Sabemos que el nombre del primer hombre fue Adam, y así nos llamamos todos sus descendientes, “bené Adam”- “hombres” o más literalmente, “hijos de Adam”. El motivo por el cual tenemos este apelativo es porque corresponde a “adamá”, “tierra” porque de ésta fue creado, ¡somos finalmente todos un poco de tierra! Sin embargo, la persona también tiene un alma, ¿por qué no fue nombrada de manera que recuerde su origen Celestial?

Se puede responder que hay un vínculo mayor entre el ser humano y la tierra, no nada más un parecido lingüístico: Para obtener frutos o flores no basta con trabajar un ratito. Se requiere arar la tierra, sembrarla, regarla, esperar, esperar y volver a esperar, siempre con esperanzas de que todo salga bien. Se requiere de la acción combinada de la tierra, la lluvia y el sol. Después se puede obtener una deliciosa fruta o una bella y aromática flor. El ser humano es igual, debe trabajar sobre sí mismo una y otra, debe esforzarse. Debe estar cerca de gente buena, como si requiriese constantemente ser “regado”- estar con personas que influyan para bien.

Podemos hallar una alusión a este punto en lo siguiente: Dijo el Todopoderoso, “hagamos a la persona” (Bereshit 1:26)- Yo y tú te formaremos. D-s y el ser humano edifican, es la propia creación de cada persona. Si se construye a sí misma- y no que haya sido un regalo completo desde el Cielo- se aprecia más, ya que la persona “prefiere una medida propia que nueve del compañero”, su propia medida la obtuvo con esfuerzo, por eso la quiere (Baba Metsiá 38a con Rashí). Por eso, se apreciará más, tendrá una autoestima sana.

Ampliado de las palabras de Rab Ilan Meirov y de Rab Mijael Perets.

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