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Durante muchos años tuve una pregunta, tal vez la más difícil de responder. A grado tal que pensar en la pregunta, sin siquiera investigar la respuesta, me ponía en una situación inquieta. Esas preguntas que sin investigar la respuesta ya me mueven el tapete. Y qué bueno que así sea porque ello me llevó a pensar que la movida del tapete, muchas veces es fruto de preguntas, más que de respuestas. En parte eso puede ser peligroso, ya que uno no controla hasta dónde es capaz el tapete de moverse. Antes hay que saber que los tapetes no son movidos, sino que con el mal uso se van aflojando, y es en ese entonces que cualquier pregunta lo puede mover. A veces es una sensación de movimiento, a veces un temblor, a veces un movimiento tan fuerte que hasta cambia de lugar. Grave es cuando el movimiento es una mezcla entre telúrico y trepidatorio con remolinos de vientos al tiempo de lluvias torrenciales que hacen que el tapete desaparezca del mapa. Mientras haya un tapete, aún existen esperanzas de recuperar la base y volverla a ajustar. Siempre se va a necesitar de expertos para tamaña empresa, pues un tapete no es cosa fácil: nos referimos a esas bases que nos sostienen llamadas valores, seguridad y fe completa. Sí, por esos tremendos descuidos, hemos perdido el tapete, lo bueno es que siempre caerá a la vista de alguien más, y cada tapete trae escrito el nombre de su único dueño. Eso es muy bueno ya que alguien más nos lo puede regresar. Ese alguien es muy especial ya que seguro lo va a regresar limpio, de lo contrario ni siquiera lo hubiera visto pasar.

Pues la pregunta a la que me refiero tiene mucho que ver con “el tapete movido”. Y la pregunta es la siguiente:

“¿Cuál es la fórmula para que venga el Mashiaj?


Pero antes de responder, debemos analizar algunos puntos:

¿Qué es el Mashiaj?
¿Para qué lo queremos?
¿Tiene efectos secundarios?

Dado que yo no soy experto en esos temas y, probablemente en ningún tema, relacionado o no a estos, diré mi sencilla respuesta basada en lo poco que pude averiguar.

En el libro Orjot Tzadikim dice que hay 7 cosas que HaShem creó antes de crear el mundo, una de ellas es el Mashiaj. Ahí dice que es el pago, o algo así, por los buenos actos. Es decir, existe un pago en el mundo venidero, luego de 120 años, y otro en este mundo ya que venga el Mashiaj. Este es el último más en términos generales que individual como lo es el del mundo venidero. Pero además, es algo mucho más que eso. Es el bienestar total por la eternidad en este mundo. Y aún algo todavía más grandioso, que es lo realmente importante y por lo que tanto lo anhelamos: el regreso de HaShem a Su morada con la construcción del tercer Beth HaMikdash que bajará del cielo en fuego. El Beth HaMikdash donde se harán los Korbanot y muchas más cosas que son en beneficio nuestro por darle a HaShem lo único que está a nuestro alcance: najat ruaj, placer.

¿Para qué queremos el Mashiaj?
Debemos saber que en nuestra condición como humanos, creemos que algo que nos hace falta y no lo tenemos, es motivo de búsqueda para conseguirlo y así vivir mejor. Y sí, eso es una realidad irrefutable, no se puede negar. No buscamos lo que no necesitamos, lo que no deseamos o lo que ni siquiera conocemos o no sabemos de su existencia, sino todo aquello que sabemos que puede darnos una mejor calidad de vida mientras realmente sea necesario. Aunque muchas veces se buscan cosas no necesarias pero placenteras como algunos lujos. Si está mal o bien, ahora no es el tema, sino solamente decir una realidad y nada más.
Antes hemos dicho que lo que más anhelamos es el regreso de HaShem a Su morada ¿Realmente lo anhelamos o lo decimos nada más? Y de ser así, ¿es por Él o por nosotros, por nuestro bienestar?
Mi humilde y casi ignorante respuesta es la siguiente: si quisiéramos nuestro bienestar, no estaríamos esperando nada ni a nadie, simplemente actuaríamos de diferente manera. El bienestar verdadero debe ir de la mano con el bienestar mental, de tranquilidad de conciencia, para que el bienestar sea completo, real. Buscar el bienestar perjudicando a otros no puede ser considerado bienestar real ya que el cargo de conciencia no permite la tranquilidad de estar bien. Claro que con el paso del tiempo, todo se vuelve costumbre y cuando hacemos muchas veces un acto no bueno y un perjuicio a nuestro prójimo, ya no lo vamos a sentir, ya el cargo de conciencia no lo notaremos, hasta será tanto el enceguecimiento que Creemos que eso ya pasa a ser un verdadero placer. Aún más, estaremos convencidos de que el perjudicado es beneficiado y le gusta, desea y prefiere eso. Incluso más, hasta creemos que el prójimo perjudicado es beneficiado y el verdadero perjudicado es uno mismo. Aún más, ya casi exigiremos que así sea y que esas personas perjudicadas nos deben pagar y reconocer por el “beneficio” que les hacemos mientras nosotros nos “perjudicamos”. Entonces volvemos a lo mismo: buscar el placer de lo que no tenemos. Y esa es una historia de nunca acabar porque así es la naturaleza humana.
Entonces, darle ese placer a HaShem, que es en nuestro beneficio, ¿lo hacemos por ÉL o por nosotros? Es decir, ¿realmente anhelamos Su placer o el nuestro?

