Diario Judío México - Aconseja el filósofo Kant no sustituir con imágenes los conceptos, pues al hacerlo pasamos del mundo de la razón al mundo empírico, donde sólo tienen valor las notas, los colores, las texturas, lo superficial, la carne. ¿Un texto, para el exégeta, para el filólogo, debe ser tratado como imagen o como concepto? Si como imagen, el método de estudio será empirista, por observación, mas si es tratado como concepto el método será racionalista, aunque sin dejar de ser realista. Podemos, véase, ser realistas al escrutar imágenes o conceptos. Trataré de discernir algunas peculiaridades que he encontrado entre un soneto de Unamuno, llamado `La oración del ateo´, y un himno para el Sábado del judío Isaac Luria, del siglo XVI, citado por el historiador Scholem en su excelente `La cábala y su simbolismo´. Para evitar cualquier diacronismo recordemos que la sensibilidad de los verídicos religiosos se mantiene igual a pesar del correr de los siglos. La religión, se sabe, pervive merced a las reinterpretaciones, al acto de religar la noción moderna con la palabra añeja.

Unamuno representa la fe “católica”, y tal compruébase en su erudición universal, testimoniada por Menéndez Pidal, quien temía sus ingentes e inacabables saberes filológicos y lingüísticos; Luria, similarmente, también tenía un espíritu cosmopolita, aunque siempre fue conservador, pues se curaba de mantener las ideas viejas, aunque expresándolas, como Unamuno, innovando. La fe judía, refiere Martin Buber en su libro `Dos modos de fe´, yace en la “confianza en Dios” (“emuna”), en tanto que la cristiana radica en la “confianza en la Inteligencia” (“pistis”). Mas la inteligencia objetiva, digámosle “atea” u “ontológica”, siempre trabaja con “concepciones del mundo” (individuales) y con “filosofías espontáneas” (sociales), mientras que la fe, que no admite refutaciones, es una como “ciencia”, “epistemología” acabada, una como “filosofía” pura. No meditaremos los alcances de cada concepto en este breve artículo, que sólo es pergeñado para abrir rutas de exploración, sean hermenéuticas, sean apologéticas.

El primer verso del comentado soneto unamuniano, soneto que no estudiaremos totalmente, dice así: “Oye mi ruego Tú, Dios que no existes”; y la primera línea del susodicho himno para el Sábado de Luria, por su lado, canta así: “Cantaré en alabanzas”. Triste está Unamuno y alegre Luria, aunque ambos se dirigen a lo divino. ¿Qué es lo divino? Digamos, contrastando, usando el método de Kant, esto es, negando para acotar, que no es lo mitológico ni lo antropomórfico, es decir, es lo que se mantiene como sagrado gracias a que no puede ser representado o verbalizado por la razón humana. Marcel Mauss, que estudió el fenómeno de la oración, en un texto llamado `La oración´ dice: “`La religión´ no sólo no existe, sino que únicamente hay religiones particulares”. Y Joan Vernet, erudito traductor del `Alcorán´, como antes decían nuestros abuelos, en artículo publicado en el diario `El mundo´, del 11 de marzo de 2011, titulado `El Corán que no se apaga´, confiesa: “¿Qué poso ha dejado en mí traducir el Corán? Me enriqueció en el sentido de que pude constatar que el dios de Abraham es el mismo para judíos, cristianos y musulmanes”. Pensemos.

¿Hay religiones particulares y un Dios general? ¿Qué cambia, entonces, en cada religión? ¿Será el mero ritual lo cambiante? Leamos a los poetas. Sigue Unamuno: “y en tu nada recoge estas mis quejas”; y sigue Luria: “para entrar por las puertas”. Ora a través de puertas, ora a través del gran agujero que es la “nada”, ambos bardos hablan a alguien, mas con distintos rituales. El uno, como Pascal, piérdese en abismos, y el otro construye castillos y tronos para orientarse. Unamuno, aquí, muéstrase racionalista, cuasi escéptico; Luria, en cambio, nos es metafísico, construye un concepto problemático para sostener su creencia, siendo toda creencia entidad apodíctica. “Uno sólo es sabio, temible en extremo:/ el que está sentado en su trono”, leemos en el versículo 8 del capítulo I del `Eclesiástico´; y luego pensamos, así, que Unamuno se siente aislado del trono celestial, trono inaccesible, y que Luria, en parangón, siéntese cerca de lo divino. Luria, más árabe que Unamuno, ensalza; Unamuno, más godo que Luria, impreca. Unamuno, como Job, dice las cosas sin circunloquios, pero no deja de creer, y Luria muestra la cortesía que toda comunidad forja.

