Varios libros intentan dar nueva luz sobre una deuda que Catalunya no acaba de saldar con los judío catalanes: Els jueus catalans (Angle), de Manuel Forcano; el que publica la Plataforma Moizak y uno divulgativo, La Barcelona jueva, (Cossetània), de Josep Alert.

A pesar de que existe ya abundante documentación, “la de la Catalunya judía nunca se ha querido explicar oficialmente, la han escondido bajo la alfombra, desde el decreto de expulsión de 1492 y la creación de la Inquisición, y eso que ya había judíos aquí en el siglo primero después de Cristo, es decir, que hubo una presencia continuada de judíos durante quince siglos”. Entre el edicto y 1505 fueron quemados en efigie un millar de judíos catalanes, uno de los primeros, era descendiente del fanático Jeroni de Santa Fe, principal instigador de la Disputa de Tortosa, en la que se obligó a los judíos a reconocer sus errores. Jeroni de Santa Fe demostraba que los judeoconversos como él eran los más implacables.

Las imágenes e historias sobre el drama de los refugiados da elementos actuales que ayudan al lector de hoy a meterse en la piel de los entre 4.000 y 12.000 judíos, que, después de las terribles matanzas de 1391 (murieron unas 400 personas en el Call de Barcelona), tuvieron que abandonar la Corona de Aragón en cuatro meses, del 1 de marzo al 31 de julio de 1492. El resto, el 80 por ciento, se convirtió, fingiendo o no, al cristianismo.

Igual que el pasado judío, el pasado árabe también ha sido soslayado. Incluso en la época contemporánea. Baltasar Porcel, cuando estaba al frente del Institut de la Mediterrànea, contaba cómo tenía que remover poderosos obstáculos para organizar una ambiciosa exposición sobre la Catalunya árabe.

A diferencia de Girona, en Barcelona apenas quedan unas pocas piedras. El libro de Alert, una guía enfocada al turista y al catalán interesado por la , permite imaginar cómo era esa Barcelona judía, cuyo centro neurálgico era la actual calle Sant Honorat. Por ejemplo, las diez piedras tumbales del cementerio judío de Montjuïc de Montjuïc fueron utilizadas para construir el Palau de la Generalitat o el Palau del Lloctinent. En algunos fragmentos hay palabras hebreas (“duelo”, “lamento”, “Yosef”), visibles en la escalinata y en el muro que da a la plaza de Sant Iu. El Departament de Presidència se levanta sobre la casa del comerciante Avengená, que tuvo que venderla tras la matanza de 1391.

El libro de Alert bebe del de Forcano. Y los dos ponen de manifiesto cómo durante los siglos XI, XII y XIII, la comunidad judía catalana tenía una potencia cultural inmensa. “Eran catalanes y, sin embargo, no han sido incorporados al sistema educativo catalán ni explicamos su legado, porque no son asimilados como propios”. Si abandonaron la península Ibérica fue porque era la única manera que tenían de seguir siendo judíos y conservar la vida. De ahí el dicho “Qui va a Liorna no torna”. Es decir, Livorno. Hasta el siglo XX se mantuvieron algunas comunidades, como la de Salónica. Y si no mantuvieron el catalán hablado, dice Alert, fue porque eran una minoría entre los expulsados castellanos.

Forcano lamenta el desconocimiento que se tiene sobre judíos catalanes que son considerados como sabios por la comunidad internacional. Cita algunos, el astrólogo Abraham bar Hiyya, llamado al-Bargeloní, que recopiló en una enciclopedia ingente todos los saberes de la época e influyó en Maimónides, Pico della Mirándola y Sebastian Münster. Las obras de Mossé Ben Nahman (Bonastruc ça Porta) de Girona se estudian aún en todas las escuelas rabínicas del mundo y su Comentarios sobre la Torá es considerada una obra maestra, con una teoría sobre el origen del universo que conecta con las teorías del Bing-Bang. O su discípulo, Salomó ben Aret, y su Libro de la Creación que pudo haber influido en Ramon Llull con la teoría del poder creador de las letras sagradas del alfabeto. O Hasday Cresques, que anticipó la teoría del vacío de Newton y liberó la ciencia de los dictados religiosos en una época en que el cristianismo consideraba que el vacío implicaba la imposibilidad de la ausencia de Dios. O Jedaia Ha Penini de Perpiñán, que escribió un libro en defensa de las mujeres, el único gran poeta judío catalán traducido a las grandes lenguas europeas…

