La ópera que lo conmovió profundamente ni bien la vio. Es así como luego, ya siendo el Führer de Alemania, la noche anterior a las grandes concentraciones en Nuremberg, donde daba sus largas arengas demagógicas, era usual una representación de una ópera de Wagner a la cual debían asistir las principales figuras del Congreso para exaltar así su espíritu alemán y adherir a las ideas maléficas de su Führer.

¿Por qué lo sensibilizó la ópera Rienzi? Debido a que está basada en la historia de Nicola di Rienzo, revolucionario plebeyo que encabezó el levantamiento de Roma a mediados del siglo XlV, para sacudir el yugo de la aristocracia romana que ejercía sobre los plebeyos.

No es muy difícil entender la identificación que hace este cabo insignificante con la postura del héroe romano, venido al igual que él del pueblo, que alza su voz contra la clase dominante, tratando de reinvindicar la condición de igualdad humana. Será luego Hitler el que va a transferir esa opresión sobre los alemanes diciendo que es debido a la burguesía judía y su desidia e incapacidad laboral la que perjudica al pueblo alemán, invento conveniente para justificar su odio hacia el pueblo hebreo, amén del odio ancestral que toda Europa sentía por él, y poder eximir así de culpa al realizar sus atrocidades sobre los por él nominados de “infrahumanos”. Entonces, su masacre o exterminio total no devendría, ni en condena, ni en responsabilidad asesina.

Es así como Hitler va ejerciendo su supremacía conductiva, no por fuera de la “chusma” que lo seguía y apoyaba, dado que era conveniente erradicar a “sus judíos” con el fin de expropiarles sus bienes, cátedras, oficios, y todo esto bajo la excusa de limpiar la raza aria a que no se contamine con la impureza de los nos seguidores del Santo Grial. De allí que toma a la ópera wagneriana como su modelo ideológico y místico para establecer sus deseos de imperio y de exterminio.

El Tercer Reich establece con su dogma la realización de sus sueños de grandeza, de supremacía racial, de perpetuarse en una Germania de mil años, manipulando a las masas, arrastrándolas a que cometan las peores atrocidades que la Historia de Occidente hubo de ser testigo hasta el presente, estableciendo con ello un nuevo paradigma de crueldad, barbarie, sumisión, acatando por amor a su Führer el peor de los designios, sin la menor culpa o responsabilidad moral por sus actos.

Con motivo de la apertura del Festival de Bayreuth, con la obra del “Maestro Wagner”, Joseph Goebbels en su artículo periodístico publicado en 1937 va a referir: “esta obra epítome del ser alemán nos enseña lo que realmente es un judío. Gracias a ella las palabras y los hechos de Adolf Hitler nos han liberado de la esclavitud que padecíamos en manos de esa raza sub-humana”. Se refiere al coro de la obra wagneriana Los maestros cantores, que según él refleja el Gesit alemán, avivando demagógicamente el espíritu populachero, a que no se duerma en su letargo.

Goebbels invoca las palabras del coro que a viva voz canta: ¡Despertad, la aurora está alumbrando!  Luego vendrá el Sturm, movimiento que ha de enviar a los jóvenes al frente de manera ciega e irracional, a la voz de su himno ¡Deutschland über alles!, siendo el mismo cántico que hoy oímos en cuanto a la exaltación irracional de los ánimos cuando los fundamentalistas árabes se arrojan al vacío asesinando a todo aquel que no fuera musulmán y lo hacen en nombre de su Führer llamado Alá.

Hitler si bien había nacido católico, asumió la ausencia de Dios y declaró frente a un periodista americano que para él oír a Wagner y concurrir a una de sus óperas era pensado como asistir a misa, pero con un Dios ausente, a lo que nosotros acotamos, pone de manifiesto la ausencia del Otro con mayúscula, de ahí que no le debía disculpas, ni pedir perdón a nadie dado que él, el Führer, en su persona se había erigido en su propio Dios, y en la máxima deidad, figura incuestionable para el pueblo alemán, por encima de cada padre de familia. Su palabra era ley y desacatarla era signo de traición y de muerte.

Su figura se ha transformado en un nuevo paradigma de maldad, codicia, sumisión total a sus caprichos, hecho que no es pasado, sino que su modelo es vigente y que todo líder totalitario lo ha usado emulándolo, y para peor, mejorándolo de forma más sofisticada dado los avances de las comunicaciones y las redes sociales.

Hitler no inventó la maldad, la tomó prestada del genocidio armenio en 1915, las ideas de superioridad racial del americano Grant y la autorización de sojuzgamiento político y borramiento de los derechos constitucionales se los otorga como letra el gran jurista alemán Carl Shmitt.

Toda esta ideología y de permiso en cuanto a aniquilar al diferente la podemos resumir en las palabras del escritor Ernst Jünger, coetáneo de Hitler, cuando dice: Vivir significa matar.

Y con esa liviandad discursiva y de pensamiento, los alemanes se dieron el permiso de matar judíos, gitanos, eslavos y homosexuales para ampliar su Lebensraum, su espacio vital, total decían: “a quién le importa que nos deshagamos de unos cuantos insectos infrahumanos, ¿o acaso alguien siente culpa por matar a una cucaracha?”

Y el mundo no aprendió nada, estamos en una eterna repetición, y como ésta demanda lo nuevo, cada vez que se repite un acto criminal se lo hace mejor, diferente y con métodos más sofisticados, o no, al estilo fundamentalista, que usa modos crueles de decapitación a la manera primitiva y medieval.

Conclusión: cuando la guerra deje de ser un negocio y como decía Golda Meir, cuando los árabes amen más a sus hijos en vez de odiar a los ajenos, quizás ese día seamos testigo de un nuevo renacer. Pero lamentablemente para ello falta aún una eternidad.

FuenteAurora

1 COMENTARIO

  1. La gran ironía es que el primer aliado de Wagner y quien lo sacó del anonimato fué el judío Jakob Lieberman Beer, más conocido como Meyerbeer.

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