Diario Judío México - Los movimientos puritanos, sean de la religión que sean, sospechan siempre de la belleza, abominan de la naturaleza y  desconfían de aquello que seduce y atrae por considerarlo una distracción para el alma y un tormento para el cuerpo. Así, los ortodoxos judíos nunca miran a una mujer que no sea la suya a la cara; los cuáqueros minimizan la importancia de la música y los talibanes estigmatizaron a las féminas imponiéndoles, a más del consabido y triste velo, cien y una prohibiciones. El puritanismo querría, de hecho, ser ciego, sordo y mundo ante todo lo sensible, vivo y musical, pues las imágenes hermosas, como los sonidos que encantan, nos convierten, según los puritanos, en idólatras. Cuando nos preguntamos qué tienen en común la mujer, la música y el rostro, en especial el femenino, en seguida descubrimos que su flexible expresividad, una ilimitada capacidad para el matiz y por eso mismo para contradecirse si llega el caso. Lo curioso, lo notable, es que del otro lado, en el Paraíso islámico reservado a los mártires y santos, las huríes o doncellas luminosas sí se podrán apreciar en todo su esplendor. Para la imaginación la muerte lo puede todo, piensa el integrismo.

Cuentan las crónicas que en el segmento hispanoárabe de la cultura islámica las mujeres no llevaban velo y el rigor ascético no tenía tanto peso como en Bagdad o Alepo. Comoquiera que sea, Al Andalus constituyó nuestra mil y una noches, un paisaje cultural de cuento de hadas cuando se lo compara con el resto del mundo árabe de entonces. En la vega de Granada y en Córdoba había agua, que, como la mujer y la música, como el mismísimo rostro humano, fluye, cambia, se arremolina, canta, adapta y fertiliza con sonrisas el páramo más amargo. Dado que los conquistadores llegaron solos, al enlazar sus destinos al de las mujeres hispanas debieron sin duda someterse a la ley de la tierra, al espíritu del suelo, y quizás sea ésa la razón por la que incluso en el período de los Reinos de Taifas hallamos tantas mujeres dedicadas a la poesía, el placer y lo estético. Eran, se dirá, otros tiempos, otros días. Pero que, al menos en parte,  reaparezcan ahora en Kabul o en Herat los bellos rostros de las mujeres afganas, que vuelvan las imágenes y suene la música otra vez, nos recuerda que la vida que palpita, policroma y paradójica, allí donde lo humano quiera hacer más agradable su existencia, y se negará siempre a ser sometida a la tiranía de las ideas, la letra o el barbado determinismo masculino. Savonarola, el monje puritano de la Florencia medicea, perdió ante los Botticellis y los Leonardos. Y perdieron los iconoclastas de los primeros siglos su batalla contra las imágenes y las proyecciones míticas que el primer cristianismo empleó precisamente para arraigar entre las masas incultas que entraban en la nueva religión.

La música, que no tiene rostro visible,  subyuga y transforma el nuestro. La mujer, cuyo rostro es una delle cose piú belle que existen en el mundo, es sin duda la principal causa de que sigan habiendo cuerpos humanos, pues estimula, atrae y remueve en los genes del varón el deseo de continuidad de nuestra especie. Si, como escribió Ludwig Wittgenstein, ´´el rostro es el alma del cuerpo´´, al prohibir a las mujeres que revelen el suyo los talibanes, pero también otros, también las tímidas y reprimidas, también aquellas que acatan leyes muertas y abusivas, han caminado, tristes y apagadas, por las vías del desánimo hacia lo desalmado.

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Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.