Diario Judío México - «Soy Capesius de Transilvania. Conmigo van a conocer al demonio», gritaba a los presos de quien fue Sturm-bannführer de las SS (mayor) y farmacéutico jefe del campo de exterminio, quien seleccionaba, codo con codo con Joseph Mengele, el Ángel de la Muerte, en la rampa de llegada de los prisioneros decidiendo quién vivía y quién moría enviándolos a las cámaras de gas; quien expoliaba las pertenencias de los muertos y quien atesoraba en el búnker del dispensario hediondos baúles llenos de dentaduras con piezas de oro extraídas a los cadáveres, aún con restos de carne. Un botín que le sirvió, tras la guerra, impune, para empezar una nueva vida abriendo una próspera farmacia, un spa y un instituto de cosmética. Sea bella con los tratamientos de Capesius, rezaba su publicidad en 1952.

De bucear en la poco conocida vida de , nacido en 1907 en una aldea rumana cercana a la de Vlad Drácula, se ocupa la periodista y ensayista británica Patricia Posner en El farmacéutico de (Crítica), que a través de numerosa documentación y testimonios perfila la figura de quien también proporcionaba sustancias como el fenol que los SS inyectaban en el corazón a muchos presos durante los experimentos médicos y se encargaba de almacenar las latas del gas venenoso Zyklon B, de ordenar abrirlas y tirarlas por la trampilla de las cámaras de gas.

«Los nazis de la posguerra pudieron regresar a una vida mayormente normal, principalmente porque negaron totalmente su propia responsabilidad por los crímenes que habían cometido -explica Posner por correo electrónico-. Culparon de lo que sucedió a otros, como el régimen nazi y los oficiales que les dieron las órdenes. Su excusa era a menudo que estaban simplemente siguiendo órdenes. Eso no los absolvió de su propia culpa, pero de alguna manera los hizo sentir como si no tuvieran otra opción. Eso no era cierto. Un médico de , Hans Munch, se negó a hacer la selección de vida o muerte en la rampa del tren. Quedó una marca negativa en su expediente como SS y terminó procesando análisis de sangre en un subcampo de . No fue ejecutado ni encarcelado. Es decir: era posible tener la integridad de decir no, pero muy, muy pocos lo hicieron. Los demás, como Capesius, se engañaron pensando que no eran responsables de los horrores que los rodeaban», señala la autora.

Latas de Zyklon B, el usado por los nazis para asesinar en las cámaras de gas. – ARCHIVO / IYAD VASHEM

Tras la guerra, pese a ser detenido e interrogado por británicos y estadounidenses, Capesius maquilló su papel en y mintió sobre su pasado en las SS. Consiguió librarse y pasar el proceso de desnazificación, que le permitía volver a ejercer. En Rumanía, en cambio, sí fue acusado de crímenes de guerra y condenado a muerte en ausencia. Sin embargo, en diciembre de 1959, cuando llegaba a su boyante farmacia fue arrestado de nuevo. El fiscal alemán Fritz Bauer (que jugó un papel clave en la caza de Adolf Eichmann) lo acusó, junto a 23 nazis más, en los juicios de , celebrados en Fráncfort entre 1963 y 1965.

ANTIGUOS CLIENTES / Con gafas oscuras y sonriendo a menudo incongruentemente, Capesius, que afrontaba cadena perpetua por asesinato, vio durante el proceso cómo le reconocían antiguos clientes judíos a los que atendía cuando trabajaba de comercial de Bayer antes de la guerra en Rumanía. Sus testimonios fueron contundentes. Gisela Böhm, pediatra, llegó a con su hija Ella, que de niña le conocía como el «tío farmacéutico» que le regaló una libreta de Bayer. Mauritius Berner llegó a la rampa de selección con su mujer y sus tres hijas; vio a Capesius junto a Mengele y le apeló, pero su cínica respuesta fue: «No llore. Su esposa e hijas solo tomarán un baño. Las volverá a ver en una hora». Fueron gaseadas de inmediato. Adrienne Krausz vio a Capesius saludar a su madre, doctora, antes de enviarla junto a su hermana a la fila de las cámaras de gas. La misma fila que siguieron el padre y hermanos de Sarah Nebel, antiguos vecinos del farmacéutico en Bucarest. Y el mismo destino de la mujer del doctor Lajos Schlinger, quien al reconocer a Capesius le dijo que su esposa no estaba bien y este la envió junto a su hija de 17 años a la fila de los enfermos: «Nunca volví a verlas», declaró.

«Lo fascinante de Capesius es que fue un hombre común y corriente que vendió su alma y sus principios para promover su carrera y su enriquecimiento personal. No era un sádico patológico o un médico nazi consumido por la ciencia racial. Es por eso que es tan inquietante. Plantea la cuestión de cuántas personas nos encontramos todos los días que, dadas las circunstancias correctas, pueden convertirse en Capesius», reflexiona Posner, que ayudó en la investigación de su marido, Gerald Posner, para su biografía de Mengele (Esfera de los Libros 2005).

Mengele, que usó miles de cobayas humanas en sus experimentos, fue uno más en la nómina de macabros y terroríficos colegas de Capesius. En Dachau, el farmacéutico cayó en gracia al jefe médico, Enno Lolling, adicto a la morfina y obsesionado con reducir las cabezas de judíos (usaba una como pisapapeles) y con coleccionar pieles humanas con tatuajes de presos. Capesius, que llegó a Auschwitz en 1943, también tuvo buen trato con el capitán Hermann Josef Becker, responsable de brutales experimentos de alta y baja presión con presos de los campos (destinados a mejorar los equipos de los aviadores alemanes) y con Eduard Wirths, jefe de los médicos de las SS de Auschwitz y especialista en esterilización en serie y experimentos con radiación.

Dentaduras de oro robadas a los cadáveres de los judíos por el farmacéutico. – ARCHIVO / IYAD VASHEM

DENUNCIAR EL NAZISMO / «Es una obligación tanto para las víctimas como para la historia mantenerse alerta cuando se trata de denunciar el nazismo y el surgimiento del y el revisionismo del . El problema es que vivimos en una era de información instantánea. Las historias que son noticias de primera plana una semana se olvidan por completo a la siguiente. 75 años después del final de la segunda guerra mundial, esto es molesto, por eso no sorprende que un estudio reciente demuestre que dos tercios de los millennials estadounidenses no sabían qué era Auschwitz. Estoy seguro de que las cifras no son tan diferentes en España y en el resto de Europa», lamenta Posner.

Las sentencias del juicio de Auschwitz fueron muy indulgentes. Capesius fue condenado a nueve años de prisión, de los que solo cumplió dos y medio. En 1968, en su primera aparición pública, en un concierto al que fue con su mujer y sus tres hijas en Göppingen, el público empezó a aplaudirle de forma espontánea. Murió en 1985 sin arrepentirse de nada.

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