En la `Historia del Judaísmo´, de Chouraqui, grande traductor de la Sagrada Escritura y profundo conocedor del pueblo judío, hay escrito: “Todos los niños aprendían el suficiente hebreo para leer la Biblia en el texto: los más dotados continuaban sus estudios teológicos y se familiarizaban con la `Mishná´ y el `Talmud´. En épocas de paz y prosperidad las comunidades judías (sobre todo en Polonia y en Alemania) constituyeron focos de alta cultura bíblica y talmúdica”. Si comparamos lo dicho con los libros de Juan Luis Vives, máximo representante del humanismo español, notaremos que el judío, como todos saben, mucho se interesa en la letra, mientras que el cristiano mucho en la conducta. Pero leamos más de Unamuno: “Tú que a los pobres hombres nunca dejas/ sin consuelo de engaño”; y también más de Luria: “del campo de manzanas/ que son sagradas”. Habla don Miguel de Unamuno del desamparo, del hambre, del vacío, de “cosas ignoradas”, a decir de Juan Ramón Jiménez, y Luria de manzanas, de simbolismo, de “cosas imposibles”.

El judío Luria, según bella expresión de nuestro filólogo Márquez Villanueva, practica una “poética docencia”, mas Unamuno un “mester de juglería”, sátira embozada con alta filosofía, pues a renglón seguido leemos: “No resistes/ a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes”. Dios, que no existía en la línea inicial, en ésta sí, aunque vestido de accidente, de “anhelo”. Para Unamuno es menester buscar con la mente a Dios, mas para Luria servirle; éste dice: “Preparémosle ahora la nueva mesa/ con un buen candelabro/ que alumbra las cabezas”. Detengámonos, recordemos lo de Mauss y lancémonos a una tradición distinta, al Islam, que se fundamenta en el sonoro `Alcorán´, donde leemos (XXVIII, 73): “Por su misericordia os dio la noche y el día, ya para que descanséis, ya para que su gracia deseéis. Quizá así seréis agradecidos”. El católico y español Unamuno, con algo de raigambre musulmana, afana perder las gracias de Dios para no caer en la tentación del sueño y de la vanagloria (no quiere “consuelo de engaño”), afán identificable en los místicos del jaez de Santa Teresa (véanse sus `Moradas´) y San Juan de la Cruz, según ha demostrado nuestro maestro Asín Palacios.

Pero retornemos a los objetos de nuestro interés, a los poemas: “Cuando Tú de mi mente más te alejas,/ más recuerdo las plácidas consejas/ con que mi ama endulzóme noches tristes”, dice Unamuno. Aléjase Dios de Unamuno, pero éste protégese de lo “ignorado” con consejas dulces (`stimulus carnis´), pues veía, refiere Menéndez Pidal en articulillo rotulado `Recuerdos referentes a Unamuno´, “en el habla popular una fuente estilística viva, un estímulo de liberación frente a los modelos literarios [¿bíblicos?], por él siempre respetados y para él admirables, pero nunca imitables”. ¿Por desventura Unamuno jamás logró darle carne a la palabra que dióle su fe? ¿Negaba a escondidas Unamuno la celestial sintaxis de la Sagrada Escritura? ¿No era para Unamuno, como lo es para el judío, la letra algo más que una puerta hacia Dios? ¡Tal vez!

Unamuno, citado por Menéndez Pidal en el texto referido, habla: “Esta miserable lucha por la personalidad me está tal vez perjudicando; y luego viene mi batalla con la lengua, mi esfuerzo por hacerme una, que siendo castellana, sea seca, precisa, rápida, sin tejido conjuntivo, sin las lañas y corchetes y hebillas que al castellano estropean, nada oratoria, caliente y de una sintaxis que no rompa el nexo de la espontánea asociación de ideas. Hay quien cree que descuido la forma, siendo una de las cosas de que me cuido más, solo que mi cuidado es hacérmela propia de mi fondo”. ¿Quería Unamuno hacer con el castellano una oración inmensa, un canto general de la “tribu humana”, a decir de Ezra Pound? Nótese que posiblemente Luria, contrario a Unamuno, como todo judío creía no sólo en su religión, sino también en los instrumentos de su religión, en el símbolo y en una como “gramática cósmica”, si nos permiten aventurar tal expresión; en cambio Unamuno, como viejo cristiano escolástico, deseó un estilo, un tono, un “ruego” eficaz que no se perdiera en el camino hacia lo divino.

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Edvard Zeind Palafox   es Redactor Publicitario – Planner, Licenciado en Mercadotecnia y Publicidad (UNIMEX), con una Maestría en Mercadotecnia (con Mención Honorífica en UPAEP). Es Catedrático de tiempo completo, ha participado en congresos como expositor a nivel nacional.