¿La paz económica?

Se pueden encontrar torrentes de justificaciones de varios autores para la violencia por estar sus practicantes hundidos en condiciones de pobreza. La razón económica es casi siempre la primordial que aducen en sus teorías.

El progresismo e izquierdismo internacional ponen en práctica estos estandartes al evaluar guerras y enfrentamientos, y el conflicto palestino-israelí no es la excepción. La figura de un Israel conquistador, opresor, imperialista y dominador que desposeyó a los palestinos y controla la economía manteniéndolos en la pobreza, es el punto de partida que emplean para justificar el terrorismo asesino, suicida y cobarde de los radicales palestinos. Pareciera ser que, o bien voluntariamente,o por olvido, dejan de lado un factor trascendental en la mentalidad terrorista palestina que es el ideológico: la no aceptación de la existencia del Estado de Israel.

En estos errores también ha caído en las últimas décadas la izquierda israelí. Quienes le tiran flores a Shimon Peres mientras arrasan despiadadamente con Avigdor Lieberman son los defensores de los acuerdos de Oslo y de enfoques aspirantes a firmar la paz a toda costa basándose en la economía. La visión de dos pueblos en guerra que se llevarán bien a partir de la cooperación económica, sin importar que el gobierno de uno de los pueblos (Hamás) quiere borrar al otro pueblo (Israel), choca de frente contra la realidad y ni mil airbags pueden resistir el impacto y salvar esa idea.

Por su parte, Lieberman entiende el no reconocimiento de la existencia de Israel por parte de Hamas, el no reconocimiento de la existencia de Israel como Estado Judío por el lado de la AP, y el no reconocimiento de la existencia de Israel como Estado Judío más el pedido de un Estado Binacional hecho por la mayoría de los árabes israelíes, como un impedimento enquistado para lograr un tratado de paz, y por estas divergencias ideológicas entre las partes protagonistas ve la solución en un intercambio poblacional.

Aclarar se debe que nadie niega que la pobreza es un factor que explica olas de violencia en ciertos ámbitos. Ahora bien, explicar no es justificar. El terrorismo palestino no se puede justificar. En el caso de Hamas, lo económico no es primordial. Su terrorismo se apoya principalmente en un fanatismo religioso que conlleva la no aceptación de la existencia de Israel ni de un gobierno judío en lo que ellos consideran la Palestina musulmana. Hamas no lanza misiles porque sus miembros tienen hambre; de hecho, sus actividades cuentan con financiamientos de miles de millones de dólares.

¿La moderación interna?

Una agrupación terrorista como Hamas, que gobierna la Franja de Gaza, representa los intereses de los islamistas (los fanáticos del Islam que quieren extender su revolución por el mundo y someter a los pueblos bajo su totalitaria ley religiosa). Ahora bien, constantemente hacemos esfuerzos por distinguir a los islamistas de los practicantes del Islam (quienes profesan la religión mahometana sin incurrir en esta veta radical que pregona la Jihad global). Y siempre queremos trazar una división entre los gobernantes musulmanes fanáticos y sus seguidores, y el resto del pueblo que no comparte sus ideales terroristas, sino que componen el sector moderado de la sociedad.

Habiendo mil millones de musulmanes aproximadamente en el mundo, un alto porcentaje de intelectuales occidentales afirma que los fanáticos son los menos y los moderados son los más. Esto podría explicarse en base a medir la cantidad de musulmanes existentes y la cantidad de actos terroristas perpetrados (aunque se debe aclarar que los ataques se suceden día tras día, y que aún entre los mismos musulmanes se mantienen decenas de conflictos armados).

Sin embargo, en el mundo musulmán no escuchamos muchas voces disidentes. Con razón se puede argumentar que en el seno de sociedades totalitarias es difícil levantarse en contra del régimen dominante sin ser acribillado por la osadía. Pero al mismo tiempo, reflexionamos que si los moderados son más y los extremistas menos, alguna vez en la vida debería producirse una revolución oriental que destituya los despóticos gobiernos que someten a su población y atacan a las demás.

¿Revolución?

En Occidente, revoluciones contra la injusticia se dieron en condiciones de pobreza, insalubridad y analfabetismo entre otras. Entonces es falaz, o por lo menos incompleto, el argumento que diga que las condiciones de los árabes son inapropiadas para una revolución. De hecho, repasar la historia reciente de Irán es encontrar un doble ejemplo: la subida al poder de los Ayatollahs y de la Guardia Revolucionaria para imponer su doctrina totalitaria derrocando al Sha; y los últimos indicios de hartazgo de la población iraní que salió a las calles a protestar por el fraude electoral que mantuvo, en calidad de reelecto, a Mahmoud Ahmadinejad en la presidencia.