Tal como lo sostienen los estoicos como Séneca, nosotros no podemos hacer nada por algo que no está en nuestras manos. Debemos ocuparnos, y no solamente preocuparnos, por aquello que sí podemos hacer, que sí está a nuestro alcance, que sí está en nuestras manos. Y es imposible hacer algo si no conocemos nada de eso. ¿Acaso podemos saber que siente HaShem, lo que para ÉL es el placer? Pero la pregunta va más allá aún: ¿Acaso HaShem necesita placer, y nuestro, de Sus criaturas?
Ese tema es muy profundo y responderlo sería salirse del tema principal de este artículo, además de ser muy difícil de responder, y más difícil aún dejar clara la respuesta, por lo menos para mi. Es por eso que responderé solamente desde nuestra ontología humana, desde nuestra historia y nuestras raíces, nuestra vida y nuestras experiencias.
Es claro que desde el momento del nacimiento, tanto para la mamá que da a luz como para el bebé naciente, la vida es complicada. Dependemos enteramente de mamá cuando nacemos. Tan así es que con el paso del tiempo siente la necesidad vital de depender de alguien más. Los humanos somos una sociedad que, si bien cada uno es un individuo por separado, necesitamos indiscutiblemente de la sociedad para casi todo. Eso vine en nuestro código genético, tan así es que cuando Moshé Rabenu se apartó básicamente del pueblo para subir 40 días al Har Sinay, el pueblo se sintió perdido pues venían de una tierra donde todo dependía de un único autócrata, el Faraón. Ellos todavía no conocían a HaShem, apenas lo estaban conociendo. Nacieron, crecieron, se reprodujeron y murieron en una ideología faraónica autócrata, bajo la oscuridad de un hombre que, por su gran fuerza de convencimiento, todos los egipcios lo creían un semi dios. El pueblo hebreo había caído a niveles muy bajos de espiritualidad y les era muy difícil de un día para otro comprender otra vida. Yo creo que ellos pensaban que así era la naturaleza humana en todo lo que ellos llamaban mundo en toda su historia y su futuro. Es como cuando llegaron los reinados de España a la conquista en tierras mexicas a enseñarles y obligarlos a las creencias religiosas que ellos querían imponer, eliminando toda la historia de los dioses en los que los mexicas creían. Algo así sucedió también cuando en determinada época apareció un hombre queriendo que toda la religión judía deje de creer en toda su historia y lo reconozcan a él como un enviado especial y como dios. Ese hombre conocido como Jesús quiso que un pueblo muy minoritario de pronto deje de creer en miles de años de historia. Pues esa labor es casi imposible aunque sí hubo casos de personas que han llevado a masas de gentes a convencerse de sus ideales casi de un día para otro. Tal fue el caso de Hitler que, democráticamente fue elegido. Un hombre que en donde más estaban en su contra era en la misma Alemania por haber sido traidor a la patria.
Pues casos como estos, Maquiavelo, Marx, Newton, Descartes y otros más. Muchos de ellos, como Galileo, fueron con el paso de los años después de su muerte, pero han logrado mover masas inmensas de personas. Eso ha provocado revoluciones como la francesa y la inglesa, entre otras. Ahora lo vemos en Rusia, donde casi todos sus habitantes aman a su líder, donde en Ucrania, en la región conocida como Donbass, muchos pro rusos ya atacaron a ucranianos. Y así me puedo seguir con muchísima historia, siendo una de las más conocidas en el pueblo hebreo la del rey Ajashverosh y su ministro Hamman HaRashá, que ahora nos atañe en este mes de Hadar. Lo hemos sabido también en la historia de Alejandro III de Macedonia. Esa historia es muy interesante porque justamente lo que festejamos tanto en Purim como en Januka es que esas ideologías no han podido convencernos a nosotros como sí lo han hecho con otros pueblos; ideologías que, por cierto, muchas de ellas siguen vigentes hasta la fecha y se hacen eventos mundiales para conmemorar esas atrocidades. La más famosa de ellas son las olimpíadas, pero regresamos a donde estábamos.
La vida es un tramo que recorremos entre el nacimiento y la muerte, y justamente por estar llena de dificultades, hace que tenga sabor y sentido. La superación es el verdadero máximo placer que como humanos podemos sentir.
