La economía es un juego de equilibrios. No importa si estos son externos o internos, la vía más confiable para generar certidumbre entre los inversionistas es mantener el balance entre el gasto, la deuda, la inversión pública y el entorno para favorecer la creación de nuevos negocios y de nuevos empleos.

Aunque sólo van cinco meses de la administración, las señales económicas de afuera y de adentro no mandan un mensaje de armonía.

Hasta el momento, los indicadores que toman en cuenta los grandes inversionistas no motivan una alarma, pero los siguientes meses serán muy importantes para que las complicaciones que generan las políticas económicas de Estados Unidos hacia el resto del planeta no inclinen demasiado la balanza hacia la disminución del consumo y de la inversión, tanto empresarial como del gobierno. Es decir, a la cautela, que fácilmente se convierte en falta de confianza en el país.

Dicen que, en una pelea entre elefantes, el que seguro pierde es el pasto.

La guerra de tarifas que empuja a capricho la Casa Blanca modificará la endeble estabilidad financiera mundial, que podría pegarle de lleno a las expectativas que se tienen sobre el desempeño mexicano.

Más que nunca, las firmas de capital internacional tienen la posibilidad de mover miles de millones en minutos para buscar otros destinos que brinden mayor tranquilidad. México ha sido hasta hoy uno de esos sitios y el apoyo que han manifestado estos fondos a los planes del gobierno sostiene la idea de que este cambio de época es también espacio de oportunidades.

Sin embargo, nada está escrito. Una apuesta segura es fortalecer el mercado interno, medida que parece es la que persiguen los diferentes programas sociales que inyectarán recursos a las familias. Otra medida es destinar la mayor cantidad de recursos públicos a obras, proyectos de desarrollo, infraestructura y, a partir de ayer, hasta para la construcción de la refinería de Dos Bocas.

Otros aspectos nublan los pronósticos que dan a conocer las autoridades: la inseguridad sigue siendo el principal freno de la inversión; la falta de claridad sobre cómo y en qué condiciones se llevarán a cabo las grandes obras no fomenta la confianza del capital, y la auténtica cruzada por hacer ágil y eficiente al “elefante reumático” –como define el Presidente al aparato de gobierno– se ve y se sabe complicada.

Pero tanto él como muchos integrantes de su gobierno y de su movimiento no son ajenos a la adversidad. Precisamente la historia de esta presidencia es la de una lucha política a brazo partido contra todas las posibilidades. Si este será un nuevo capítulo de éxito aún está por verse, aunque la diferencia es que no podemos esperar pasivos. Hagamos lo que nos toca para enfrentar uno de los episodios de mayor incertidumbre en fechas recientes.

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