Diario Judío México - En el Timeo de Platón, el tiempo, medido por la revolución cíclica de las esferas celestes es definido como una imagen en movimiento de la eternidad.

Para Aristóteles el tiempo era circular: la razón por la cual el tiempo parece ser el movimiento de la esfera es que este movimiento sirve para medir a los demás movimientos y también al tiempo. La primera consecuencia de esta concepción es que el tiempo, al ser esencialmente circular, no tiene dirección. En sentido estricto, no tiene ni principio ni fin. Según explica en un peculiar pasaje, es imposible decir si somos posteriores o anteriores a la guerra de Troya (1).

Hay un rasgo común a todos los calendarios según Ricoer: un acontecimiento fundador, considerado como el inicio de una nueva era ( nacimiento de Cristo, Buda, Égira o la llegada al trono de un soberano). Este suceso determina el momento axial a partir del cual son datados todos los acontecimientos. Es el punto cero del cómputo. Citando a René Hubert (2) señala que el calendario responde a la necesidad de ordenar la periodicidad de las fiestas. No menos importante es el hecho de que los intervalos entre estas fechas críticas se califican por el esplendor de las fiestas y se hacen equivalentes por el retorno de las mismas. Para la , el calendario no tiene tanto la función de medir el tiempo como el de acompasarlo, de garantizar la sucesión de los tiempos fastos y nefastos.

Para Giorgio Ambages, la experiencia cristiana del tiempo es opuesta a la griega. Mientras que la representación clásica del tiempo es un círculo, la imagen que guía la conceptualización cristiana es la de una línea recta.

Contrariamente al helenismo, para el cristiano el mundo es creado en el tiempo y debe terminar en el tiempo. Por una parte, el relato del Génesis, por la otra, la prospectiva escatológica del Apocalipsis. Y la creación, el Juicio Final, el período intermedio, son únicos. Este universo creado y único, que ha comenzado, perdura y terminará en el tiempo, es un mundo finito y limitado. No es eterno ni infinito en su duración y los acontecimientos que en él se desarrollan nunca se repetirán. Además, en contraste con el tiempo sin dirección del mundo clásico, este tiempo tiene una dirección y un sentido, se desarrolla irreversiblemente desde la creación hacia el fin y tiene un punto de referencia central en la encarnación de Cristo, que caracteriza su desarrollo como una progresión desde la caída inicial a la redención final. La historia de la humanidad se muestra así como una historia de la salvación, de la realización progresiva de la redención cuyo fundamento está en Dios. En este contexto, cada acontecimiento es único e insustituible. De hecho, el cristianismo escinde decididamente el tiempo del movimiento natural de los astros para convertirlo en un fenómeno esencialmente humano e interior.

Walter Benjamín ( Sobre el concepto de Historia) dice que la idea que nos hacemos de la felicidad late inseparablemente de la de la redención. La conciencia de hacer saltar el contiuum de la historia es propia de las clases revolucionarias en el instante de la acción. La Gran Revolución introdujo un nuevo calendario. El día con el que comienza un calendario actúa como un acelerador histórico y es en el fondo el mismo día que vuelve siempre en la figura de los días festivos, que son días de rememoración.

Los calendarios miden el tiempo, pero no como relojes. Son monumentos de una conciencia histórica. En la idea de una sociedad sin clases, Marx secularizó la idea del tiempo mesiánico. Y es bueno que haya sido asi. La desgracia empieza cuando la socialdemocracia eleva esta idea a ideal. El ideal fue definido en la doctrina neokantiana, dice Benjamín, como una tarea infinita. Una vez definida la sociedad sin clases como tarea infinita, el tiempo vacío y homogéneo, se transformó, por decirlo así, en una antesala, en la cual se podía esperar con más o menos serenidad el advenimiento de la situación revolucionaria.

Se sabe que a los judíos les estaba prohibido investigar el futuro, dice el malogrado pensador alemán. La Toráh y la plegaria los instruyen, en cambio, en la rememoración. Esto los liberaba del encantamiento del futuro, al que sucumben aquellos que buscan información en los adivinos. A pesar de esto, el futuro no se convirtió para los judíos en un tiempo homogéneo y vacío porque en él cada segundo era la pequeña puerta por la que podía pasar el Mesías.

Para John Maynard Keynes (Las posibilidades económicas de nuestros nietos, P. 324) se puede mirar al futuro con optimismo o con dos clases de pesimismo. El de los revolucionarios, que creen que las cosas están tan mal que no nos puede salvar más que un cambio violento, y de los reaccionarios, que consideran tan precario el equilibrio de nuestra vida económica y social que piensan que no debemos correr el riesgo de hacer experimentos.


(1) Agamben Giorgio- Tiempo e historia, Crítica del instante y del continuo.
Pág. 133 a 136.
(2) Ricoer Paul- Tiempo y Narración, pág. 785.

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Nací en Montevideo en 1967. Egresé de la Universidad de la República en 1992 con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Soy docente universitario en la cátedra de derecho comercial en la Universidad Católica y en la Universidad de la República, en las carreras de contador público y administración de empresas.Desde el 2008 soy columnista de Mensuario Identidad.