Diario Judío México - Intrínsecamente, tal y como es, para la Biblia la Creación constituye un hecho positivo, admirable y excepcional. Si a Dios, el Creador, le gusta el mundo que ha hecho, se supone que al hombre que es su imagen y semejanza también debe o debería agradarle, pero para que eso suceda el ser humano tiene que poder relajarse, suspender su actividad y gozar de la simple contemplación de su existencia. Y eso es exactamente lo que hace el Creador el séptimo día, el , único, entre todos los días de la semana, al que se denomina ´´reina´´ considerándoselo femenino, esto es receptivo. Existen, pues, según el Génesis, seis momentos para la acción y uno para la contemplación; seis etapas para lo creado y un séptimo momento para reencontrar al Creador.

Sin embargo, no es en el libro del Génesis donde hallamos la clave para comprender que esa cesación de toda actividad tiene que ver con el acto de suspirar de modo relajado sino en el Exodo 31: 16 , donde leemos:´´ Guardarán, pues, el día de reposo ,et-ha-, señal u ot para siempre entre mi y los hijos de ; porque en seis días hizo el Creador los cielos y la tierra y en el séptimo cesó y descansó , ve-inafash ´´. Es en esta última expresión, ve-inafash, ligada al verbo suspirar, lenafesh, que hallamos el verdadero objetivo del reposo, el cual consiste en permitirle al alma que se suelte, que salte al vacío del que todo proviene y flote durante horas extrayendo fuerzas de ese gesto.

En efecto, mientras los seis primeros días de la Creación llenan el mundo de seres y de cosas, el séptimo nos recuerda que les precede un vacío que es a la vez reposo y atemporalidad, dilatación y relajación. No por casualidad en la expresión ve-inafash, descansó encontramos la palabra panui, vacío, limpio, desocupado. Así, pues, que si durante seis días meramente respiramos, en el séptimo- además de respirar- deberíamos suspirar, soltarnos, relajarnos por completo para que se produzca en nosotros ese vacío que nos limpia, libera y desocupa.

Al alma o nefesh, que es esencialmente neshef , fiesta, alegría anímica, hay que dejarla ser al menos un día de cada siete para que recobre su verdadera naturaleza. Coloquialmente se dice, en hebreo, y para el tiempo en el que no hacemos nada, zman panui, momento vacío, instante de vacuidad. La raíz pan, que en la lengua bíblica también nos remite a un lado, una cara, deja entrever que el día sábado debe ser la jornada en que reparamos en el rostro de los seres y las cosas. Bastante hay con los seis días para ocuparse de los objetos, el séptimo debe consagrarse todo él a la subjetividad. Al mismo tiempo, en ve-inafash, suspiró o reposó ( el Creador y por extensión nosotros, su imagen y semejanza ), encontramos al Ser, al Existente, iesh en el paisaje o nof que se despliegue en ese momento delante de nuestros ojos.

Durante el reposo sabático, entonces, la criatura y el Creador se observan como dos espejos enfrentados para iluminarse mutuamente. De ahí que los kabalistas sostengan que aunque la imagen más perfecta de lo divino sea un espejo o reí , modelo máximo de contemplación en cuyo brillo se percibe el resplandor de la yod del Padre, la luz por la cual éste es lo que es o se hace consciente ya está en el hombre, encarnada por la letra vav

(1) La palabra ot ( tW) )no sólo quiere decir pacto sino que también alude a cada una de las letras u otiot ( tWytW)) de la Bibilia, de donde también se cumple la sacralidad de ese día cuando nos dedicamos a estudiar, a repasar las palabras hebreas que nos narran el origen de la Creación, su secuencia y su ritmo.

 

Las opiniones expresadas aquí representan el punto de vista particular de nuestros periodistas, columnistas y colaboradores y/o agencias informativas y no representan en modo alguno la opinión de diariojudio.com y sus directivos. Si usted difiere con los conceptos vertidos por el autor, puede expresar su opinión enviando su comentario.
Artículo anterior“Abbas a punto de renunciar como presidente palestino”
Artículo siguienteMotociclistas israelíes se dirigen a través de Auschwitz hacia los Juegos Macabeos de Berlín
Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.