Los siglos pasaron tanto para Occidente como para Oriente, por más dispares que hayan sido los respectivos desarrollos culturales. Da la impresión de que solo Occidente entabló reformas contra la injusticia. Si los musulmanes realmente no desean vivir bajo sus nefastas dictaduras (como humanitariamente queremos pensar), deberían levantarse de una vez por todas, y Occidente apoyar la bravura (pero no para arremeter con imperialismo luego, como lamentablemente experimentamos ejemplos en el pasado, sino para consolidar las renovadas y reforzadas sociedades libres que surjan).

¿Cambio de mentalidad?

“Si lo hacen, los matan” es común escuchar como respuesta ante el pedido por una revolución de musulmanes de cara a la paz.

Pues bien, hay musulmanes que se dedican al terrorismo suicida. Se matan por un ideal asesinando a inocentes. Esto conlleva que el terrorista no solo legitima el islamismo que somete a sus pares musulmanes, sino que manifiesta la intención de expandirlo. Entonces, si estos asesinos se dejaran de inmolar y tuvieran un cambio de actitud que implicara por un lado, la preocupación de que su prójimo no viva bajo la opulencia y por otro, la tolerancia a los demás, con la misma facilidad podrían dar su vida por un propósito noble.

Acá no hay doble discurso, no se malinterprete: No se pide que cese el terrorismo islamista a la vez que flote un terrorismo revolucionario nacionalista. Se espera un abandono a los medios terroristas para conseguir fines; y un cambio tendiente a combatir y derrocar el totalitarismo islamista que sponsorea y comete los atentados terroristas. En vez de entrenar terroristas suicidas, preparar soldados que enfrenten dictaduras que obstaculizan el logro de la paz. No inmolarse para asesinar inocentes; estar listos para una batalla dura en la cual pueden morir soldados, pero no hay guerra en la que no mueran. Hay una enorme diferencia entre un hombre bomba cuyo blanco deliberado son civiles y que se suicida haciéndolos volar en pedazos, y un soldado que enfrenta terroristas pudiendo morir en el intento pero siguiendo principios morales y aspirando a la libertad de su pueblo. Una frase dicha por Joseph Trumpeldor al ser herido en el fragor de la batalla, puede tener cabida en este segundo caso: “Ein davar. Tov lamut be’ad hartzeinu” (“No importa. Vale la pena morir por nuestra patria”).

¿Nuevas voces?

Los islamistas mediante sus lavados de cerebro generan en los terroristas la intención de inmolarse para lograr el paraíso y obtener 70 vírgenes que se encargarán de realizarles delicias sexuales. Le dan más importancia al mundo venidero que al mundo terrenal (lo cual no es un inconveniente en sí mismo ya que cualquier persona religiosa puede pensar de este modo) pero el problema es que para “ganarse” ese paraíso hay que explotarse y matar a muchos inocentes (y ahí sí radica un fanatismo despiadado).

A esta mentalidad hay que combatirla y derrotarla. Si los moderados que no comparten la ridícula propuesta paradisíaca y sexual ni la manera de propagar tal mensaje religioso deciden convencerse de que no pueden seguir sojuzgados como lo están por siempre, si esos moderados realmente existen en la proporción que los intelectuales insinúan, deberán preparar el camino para el cambio y la renovación. Deberán aparecer, de una vez por todas. Y por su parte, Occidente no debe ser ciego al odio tremendo que está creciendo en su contra. Porque por más que muchos afirmen la proporción superior de moderados, quienes no lo son llegan a un número que significa una verdadera amenaza. No entrevisté a todos, musulmán por musulmán, para verificar su posición y medir si hay más moderados que fanáticos. Pero sí consulté las estadísticas que confirman un auge del terrorismo islamista. Los extremistas islamistas son muchos más de lo que los pacificadores nos quieren hacer creer que hay. Al respecto, tenemos que prestar atención a Oriana Fallaci: “¿Simples grupos de extremistas? ¡¿Simples minorías de fanáticos?! Son millones y millones, los fanáticos. Son millones y millones, los extremistas”.

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Nacido en San Juan, Argentina, en 1987, cursa estudios en derecho; egresado del Majon LeMadrijim en Israel, y con diploma por trabajo voluntario e investigación periodística en Israel; egresado del Instituto de Inglés Saint Paul, y con 4 diplomas internacionales del Esol Examination; miembro y Secretario de Juventud de la filial cordobesa de la Organización Sionista Argentina; fue madrij, Rosh y Rosh Jinuj del merkaz de Córdoba de la Tnua Hejalutz Lamerjav, movimiento juvenil sionista apartidario; Peil de MASA, sociedad entre el Gobierno de Israel y la Agencia Judía, para programas de larga duración en Israel dedicado a jóevenes. Brindó capacitaciones a jóvenes líderes y educadores comunitarios. Campeón y Subcampeón de Olimpíadas de filosofía a nivel provincial en San Juan. También hizo periodismo deportivo en medios locales, trabajó para Radio La Red en San Juan, y colaboró con artículos para el diario israelí Aurora, y los distinguidos blogs de la OSA filial Córdoba y de la Fundación Hadar, entre otros.