1 – ¿Le parece contradictorio que un pueblo tan definido como el judío se haya constituido sobre unos caminos hechos al andar?
R.- Al contrario, tiene toda lógica. Frente a otros pueblos (como el griego, sin ir más lejos) obsesionados con una visión circular del tiempo, los judíos descubren algo mucho más intranquilizador: que la historia es lineal, que se hace al andar, que pueden acontecer sucesos novedosos por completo que trastoquen todo lo que hasta entonces creíamos. Ese asombro cunde también en su relación con su Dios, Yahvé. A diferencia de los otros dioses que les rodeaban (mesopotámicos, egipcios…), el Dios de no sigue unos ciclos definidos y, por tanto, no tiene sentido tratar de “controlarlo” mediante la magia o la superstición. Bien al contrario, es Él el único que controla por completo la Naturaleza y la Historia, por lo que la relación con Él no se parece ya a la que se entabla sobre un objeto o sobre el medioambiente, sino a la que se crea con una persona, siempre libre y sorprendente. Esa inaprehensibilidad de lo divino se remarca con la prohibición de representarlo, por si pareciera que al hacerlo ya lo estamos poniendo de algún modo bajo nuestro control.

2 – Teniendo en cuenta que no hay pueblo como el judío que se haya constituido sobre las Escrituras como ley y mandato divino, ¿serían los profetas los primeros constructores de la historia –tal como la entendemos–no solo empujada desde atrás, sino reclamada desde delante, desde el futuro?
R.- La visión lineal del tiempo a la que me he referido antes resulta avasalladoramente inquietante: lo que suceda mañana puede no tener nada que ver con lo sucedido hasta hoy. Ello exige algún tipo de seguridad, y esta le llega al pueblo judío del único modo en que podemos tener seguridades sobre el futuro cuando nos relacionamos con una persona: a través de un pacto o alianza, a través de una promesa. Naturalmente, una promesa solo es de fiar si quienes la hacen es de fiar. Aquí el fiador por una parte es Dios, el más alto fiador posible; así que correrá solo de cuenta de la otra parte, el pueblo judío, el estar o no a la altura de ella. Por eso el desemboca necesariamente en una mirada sobre la propia forma de vida: sobre la medida en que uno está en cada momento a la altura de la promesa, de su relación, con Dios.

3 – Parece que el pueblo judío, más que la reivindicación de un espacio, ha estado buscando el tiempo, su tiempo, su historia, ¿es también ese su parecer?
R.- Los espacios siempre tienen algo de limitado y, por tanto, de aprisionadores; el tiempo está siempre abierto y, por tanto, tiene algo de liberador. Cuando los judíos optaron por ser el pueblo de la historia optaron también por ser el pueblo de la libertad, por tanto.

4 – ¿No cree que la historia, en el caso de los judíos, más que una historia basada en el progreso es una historia sagrada, es una historia ucrónica de la divinidad en los hombres, de la palabra de Dios hecha escritura, una y otra vez?
R.- La escritura es de nuevo otra muestra de lo que estamos diciendo: solo se convierte en escritura viva cuando pasa de estar presa de un espacio (las páginas del libro) al tiempo (de lectura). Ahora bien, de nuevo se detecta ahí el ansia de libertad judía: pues el texto escrito (incluso el más sagrado, la Torá) resulta siempre interpretable y interpretable (no otra cosa son la Mishná y la Guemará), en una apertura al futuro, a la historia de nuevas interpretaciones, que sacan a la escritura de sus limitadas páginas y la aproximan hacia un infinito y una libertad un tanto similares al Infinito y al Libertador por antonomasia, Dios.

5 – ¿Cómo se combina según usted la depurada individualidad judía con el sentimiento de colectividad de este pueblo?
R.- A diferencia de lo que nos ha contado cierto liberalismo, que cree en el mito de un individuo soberano como origen de la sociedad (el contrato social), la verdad es la contraria (y el pueblo judío la conoció bien): solo eres libre como persona si estás asentado en una tradición y un pueblo que te han hecho quien eres, incluido ese ansia de ser “libre” o “auténtico” que solo sientes porque tu pueblo te ha enseñado a apreciar tales virtudes. Y el pueblo judío enseña a apreciarlas de modo superlativo.

