetirlos luego de que las cartas fueron leídas.

Siempre me aseguró que se hicieron entonces todos los sacrificios posibles, incluso el racionamiento de nuestros alimentos, para poder juntar el dinero necesario y asi pagar los tres pasajes de barco.

Finalmente, después de un tiempo y con la ayuda de algunos paisanos (que se solidarizaron con lo que nos estaba sucediendo), se logró reunir la suma de dinero que posibilitaría el reencuentro, aunado a esto de que precisamente en esos años, el gobierno mexicano abrió las puertas a todos los inmigrantes de orígen judío provenientes del viejo continente que quisieran establecerse en nuestro país.

En cuanto a mi madre, me contaba, pareció revivir durante todos esos eternos meses de espera. Que se despertaba y dormía siempre con el mismo y dulce pensamiento devolviéndole una energía que no sentía desde hacía meses.

Incluso notó que la confirmación de la muerte del resto de su familia le resultó menos dolorosa, sabiendo que al menos una de sus hermanas estaría nuevamente a su lado y que todos juntos, comenzaríamos a sanar poco a poco parte de las heridas.

Estaba consciente de que los días se habían hecho interminables y que el barco llegaría dos días después de lo que había sido previsto.

Fue precisamente mi padre el único que acudió a recibirlos al Puerto de Veracruz, a raíz del reposo que debía guardar mi madre.

Curiosamente, no me quedó ningún tipo de información de cómo mi padre pudo ubicarlos en medio de la multitud que supongo bajó del barco, pero lo que si me describió, fue el momento de la llegada de tía Jaya y los suyos a nuestra casa.

Recuerdo que ese día mi madre se levantó de la cama desde muy temprano a pesar de los consejos del médico.

Como consecuencia del atraso en la llegada del barco, ya habían pasado dos noches sin que mi madre hubiera podido descansar, excitada por el reencuentro.

De ese momento, mi padre decía aún poder escuchar el grito desgarrante de mi madre que llenaba todos los rincones de la casa y que resumía al mismo tiempo el mas profundo dolor y la mas inmensa alegría.

Aferrada todo el tiempo a su hermana e incapaz de lograr apartarse de ella, mamá fue conociendo entre lágrimas a su cuñado Mordejai y a su pequeño sobrino Jaim.

Mi padre, tan emocionado como en aquel lejano día de la despedida en el puerto de su ciudad natal, -comentó- que fue el quien primero notó que la actitud de tía Jaya era un tanto extraña, pero nunca mencionó nada al respecto.

Evocaba que era mi madre, quien al día siguiente estando mas tranquila hizo el comentario: =Jaya no es la misma= dijo apesadumbrada y sin volver jamás a hablar del tema.

Según mi padre, los ojos de mi tía Jaya miraban distinto, como si navegaran sin brújula en un mar desconocido en el que se dejaba llevar libremente por las mareas.

A papá en ese momento le llamó la atención que, contrastando con la reacción de mi madre, la emoción de estar junto a su hermana duró muy poco.

Inexplicablemente mi tía daba la impresión de que estaba preocupada por si se había extraviado alguna de sus pertenencias durante el viaje hasta casa.

Fría y extrañamente distante, mi padre recordaba que los siguientes días mostraban a una tía Jaya mas preocupada por instalarse y conseguir trabajo para su marido, que estar con su hermana para recuperar el tiempo perdido.Y que si bien ambas continuaron viéndose regularmente, mi madre nunca sintió que había recuperado realmente a su hermana sino a una desconocida que había usurpado su apariencia y sus recuerdos.

Cuando un año más tarde, en los días en que el corazón de mi madre decidió no seguir dando batallas, solamente mi padre y yo estábamos a su lado como siempre, cuidando de ella.

Desde aquellos días, empecé a tener mis propios recuerdos. Me veo a mi mismo sentado a su lado cuidando sus últimos sueños y que en su última noche abrió de pronto sus ojos sorprendiéndome al secar mis lágrimas.

<<No llores hijo>> voy a estar bien, mas preocupada por mi que por ella misma. A la mañana siguiente solo deliraba pronunciando frases confusas que aludían a la guerra, como si de pronto hubiera regresado a ella.Y cuando comenzó a pronunciar el nombre de Jaya llamándola una y otra vez, mi padre me ordenó ir por ella. Corrí llorando las tres cuadras que separaban su casa de la nuestra y al llegar golpeé con desesperación la puerta de la calle

Me abrió tía Jaya, quien una vez enterada del estado de mamá se aprestó de inmediato para acompañarme.Y en ese momento sucedió entonces lo que fue incomprensible para mi, inexplicable.

Mi tía comenzó lentamente a cambiarse la ropa que llevaba puesta para vestirse por otra mas elegante, tal como si tuviera que irse de paseo o asistir a una fiesta. Al mismo tiempo, mi tío se afeitaba cuidadosamente, supongo que para aparecer presentable en el evento.

Creí enloquecer, pero papá me había pedido que no volviera sin ellos. Cuando por fin llegamos, mamá ya había fallecido y yo no había podido estar junto a ella. Después del entierro, jamás quise volver a hablar con mis tíos. Solamente unos cuantos años mas tarde pude comprender lo que la guerra era capaz de hacer con las personas y comenzar a perdonar, perdonar por todas las injusticias que nos habían hecho; perdonar por cumplir el único deseo de mi madre que era poder tener a su hermana junto a ella; perdonar por el esfuerzo que hicimos en reunir nuevamente a la familia.

En fin, simplemente perdonar y tratar de olvidar el recuerdo mas triste que tuve en mi infancia.

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