Diario Judío México - (1883- 1924) escribió a su padre una Carta en noviembre 1919 cuando frisaba los 37 años. Vio luz en 1950, varios años después de su fallecimiento, por iniciativa de Max Brod quien, al escaparse de Praga a Palestina impulsado por la invasión alemana, se llevó todos los textos que Kafka le había solicitado quemar. No lo hizo. Prefirió- con acierto- ceder ulteriormente los derechos de su publicación a la editorial Schoken.

Gracias a esta decisión contamos con un escrito que es una suerte de un yo acuso  con el que el  hijo interpela al padre. Representa algo más que una conmovedora pieza literaria. Es un análisis introspectivo que le condujo a descubrir las raíces de su propia oquedad afectiva, incluyendo su ambivalente relación con la mujer.  En las ajustadas palabras de un biógrafo del escritor judío-checo, ” la epístola constituye una lección de psicoanálisis desprovista de cualquier intención terapéutica.”

Como pieza literaria y psicológica la Carta al Padre refiere una relación extremadamente conflictiva entre generaciones. Es un alegato que desnuda la precaria capacidad afectiva de dos seres entrampados en un incómodo marco familiar. Ninguno de ellos posee la capacidad de amar salvo lo que cada uno considera la única justificación de su existencia: el difícil sobrevivir en un entorno burgués y hostil en el caso del padre, el irrefrenable impulso a la creación ( oración diría Kafka ) literaria. Sin disputa, la responsabilidad por este conflicto y sus secuelas le corresponde al progenitor. Abrumado por las ausencias afectivas, el hijo se refugia en un pertinaz encapsulamiento para consagrarse a su vocación.

Importante subrayar: no se trata de una carta que Kafka remitió a su padre por la vía postal. La dejó en manos de su madre y de su hermana Otlla sabiendo que ellas nunca – por temor a represalias o por franca apatía – la harían llegar al esposo y al progenitor. Sólo Max Brod y su amiga Milena Jezenská conocerán más tarde su contenido.

Algunos enunciados del texto no sorprenden; ya se encuentran en páginas del Diario que el escritor iniciara en 1911. Algunos ejemplos: …” dormir, despertar, dormir, despertar…una vida miserable. Cuando reflexiono debo confesar que mi educación me ha dañado. Reproche que dirijo a mis padres… Todos estamos presos entre nuestro pasado y nuestro porvenir…” (19 de julio, 1910). Algo más:  “cuando escribo casi llego a odiar a mi padre…” (21 de febrero,1911). Se trata de mordiscos verbales que se repiten: ” …es desagradable escuchar a mi padre con sus agraviantes indirectas a los jóvenes de ahora, y sobre todo a sus hijos…Oirlas en un tono de vanagloria y de reproche es un tormento…” (26 de diciembre, 1911).

En la Carta amplía sus reproches. ” El miedo y sus efectos me atenazan cuando pienso en ti, porque sus dimensiones exceden con mucho los límites de mi memoria y de mi comprensión…” Para explicarse K. alude a la muerte de sus hermanos que nacieron después de él. Dos traumas que turbaron su infancia, sin merecer la atención de sus padres. Así creció… “como un niño temeroso,” lo que no implica que no fuera testarudo ” como es común que lo sean los niños…” Y explica la actitud del padre: ” sólo puedes tratar a un niño según hicieron contigo, con dureza, gritos y cólera…” Pero no la justifica. De aquí: ” …el miedo y sus efectos me atenazan cuando pienso en tí porque las dimensiones de la memoria exceden con mucho los límites de mi entendimiento…”

Su alegato se enciende cuando eleva un recuerdo que desarma cualquier solicitud de perdón. Escribe:  ” una noche no cesaba de lloriquear pidiendo agua…Como tus gritos no me produjeron efecto alguno me sacaste de la cama, me llevaste a la terraza y allí me quedé solo, en camisón, ante una puerta cerrada…”  En los círculos de amigos, K. leía en voz alta sus relatos, para recibir elogios y aplausos. En contraste, en el hogar sólo suscitaba punzante indiferencia. Pertinaz eslabonamiento de desafectos que tuvo secuelas: ” el no ser posible una serena relación contigo, perdí la facultad de hablar en nuestra casa…” El padre habría querido que el hijo se incorporase a los negocios con el fin de superar carencias materiales y ensanchar los alcances de su actividad comercial. K. lo defrauda y se dedica a ” inquietudes más elevadas ” que, sin remilgos, su padre desprecia.

En venideras páginas se verá cómo estas infelices circunstancias gravitaron en el K.  escritor.

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