Forcano intenta desmentir clichés. Si los judíos vivían en calls, es porque el concilio de Letrán de 1179 obligó a los judíos a vivir en un barrio específico. Si se dedicaban al prestamismo es porque la Iglesia lo condenaba. Ellos ayudaron a financiar las conquistas de Mallorca y de Valencia y los nobles, endeudados, se vengaban asaltando sus calls.

“No es verdad –dice Forcano–que los judíos tuvieran una fisonomía racial propia. Había judíos de todas las razas. La prueba es que fueron obligados a vestir con ropas que marcaban la diferencia”. Si los musulmanes marcaban a los cristianos de azul y a los judíos de amarillo, los cristianos conservaron ese color, el amarillo, para marcar a los judíos. También les hacían llevar rodelas identificativas (los nazis los marcaron con la estrella de David).

Forcano, como otros estudiosos, sostiene que la mayor parte de judeocatalanes permanecieron en Catalunya como criptojudíos. El miedo y las técnicas de espionaje y delación de la Inquisición han dejado una profunda huella en el carácter de los españoles: el miedo a la denuncia, la intromisión sin pudor en la vida ajena, la interiorización de la culpa, la difamación como venganza… Tenían que demostrar su inocencia, que no eran criptojudíos, y cualquier señal les estigmatizaba, les llevaba a la detención, a la tortura, al juicio y a la hoguera. Por ello se afanaban en fer dissabte ostentosamente para dejar claro ante los vecinos que no se seguía el descanso del Shabbat. O hacer matanzas en público, dado que el judaísmo prohíbe comer carne de cerdo. En Mallorca llamaban xuetes a los conversos: comían xua, tocino, en las puertas de sus casas para demostrar que no cumplían la regla y de ahí que los cristianos les llamen despectivamente marranos. ¿Por qué en los mercados se sigue regalando el perejil? Forcano da por buena la teoría de que al ser el perejil condimento esencial en la comida de árabes y judíos, se regalaba porque “como ellos, no valía nada”. El espionaje llegaba al extremo de acechar a quienes, en la vigilia del sábado, vestidos con camisa limpia, blanca, miraban el firmamento en busca de la primera estrella que daba inicio al día santo judío.

La Inquisición fue abolida en el siglo XIX, pero el decreto de expulsión no se anuló hasta 1969. Hay algunos datos poco conocidos, como la unidad judía Grup Jueu Thäelman que combatió frente al hotel Colón contra las tropas que se rebelaron contra la II República. Forcano recoge la documentación que niega que Franco protegiera a los judíos. El dictador difundió la “conspiración judeomasónica” y ordenó a sus gobernadores crear el Archivo Judaico con los nombres en rojo según la peligrosidad de cada fichado. ”De los 5.000 sefardíes que había en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, sólo 800 llegaron con cuentagotas a España. Los ilegales eran devueltos a Francia, como Walter Benjamin, y sólo la acción de algunos cónsules que desatendieron las órdenes de Madrid consiguieron que unos 3.000 judíos llegaron sanos y salvos a España”.

Alert cuenta el caso del entrenador austriaco de fútbol Richard Kohn (Jack Domby). En 1926 entrenó al Barça y logró el récord en porcentaje de victorias, que se mantuvo hasta el 2015. En 1932 entrenaba al Bayern e irritó a Hitler ganando el campeonato alemán con un equipo plagado de judíos. Obligado a huir de Alemania, regresó a Barcelona, pero esta vez la temporada 1933-4 fue desastrosa. El Barça quedó noveno de diez y se salvó del descenso porque se decidió ampliar el campeonato a doce equipos. Kohn y los jugadores –era otros tiempos- pidieron que ante tan malos resultados, les bajaran el sueldo.

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