Imaginemos un mundo sin dificultades, algo paradisíaco, algo fantástico, donde todos vivamos eternamente sin el mínimo dolor, sin enfermedades a grado tal que no existen los médicos, donde todos tengan todo lo que necesiten sin el mínimo esfuerzo, donde nada sería más necesario que únicamente y nada más respirar porque todo lo demás es tan fácil como el mismo respirar. Vamos a suponer, aunque sea por un momento que ese mundo utópico existe, ¿qué haríamos con nuestro tiempo ilimitado? La respuesta puede resumirse al hecho de analizar para qué hacemos todo lo que hacemos. Trabajamos para comer, comemos para vivir, seguimos trabajando para comprarnos vestimenta y pasear, para estar sanos, etc. Pero ¿y todo para qué? ¿Qué vamos a hacer una vez que “fantasiosamente” lograremos todo eso por lo que transitamos este camino llamado vida? Las hormigas viven para trabajar y se alimentan de lo que la generación pasada les dejó, mientras el trabajo no es más que para la generación venidera, y así de aburrida y simple son sus vidas y nada más, pero nosotros somos humanos y, a pesar de que tenemos placer de dejar a nuestras futuras generaciones lo mejor que podamos, imaginemos que ya lo hemos logrado en vida, o que nuestros antepasados ​​ya lo hubieran logrado a grado tal que nunca más tendríamos que trabajar ni hacer nada porque tenemos todo lo necesario para vivir. repletos de lujos y no por el resto de nuestras vidas, sino por la eternidad. Teniendo la total seguridad que esos recursos nunca se acabarán jamás, ¿qué haríamos con nuestro tiempo?
Al fin y al cabo trabajamos para conseguir nuestro mejor bienestar. ¿Alguna vez nos hemos puesto a pensar qué haríamos si lo consiguiéramos? Tal vez no porque creemos que eso es imposible. Pues no lo es, ese momento se llama Mashiaj. Creer que no lo necesitamos es ser muy conformista ya que eso es lo mismo que pensar “trabajo para seguir trabajando por algo que jamás voy a conseguir ni yo ni nadie nunca”. Pues no es así, ese momento existe y se puede llegar, ese momento es el Mashiaj.
¿Entonces me dices que no lo deseamos por HaShem sino por nosotros?
No, lo que estoy diciendo es que como somos humanos, pensamos como humanos. Sabemos por nuestra Sagrada Torá y nuestros Jajamim que ese es el placer de HaShem, pero también sabemos que por algo hacemos todo lo que hacemos en este mundo y que casi nadie se ha puesto a pensar en qué haría o cómo sería su vida una vez que logre todo eso y para toda la eternidad. Es decir que no tenemos una finalidad pues, si no pensamos qué haríamos una vez que logremos todo eso, o por lo menos no tenemos fe en lograrlo. Claro que muchos dirán que son multimillonarios, que no necesitan nada, pero algún día tendrán que estar cerca de la muerte y ese día será de sufrimiento, si no para ellos, por lo menos para sus seres queridos, ya sean familiares o amigos. Y él mismo no va a poder seguir disfrutando del resultado de todos sus esfuerzos. Por empezar, eso sí fue un duro esfuerzo con muchos altibajos, como muchos sufrimientos, nada fácil, con alejamientos de sus familiares por trabajo, con millas de situaciones que, si bien han logrado grandes resultados, han costado mucho, a veces vidas. Y es más, muchísimo más, todo ese tiempo de esfuerzo que de disfrute que tampoco es en su plenitud total. Entonces volvemos a la pregunta: ¿Qué haríamos si esa plenitud total existiera por la eternidad?
Trabajamos para lograr algo, ahora ya lo logramos, ¿y luego…?
Pues ese “y luego” es justamente el Mashiaj. Antes dijimos que el verdadero máximo placer humano es lograr sobrepasar esos momentos difíciles o lograr algo con el esfuerzo propio, ¿entonces ese mundo utópico y fantasioso carecerá de placer ya que ya nunca tendremos necesidades de nada y todo será tan fácil como respirar?
El placer en ese mundo utópico llamado Mashiaj será justamente conocer lo que en este mundo real no tenemos el tiempo de conocer, hacer todas esas cosas que en este mundo nos es imposible. Ese conocimiento es el conocimiento de lo desconocido, es la sabiduría de aquellas cosas infinitas como los mundos espirituales, los verdaderos valores reales de las virtudes sin tantas diferentes opiniones (como la mía o la tuya), y eso sí trabajó esfuerzo, mas ese esfuerzo. será el verdadero placer. Más allá de los resultados logrados, el placer no será vivir el resultado de nuestro esfuerzo, sino el mismo esfuerzo, ese será el verdadero placer. Parte de eso se puede sentir muy de cerca cuando se estudia la Torá. Más allá del saber, el mero hecho de estudiar es maravilloso, regocija, llena el alma, endulza la vida, hace que se vea todo de un color maravilloso, especialmente con total tranquilidad porque se siente, no sólo se sabe, sino que se siente. a HaShem, que todo es de ÉL, que todo es bueno justamente porque ÉL lo mandó. Y no se dice para consuelo, sino que verdaderamente se siente en cuerpo y alma, no sólo en los sentimientos, también en el mismo cuerpo y hasta en las cosas inertes.
La pregunta principal en este artículo fue cómo lograr o qué sé necesita para que venga el Mashiaj. Responderemos también de la manera más humana y comprensible posible, hasta dónde mi humilde alcance logre.