6 – Hay una ambivalencia contradictoria entre las gentes respecto al judío. Por una parte es un pueblo respetado y temido, por otra parte hay una actitud de rechazo hacia él, que se manifiesta en expresiones populares y despectivas, por ejemplo «perro judío», «hacer una judiada», «ser un fariseo», etcétera. ¿Qué opina de ello?
R.- Decía Truman Capote que cuando Dios nos otorga un don, nos regala también un látigo. El pueblo judío lo sabe bien: ser el Pueblo Elegido le ha acarreado a menudo ser asimismo el pueblo perseguido. Por otra parte, creo que es una experiencia que hemos sentido todos: nuestros talentos se convierten también en el motivo principal por el que se revuelven contra nosotros nuestros más encarnizados enemigos; solo los enemigos simples se conforman con destacar nuestros defectos, el ideal de quien nos odia es volver contra nosotros incluso nuestros dones.

7 -Existe una penetración de lo judío en lo sagrado –incluso en el pensamiento de sus prohombres más modernos y racionalistas– como temor de Dios, como acatamiento del mandato divino, como escritura sagrada. Es curiosa, ¿no cree? Esa mezcla entre racionalismo científico y acatamiento de la divinidad.
R.- Y sin embargo ambas cosas no deben de andar tan alejadas, dado que es justamente en una civilización como la nuestra, la judeocristiana, creyente en un Dios único, donde surgió también la ciencia como tal. Joseph Needham dio hace tiempo una buena explicación de ello: para que cundiera la idea de que la Naturaleza está sometida a leyes hacía falta la fe en un Dios legislador único que le hubiese impuesto la misma legislación a toda ella, y no varios dioses que compitiesen con dictámenes diferentes sobre el mundo entre sí. Tal es el motivo de que no fuese en sociedades politeístas (algunas bien avanzadas) donde acaeció la revolución científica.
Ahora bien, tampoco valía un Dios como Alá, que para recalcar su superioridad necesita ser soberano absoluto y permitirse continuamente arbitrariedades que no queden sometidas a ninguna ley. Volviendo a lo ya dicho, el Dios judeocristiano es libre pero a la vez fiador de una promesa con los humanos; de modo que no ve disminuido su poder cuando acepta libremente someterse a tal promesa, o mantener un mundo en que (salvo raras excepciones: los milagros) las leyes que Él ha elegido gobiernan el día a día de todo lo material.


ANNO TEMPLI CMIV
BRUNETE-MADRID

TAMUZ 5782- JUNIO 2022

2 COMENTARIOS

  1. Antonio: Yo opino, muy humildemente, como comprenderás, que lo esencial en el pacto entre el Dios judeo-cristiano y los hombres, más que la promesa, es la alianza, que, a su vez, es doble, Primero, a través de Yahvé, y después por medio de Jesucristo, verdedero Dios y verdadero Hombre. Pero un hombre encarnado por obra del Espíritu en una mujer judía y, por lo tanto también Él judío, en cuanto hombre. En cuanto Dios, tal promesa, la segunda de origen divino, hasta la Paruxía, afecta y comprende a toda la Humanidad. También a los hermanos musulmanes, que como tal nos considerana a ambos, tanto a judíos (pese a las injustas veleidades de la Historia) como a nosotros los cristianos, por considerarnos a ambos (lamento no saber árabe para poder escribirlo en esta lengua morfológicamente) “Ahl al- Kitâb” o “Gente del Libro”. Disculpa mi interrupción a la interesante entrevista con Don Miguel Ángel Quintana Paz, cuya categoría intelectual me consta.

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Nació en 1944 en Quintana de la Serena, Badajoz. Hizo las carreras de Filosofía y Publicidad en Madrid en donde reside desde 1960. Es editor literario e investigador de Judaica. Ha realizado ediciones facsimilares de la Guía de los Perplejos, el Cuzarí y de la obra de Isaac Cardoso. Dirigió las Jornadas Extremeñas de Estudios Judaicos en Hervás, en 1995, con Haim Beinart. Fue Director de las Actas del mencionado Congreso, publicadas en 1996. Colaborador en las revistas judías Raíces, Los Muestros, Maguem y Foro de la vida judía en el mundo, entre otras publicaciones. Creador, junto a otros entusiastas, de la Orden Nueva de Toledo, Fraternidad dedicada a la defensa plural de Israel y el Líbano cristiano, así como combatir el antisemitismo. Ha plantado miles de árboles, y construido, con Don Jaime Botella Pradillo, un jardín dedicado a los Justos de las Naciones en Las Navas del Marqués, en tierras de Castilla.