Diario Judío México - Tres ancianas judías, sentadas en un parque, conversan sobre las virtudes de sus hijos.

– Mi hijo -dice la primera, es generoso como ninguno. Todas las semanas me visita y me trae algún regalo valioso. El día de mi cumpleaños aparece con una joya y me la ofrece. Es tan bueno. Gasta en mi una fortuna.

– Mi hijo es todo bondad -dice la otra-, jamás repara en gastos. Todos los años me regala un viaje para visitar cualquier país del mundo. Los mejores hoteles, las mejores comidas. Todo para su madre, cueste lo que cueste.

– ¿Y qué puedo decirles yo de mi hijo, después de lo que ustedes han contado? -dice la tercera. Mi hijo visita al psicoanalista cinco veces por semana. Paga cien dólares por sesión. Y ¿saben qué hace todo el tiempo? Habla de mí.

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Desde el Aeropuerto de Nueva York un judío toma un taxi hasta Brooklin. El chofer también es judío. Al llegar al destino, el conductor mira el contador y dice:

– Son veinte dólares.

– ¿Cómo veinte dólares? -exclama el pasajero-. Ud. está loco. Yo no voy a pagar esa suma.

– Señor, el contador marca veinte dólares y es lo que debe pagar.

– Hágame un descuentito.

– Aquí no hacemos descuentos. O paga lo que me debe o llamo a la policía. No me haga perder el tiempo.

– Está bien. Le pagaré.

Mete la mano en el bolsillo, saca un billete y se lo entrega al conductor.

– Son veinte dólares y Ud. me ha dado sólo diez.

– ¿Acaso Ud. no viajó conmigo? ¿Qué quiere, que también pague su parte?

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Inclinado sobre la tumba el hombre llora desconsoladamente.

– ¿Por qué, por qué dejaste este mundo? -repetía incesantemente, mezclando las lágrimas con la amargura desgarradora de su voz.

– Con tu muerte empezó mi desdicha. Era tan feliz cuando vivías. Dios, haz el milagro que retorne a la tierra y seré el más dichoso de los mortales.

Y así, entre el llanto y el dolor, el hombre seguía repitiendo desconsoladamente sus ruegos y sus quejas.

Una pareja, conmovida, observaba la escena. Por fin el hombre se calmó y ellos se le acercaron.

– ¿La tumba de su esposa? -le preguntaron tímidamente.

– No. La tumba del primer marido de mi esposa.

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Aisenberg y Bercovitch estaban sentados, silenciosos, frente a sendos vasos de té. De pronto Aisenberg dice:

– Sabes Bercovich, la vida es como un vaso de té.

– ¿Como un vaso de té? -pregunta Bercovich- ¿Y por qué?

-¿Qué se yo? ¿Acaso soy filósofo?

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Un pordiosero judío visita un cementerio y de pronto se encuentra con la tumba del multimillonario Rotschild.

Es un monumento espectacular, con mármoles, adornos e inscripciones laudatorias. El pordiosero lo observa fascinado. Toma distancia para admirarlo y se acerca para gozar de cada detalle. Por fin, dándole una última mirada, exclama:

– ¡Eso si que es vida!

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