En noviembre de 2013 se firmó un Acuerdo de Amistad y Cooperación entre las ciudades de Tel-Aviv y . Eran otros tiempos, entonces había interés por trabajar en común temas tan diversos como la innovación, el turismo, la preservación del patrimonio o el medio ambiente. Ocho años después, sin embargo, apenas queda nada de aquella voluntad institucional por cooperar, a pesar de que una parte de la ciudadanía barcelonesa ha seguido relacionándose con Tel-Aviv y con la sociedad israelí, en general.

Tampoco hay que extrañarse de que esos lazos con una de las orillas del mediterráneo queden medio tapados. A menudo se penaliza la cercanía con Israel o, lo que es peor, por ser nacional de ese país. No hace tanto, movimientos antiisraelíes boicotearon un partido entre las selecciones femeninas de waterpolo israelí y española, hasta tal punto que hubo que buscar varios emplazamientos deportivos antes de que pudiera celebrarse la competición. ¿Cómo es posible que se castigue a la sociedad israelí por los gobiernos que tiene, sean cuáles sean? ¿Acaso aquellas jugadoras no tenían derecho, y orgullo, a defender a su país en una competición deportiva? Parece que todo lo que lleve la marca de Israel deba ser escondido para no despertar la fiera del odio. Esa animadversión existe, también en Barcelona, a veces camuflada bajo otros pretextos.

No nos engañemos, revitalizar las relaciones con Tel-Aviv requiere de voluntad política. De hecho, los acuerdos que suscriben los ayuntamientos, en tanto que entidades de ámbito local, no tienen valor jurídico equiparable al de los tratados internacionales sellados por los Estados, sujetos al derecho internacional, aunque sí expresan el compromiso de realizar acciones conjuntas en el marco de las respectivas competencias. Que el acuerdo de 2013 entre Tel-Aviv y se apagara por inanición no significa que no pueda reactivarse al albor de las demandas de personas de la sociedad civil que desean recuperarlo y visibilizar dicha cooperación. Ámbitos como la cultura, el apoyo a la juventud, las relaciones comerciales, el diálogo interreligioso o los encuentros entre colectivos LGTBI son de interés mutuo.

La comunidad judía, ampliamente presente en nuestro país aunque no exclusivamente, precisa de un mayor reconocimiento de esas relaciones por parte de las instituciones. Son más los vínculos que nos unen que los que nos separan. Y tenemos un camino por recorrer juntos si así queremos. Y lo haremos, pese a todo. Pero sería un rayo de luz que la ciudad de volviera a alumbrar un acuerdo con Tel-Aviv adaptado a las necesidades de 2021. Más que un deseo es una llamada a la acción. Y sólo hemos hecho que empezar.