Para John Rawls (Baltimore 1921-2002) la pregunta por la propia identidad- ¿quienes somos y quiénes queremos ser? exige un concepto fuerte del bien. Para el estadounidense, la razón formalista o la razón procedimental es la que nos queda tras producirse las condiciones de pensamiento post-metafísico. Esta hace depender la validez de sus resultados de la racionalidad de los procedimientos conforme a lo que esa razón resuelve sus problemas.

El pensamiento postmetafísico para Habermas (Düsseldorf, 18 de junio de 1929)
se distingue de la religión en cuanto salva el sentido de lo incondicionado sin necesidad de recurrir a un Dios o a un absoluto. La no puede sustituir el consuelo con el que la religión puede ayudar a soportar el dolor inevitable y la injusticia no reparada, las contingencias que representan la penuria, la soledad, la enfermedad y la muerte, arrojando sobre todo ello una luz distinta, pero esta puede seguir explicando el punto de vista moral desde el que imparcialmente juzgamos algo como justo o injusto.

Desde una óptica Kantiana, la libertad, en el sentido moral de autodeterminación, se manifiesta en la voluntad libre. Para el filósofo prusiano, la libre voluntad está sujeta a la consideración moral de aquello que es de interés general, pero para Habermas han sido en los mitos en las religiones y en las filosofías, donde los hombres han tratado siempre de explicar las crisis de su equilibrio interior. La crítica de Kant a la metafísica abre la puerta a contenidos místicos y mesiánicos que penetran en la desde Baader y Schelling hasta Hegel y Marx.

El integrante de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer (14 de febrero de 1895 – 7 de julio de 1973) nunca tuvo duda alguna acerca del contenido teológico de las teorías marxistas. La Ilustración, con la idea de una sociedad justa, había abierto la perspectiva de un nuevo más allá en el más acá. Ahora el espíritu del Evangelio había de encontrar en el proceso histórico una vía de cumplimiento terreno. Hegel (Stuttgart, 27 de agosto de 1770–Berlín, 14 de noviembre de 1831) fue el último que en la tradición de pensamiento idealista, mantuvo en pie, en forma transformada, la pretensión de la metafísica y consumó la apropiación filosófica de la tradición judeo cristiana hasta el extremo en que ello era posible bajo las condiciones del pensamiento metafísico.

Horkheimer , dice Habermas, se interesó por las doctrinas del y del cristianismo no tanto a causa de Dios sino como a causa de la capacidad de reparación, reconciliación, expiación que Dios tiene, tomando al servicio de la moral la promesa religiosa de salvación. El alemán dice que podría no haber verdad sin absoluto, sin un poder que trascienda al mundo en conjunto, y en el que la verdad quede suprimida y superada. Sin anclaje ontológico, el concepto de verdad no podría ser víctima de las contingencias intramundanas de los hombres mortales y de los contextos cambiantes de estos; sin anclaje ontológico la verdad ya no es idea alguna, sino un arma en la lucha por la vida. El motivo para atenerse a un anclaje ontológico de la verdad se lo suministra esa consideración ética que toma de Schopenhauer. Para Horkheimer, justicia y solidaridad se convierten en sinónimos de renuncia a ese yo propio y cerrado. Schopenhauer (1788-1860) había conseguido fundamentar en términos ateos la moral basada en la teología, es decir, mantener la religión prescindiendo de Dios. Verdadero es el conocimiento de la miseria de la propia vida, que es inseparable de las demás criaturas; verdadera es la unidad con los que sufren, hombres y animales. Verdadera es la negación del egoísmo, del impulso hacia el bienestar individual como fin último.

Para Habermas, hay moralidad cuando no aceptamos la violencia de las relaciones que aíslan al individuo y solo garantizan a algunos la felicidad y poder a costa de la infelicidad y la impotencia de los demás. Ese impulso moral lleva a Horkheimer a la idea de la fuerza reconciliadora que la solidaridad con el sufrimiento de los demás es capaz de desarrollar solo si tiene una oportunidad, si el propio sujeto hace dejación de sí como individuo. Horkheimer, según Habermas, interpreta el salmo 91 diciendo que la doctrina del alma individual tiene en el un segundo sentido, no falseado por esperanzas relativas al más allá. La idea de superviviencia no significa en primer término el más allá, sino la comunión con la nación que tiene su prehistoria en la Biblia y que ha sido brutalmente desfigurada por el nacionalismo moderno. Cuando el individuo construye su vida conforme a la Toráh y pasa los días, los meses y los años en observancia a la ley, se hace, a pesar de todas las diferencias individuales, tan uno con el otro que tras la muerte propia sigue existiendo en los suyos, en su cumplimiento de la tradición, del amor a la familia y a la estirpe, en la esperanza de que en el mundo un día, al fin, se imponga el bien…de forma no distinta a la figura de Jesús en el cristianismo, el como un todo testimonia la redención.

Habermas se pregunta ¿que lugar ocupa la moral cuando el individuo es impotente frente a los imperativos sistémicos anónimos de un capitalismo políticamente descontrolado que solo entiende el lenguaje del premio y no el de la moral? El universalismo igualitario, de donde proceden las ideas de libertad y convivencia solidaria, así como las de formas de vida autónoma y emancipación, moral de la conciencia individual, derechos humanos y democracia, es directamente una herencia de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana del amor. Esta última satisface un elemento de la dedicación al otro sufriente que también se pierde en una moral de la justicia concebida en términos inter-subjetivos. El amor al prójimo supone un acto supererogatorio que sobre la base de la reciprocidad puede ser exigido a todos. Significa el sacrificio activo de los intereses legítimos en pro del bienestar o el aligeramiento del sufrimiento del otro.

A pesar de todo, el materialista pesimista que es Horkheimer, dice que hay que proseguir adelante en el desierto aun cuando se hubiese perdido la esperanza. Es verdad que un individuo no puede cambiar el curso del mundo; pero si su vida entera no se convierte en una salvaje desesperación que se rebele contra ello, tampoco podrá producir ese poquito de bien infinitamente pequeño, insignificante, inútil, la casi nada, del que sí es capaz un individuo.

Bibliografía: Jürgen Habermas, Israel o Atenas. Ensayos sobre religión, teología y racionalidad. Edición de Eduardo Mendieta. Mínima Trotta, año 2011

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Nací en Montevideo en 1967. Egresé de la Universidad de la República en 1992 con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Soy docente universitario en la cátedra de derecho comercial en la Universidad Católica y en la Universidad de la República, en las carreras de contador público y administración de empresas.Desde el 2008 soy columnista de Mensuario Identidad.