Me acuerdo cuando era chico y se organizaban partidos de fútbol, ​​a mi siempre me elegían al último porque ya estaba ahí, pero daba lo mismo si estaba yo o no en el equipo, no sabía (ni sé) jugar bien. Más bien era (y sigo siendo) malísimo para eso. Mis compañeros lo sabían porque ya me habían visto jugar.
Cuando alguien quiere algo, busca entre lo que más le conviene, en lo que más falta le hace. Nosotros queremos que venga el Mashiaj y HaShem también, pero el Dueño de Todo es HaShem y Él es Quien elige. ÉL va a elegir entre sus mejores “jugadores”, los que mejores cualidades tengan para ese “partido”. Todos queremos jugar ese partido, entonces demostramos nuestras cualidades delante del “Director Técnico” para que nos lleve al mejor equipo. Esas cualidades son especialmente dos, y son las que analizaremos a continuación: saber escuchar y tener empatía.
Aunque tener empatía incluye el saber escuchar, analizaremos cada una por separado dado que son actividades relevantes y cada una de ellas con sus características y tesituras disciplinarias diferentes.
Cabría la pregunta si al hecho de escuchar se le puede denominar actividad o simplemente es algo casual. Al emitirse algún sonido, ya sea de una persona que hable, un camión que pase, un claxon que suene, un pájaro piando, un perro ladrando o lo que sea, simplemente es un sonido que estando a una distancia considerable para ser oída, es Lógico que la vamos a oír, tal vez aunque nos moleste, aunque no lo deseemos, aunque no queramos. La actividad sería hacer algo para no escuchar, por ejemplo taparse los oídos o apartarse a una distancia a fin de no percibir la audición, ¿pero escuchar es una actividad?
Veamos:
Para responder debemos empezar esta otra pregunta: ¿Acaso es posible cumplir una orden sin saber qué orden se debe cumplir? Y para saber qué orden debemos cumplir, ¿acaso no es imprescindible escuchar la orden o al menos leerla a modo de estar informados? Si esto es así, ¿cómo es posible que el pueblo hebreo, a las faldas del Monte Sinay, en el desierto a la salida de Egipto por la liberación de la esclavitud, en camino hacia Israel, la tierra prometida a sus ancestros patriarcas, hayan? respondido “haremos y escucharemos” cuando Dios les ofreció las famosas Tablas de La Ley, la Torá? ¿Cómo pudimos adelantar el “haremos” al “escucharemos” sí hemos acordado que es imposible cumplir un mandamiento sin antes escuchar para saber qué hacer
? vez, la respuesta más conocida es que harán sin cuestionar, pero también se entiende que luego sí cuestionarán. También puede entenderse que a pesar de no comprender, de todos modos lo harán y luego van a estudiar y profundizar, no para cuestionar sino para hacer de mejor manera. También es posible entender esas palabras como una naturaleza humana, en este caso más enfocada al pueblo hebreo que todo lo cuestionamos. De una manera más espiritual es posible decir que harán y luego estudiarán para darle placer a Dios de estudiar Su Torá. . Y así podríamos entender de varias maneras, tal como “haremos, ergo escucharemos”, que es algo más profundo de analizar, ya que eso referiría a que al ser que haremos, por lo tanto escucharemos, como si ambas actividades irían de la mano, y una sin la otra no serán válidas ninguna de las dos.
Sea como mar, quedamos de acuerdo que es imposible hacer algo que se nos pide sin antes saber qué es eso que debemos hacer. Una explicación más amorosa podría ser la siguiente: sea lo que sea que me digas, acepto de antemano ya que sé que es bueno porque confió en Ti. Si es así, ¿a qué se refiere el “escucharemos”? Como hemos dicho, quiere decir estudiaremos para hacerlo cada vez mejor, así como para daré placer a Dios de estudiar Su Torá.
Pero vuelve la pregunta: ¿Acaso es posible hacer sin saber qué debemos hacer?
