Diario Judío México - Una de mis posesiones más preciadas es mi tarjeta para rentar bicicletas. Con cierto orgullo comparto que fui uno de los primeros usuarios en la Ciudad de México cuando inició este sistema de transporte público. Durante mucho tiempo presumí la original como una distinción urbana, hasta que hace unos años fui víctima de un robo en una cafetería y la perdí, aunque pude reponerla sin problemas.

La casa diseñada por el arquitecto suizo Boris Egli en Zúrich semeja una torre de cristal. Su pared exterior compuesta por 58 ventanas confiere amplitud a un espacio donde ninguna sala supera los 15 metros cuadrados.

Desde entonces, han aparecido nuevas opciones de movilidad en la capital para tratar de aliviar el extenuante tráfico que sufrimos a diario. Con resultados variables, los ciudadanos tenemos cierta infraestructura vial para circular en bicicleta (propia o rentada) y ahora en alguno de estos populares patines.

Recién usé uno para conocer su funcionamiento y quedé impresionado. No sólo por la velocidad que puede alcanzar, lo que requiere de prudencia y reflejos, sino por la sencillez con la que uno puede desplazarse en las calles, siempre que no te catapulte un bache al asfalto.

Después de la inseguridad, la movilidad es el principal reclamo de los habitantes y usuarios de la Ciudad de México. La saturación vehicular es un problema grave y las posibles soluciones se agotan en la idea de que los automóviles deben ganar espacio en lugar de cederlo.

Comparto con muchos vecinos que la aparición repentina de empresas de renta de bicicletas y patines distorsionaron el objetivo de ofrecer alternativas para que pudiéramos convivir mejor en el espacio público. La manera en que se inundaron ciertas zonas en perjuicio de otras, hizo que la opinión social terminara por apreciarlas como parte del problema y no de la solución. La soberbia de muchas de estas nuevas empresas tampoco ayudó a que los chilangos las adoptáramos, lo que hizo más complicado su desarrollo.

De fondo, el problema es no entender que todos cabemos en las calles si ocupamos con respeto y orden el espacio que nos corresponde. Tenemos un mal hábito dependiendo de la forma en que nos movemos por las calles y creo que se traslada a cualquier vehículo que conducimos, incluyendo el carrito del supermercado.

Mientras pensemos que somos más listos por avanzar con el semáforo en ámbar o circulando en motocicleta, bicicleta o patín en sentido contrario, reducimos al máximo las opciones que podríamos tener si cada uno asumiera su sitio.

Tampoco los peatones somos muy distintos y consideramos una buena idea tratar de disputarle metros cuadrados a quien viene en un vehículo a velocidad. Es una batalla sin sentido en la que nadie gana. Opciones hay, lo que nos falta es ponernos de acuerdo y cambiar la forma en que entendemos la movilidad.

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