Diario Judío México - Durante cuatro meses, el general José Mariano Salas fue presidente de México. De agosto a diciembre de 1846, su preocupación era que el diezmado ejército nacional no pudiera resistir una invasión.

Por eso tuvo la idea de crear una que fuera complementaria del ejército regular y tuviera a su cargo mantener la paz y el orden público. Así, en cada estado de la volátil República de aquel entonces, podría existir un cuerpo de seguridad listo. Para el 11 de septiembre de aquel año, emitió el reglamento.

El pronóstico de Salas se cumplió y la primera batalla de la Guardia ocurrió el 20 de agosto de 1847 en Churubusco (donde hoy se encuentra el Museo de las Intervenciones), en contra del ejército norteamericano. No era la fortaleza ideal, pero los invasores tendrían el obstáculo del río que ahora le da nombre a la avenida.

De acuerdo con su organización en batallones, la les hizo frente con sus dos principales: el “Independencia” y el conocido como “Los Bravos”; a ellos se sumaron otro integrado por soldados desertores, la mayoría de origen irlandés, que se enamoraron de México (y ahora conocemos como de San Patricio) y un regimiento de civiles armados, muchos de ellos españoles avecindados en la capital.

A pesar de la extraordinaria defensa de su posición, las fuerzas mexicanas perdieron la batalla, la cual aceleró su final cuando una bomba cayó en el cuarto donde estaba la pólvora. A los inolvidables irlandeses se les ahorcó en diferentes puntos de San Ángel y Mixcoac como escarmiento; en Coyoacán existe una calle en su memoria.

El 8 de septiembre de ese mismo año, en Molino del Rey (en pleno Bosque de Chapultepec), y a pesar de un armisticio acordado con Antonio López de Santa Anna, el general Winfield Scott ordenó a sus tropas atacar, alegando la existencia de una supuesta fundidora de cañones en un edificio conocido como Casa Mata. Ahí los batallones “Libertad”, “Unión”, “Querétaro” y “Mina” enfrentaron a los soldados extranjeros.

Cuando, por fin, las fuerzas de Scott pudieron tomar la construcción, se llevaron una de las dos sorpresas de sus vidas durante esa sangrienta jornada: no había tal equipo de fundición, y la segunda, el impacto de una bala de cañón, disparada desde quién sabe dónde, mató a varios de sus oficiales dentro. Ante estos errores, regresaron de inmediato a su cuartel ubicado en Tacubaya. Santa Anna llegó poco después e intentó manipular el resultado asegurando que había sido una victoria. Pocos le creyeron.

A la firma del tratado de Guadalupe-Hidalgo, en febrero de 1948, en el que México cedió casi la mitad de su territorio, la fue declarada en estado de emergencia para preservar la seguridad ante el descontento popular. Para 1853 Santa Anna trató de eliminarla, pero dos años después el presidente Ignacio Comonfort la reactivó.

En una carta fechada el 29 de junio de 1848, el entonces gobernador de Oaxaca, Benito Juárez García, solicita “entre dos mil y tres mil fusiles” para armar la de su estado, la misma que le sería leal junto con las otras del país durante su presidencia, hasta que obtuvieron la victoria sobre las fuerzas conservadoras. La carta cierra con una frase curiosa: “Dios y Libertad”.

Ya en el poder, Porfirio Díaz, uno de sus generales más destacados, disminuyó a la , aunque no se atrevió a eliminarla. En cada uno de los pasajes de su historia, la Guardia destacó por su valentía, compromiso, lealtad y nacionalismo. Fue un ejemplo de su tiempo, dentro y fuera de México.

Logró construir la mística, la confianza y el respeto social necesarios para convertirse en un emblema del siglo XIX. Hoy, necesitará de esos mismos valores si queremos que haya seguridad, paz y justicia.

Las biografías de quienes ahora estarán al frente, reflejan experiencia y capacidad. Tengo el privilegio de conocer a la Dra. Patricia Trujillo Mariel y estoy seguro de que será una digna representante de ese ideal. Ellos harán su parte, a nosotros los ciudadanos nos toca participar para que, otra vez, la Guardia Nacional sea un orgullo para nuestra nación.