Es por eso que mi humilde respuesta es que “haremos el acto de escuchar, no como un sonido de alguien martillando, sino que el acto de escuchar sea voluntario, enfocado directamente en eso, prestando atención a escuchar”. Para prestar atención a algo es imprescindible no prestar atención a nada más que a eso. Para conectarse, es imprescindible desconectarse de todo lo demás. Algo así es Shabat. En Shabat no nos desconectamos del mundo, sino que nos conectamos al mundo desconectándonos de todo lo mundano para canalizar todo nuestro potencial hacia una sola cosa: Shabat, que representa la observancia del mundo real, del creado por Dios y no de las creaciones humanas, sino de la misma naturaleza y espiritualidad, de los sentimientos y valores, del estudio y la concienciación, de la reflexión y el apego a lo verdaderamente poderoso. Eso es saber escuchar. Es desconectarse de lo irrelevante en ese momento para conectarse a aquello que en ese momento es vital. Ahí es cuando escuchar se vuelve una actividad.
¿Y por qué dijimos “haremos y escucharemos”? ¿Acaso eso tiene relevancia con la entrega de la Torá?
Tanta es su relevancia que aceptamos que es imposible servir a Dios si no aprendemos a escucharnos entre nosotros como base principal para el servicio Divino.
Hemos aceptado que para recibir a Dios en nosotros, antes debemos comprometernos a hacer una actividad concentrada el hecho de saber escucharnos, de lo contrario, aunque respetamos todas las leyes, no estaremos cumpliendo Su voluntad, sino que tomaremos a la Torá como un simple libro. de leyes y estatutos y nada más, sin la importancia que merece que es saber que la Torá es mucho más que eso. Es la muestra de amor por excelencia entre todos, humanos con humanos; humanos con seres vivos, animales o vegetales, así como todas las creaciones. Porque el amor es intentar lograr, al máximo de nuestras posibilidades, no solamente ayudar al prójimo, sino comprenderlo desde su lugar, desde su estado de ánimo, desde su posición.
La mejor manera de escuchar es saber que la persona que habla, su primera necesidad es ser escuchada, antes de ser juzgada o aconsejada, simplemente saber escuchar sin interrupción, sin gestos, sin siquiera pensar en qué responder. Hablar es una necesidad fisiológica que se debe saber administrar su contención, pero eso no está en quien oye, sino en quien habla. El que oye debe comprender con ese amor la necesidad del que habla, la necesidad que tiene de deshacerse de eso que desea expresar. Eso no implica creer que lo que se oiga, sino solamente permitir que la otra persona hable, sin interrumpirle, mirándole a los ojos, interesándonos en su elocuencia, sin buscar corregir ni juzgar, solamente escuchar. Claro que si esa persona lo necesita y si es el momento y lugar indicado, pues entonces podremos opinar, aconsejar, hasta juzgar y corregir, pero siempre y cuando se den las condiciones del momento preciso, el lugar, el tono de voz, los gestos. y demás. Principalmente es haremos el acto de saber escuchar, “haremos y escucharemos”.
Si esa persona que habla, nos quiere decir algo especialmente a nosotros, es porque para esa persona es vital que seamos nosotros quien le escuche. Buscó en su mente, en su espacio, en su tiempo, en sus amistades, en sus familiares, en su entorno en general y decidió que es vital para él ser escuchado por alguien específico. De negarle esa posibilidad, o de no saberle escuchar interrumpiéndole o juzgándole o aconsejándole es privarle al parlante de algo que “para él” es vital. Repito y remarcó entre comillas “para él”, ya que aunque para nosotros no sea tan importante o tan imperante esa necesidad, tal como hemos dicho antes, amor es comprender desde el prójimo. Tal vez eso sea algo casi imposible y por eso mismo no debemos juzgar lo que es la necesidad para cada uno según sus experiencias vividas.
Saber escuchar es tan vital como ser escuchado.
Veamos qué tan importante es esto que la rezo más icónica del pueblo hebreo es justamente una llamada SHEMÁ ISRAEL, ESCUCHA ISRAEL, es decir, que se pide, se exige (ya que es uno de los 613 preceptos) escuchar.
La misma Torá, casi al final de la misma, como uno de los últimos consejos que Moshé Rabenu le dió al pueblo de Israel y al mundo es HAAZINU HASHAMAIM, seremos oídos por Dios celestial.
Saber escuchar tampoco es interrumpir una llamada telefónica porque estás entrando otra. Ahora está hablando esa persona y requiere únicamente de tu atención y de nadie más.

Tener empatía:
La empatía es justamente intentar, al máximo de nuestras posibilidades, lograr ponerse en el lugar, estado, ánimo y situación del prójimo. Saber escuchar es empatía, sí, pero no sé limita nada más a escuchar. Para escuchar a alguien en la actualidad, es posible personalmente o por redes sociales, por teléfono o por escrito, pero siempre de una manera directa y dirigida hacia un oyente elegido especialmente para desahogar esas palabras que el parlante necesita manifestar.
Una diferencia de la empatía en general que no se limita solamente al escuchar, esta es incluso sin que esa persona nos hable, sin siquiera que esté presente, incluso sin siquiera que esté enterado de nuestra empatía por él. Y esto se resume de manera muy sencilla en rezar por esa persona, pedirle a Dios para su bienestar físico, económico, mental, espiritual y sentimental. No espere que haya un enfermo para pedir por él, sino saber usar la Tefilá como una medicina preventiva más que curativa. Y, cuando se nos pide o se nos une a una cadena de Tehilim por alguien que está en problemas, pide de corazón y concentrados, descocentrándonos de todo para concentrarnos en solamente leer Tehilim por esa persona con toda nuestra fuerza. No es decir un capítulo de los salmos y ya, sino adentrarnos en ella. No es decir un salmo mientras checamos nuestro WhatsApp, no es cumplir con la cadenita de Tehilim y ya, es realmente pedirle a Dios con toda nuestra fuerza “con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y ​​con todo nuestro potencial”.
Eso es empatía.

Comencé este artículo diciendo que ésta es la manera de traer el Mashiaj porque eso es lo que yo entendí de haremos y escucharemos. Una base fundamental previa incluso al cumplimiento de los 613 preceptos, a grado tal que cumplirlos carece de valor si antes no sabemos valorar al prójimo sabiéndonos escuchar y siendo empáticos.
Tan importante es esto que dijo Rabí Akiva que el precepto de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (tema para otro artículo) es tan grande que en él se esconde todo el cumplimiento de la Torá.
Y así es como traeremos al Mashiaj muy pronto en nuestros días.
Amén.

Acerca de Rob Dagán

Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.

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