Diario Judío México - Los enemigos de Israel y del pueblo judío, esos que sostienen que Jerusalén se está judaizado demasiado para lo que cabe, deberían pensar seriamente cuánto peor sería que se islamizase Bruselas o, pongamos por caso, de nuevo la Córdoba española. No tardaríamos en ver a los hombres en los cafés y a las mujeres ocultas en sus casas, velos por todas partes y desagües obturados y burros defecando a sus anchas cerca de las tiendas donde se vende té.

Eso fue lo que vi yo al principio de la década del setenta el siglo pasado, una Jerusalén mugrienta en la que las antiguas sinagogas de la ciudad santa habían sido convertidas en mingitorios y establos. Poco después, y antes de la infausta guerra de Yom Kipur, la situación era otra: la ciudad, por cierto judaizada, resplandecía, había lavabos públicos limpios y cuidados, las estrechas callejuelas estaban pavimentadas, las tiendas de los árabes de la zona hacían su agosto y todavía el odio no les había corroído, a los jerosalemitanos, la expresión. Muchas mujeres, de hermosos vestidos bordados, paseaban a su aire y solas.

Islamizar significa, como lo podemos atestiguar en Irak y en Siria bajo las alas móviles y siniestras del negro EI, exterminar a los que no son musulmanes como tú. Implantar la ley que corta manos y lapida a la vieja usanza, infundir las virtudes-inexistentes-del califato, y educar a toda una generación en el odio y el desprecio del otro, el infiel, sea este judío o cristiano. Islamizar es enseñar la intolerancia, el desprecio y el resentimiento. Soñar con una cultura mundial llena de minaretes y culos hacia arriba en la que disentir se paga con la vida y de la que sólo disfrutarían, lo que se dice disfrutar, un clan de guerreros mestizos y sanguinarios.

En cuanto a judaizar, ¡no hay que hacerlo pues ya se está haciendo solo a través de las creaciones de los israelíes que recorren el mundo! Todo nuestro planeta, incluso el orbe islámico se beneficia del genio judío desplegado en Israel. Si una Al Jezira, sin los medios económicos de los jeques del petróleo que promueven el Corán y sus derivados, los judíos están ofreciendo al mundo-además de las armas que naturalmente se han visto obligados a inventar-, medicamentos, semillas, piezas de informática, prótesis, etc. Es decir que le están dando los medios de mejorar la vida, medios que pueden aceptar o rechazar pero que no son de ningún modo impuestos. Nadie está obligado a leer ni mucho menos a estudiar la Torá.

Lamentablemente hay en el mundo más moscas que mariposas, fealdad que belleza, mezquindad que buen corazón. Los judíos no queremos convertir a nadie, bastante entretenidos estamos con nosotros mismos tratando de sobrevivir aquí y allá ahora que la negra marea del antisemitismo ha vuelto a crecer. Israel ha resucitado de sus cenizas y conoce muy bien las virtudes y poderes del fuego. Od Masada lo tipol , Masada no volverá a caer. Lo que no es seguro es que el mapa árabe y musulmán de la realidad permanezca como hasta ahora. Demasiados agujeros negros lo amenazan. Demasiados asesinos actúan en su nombre.

Las opiniones expresadas aquí representan el punto de vista particular de nuestros periodistas, columnistas y colaboradores y/o agencias informativas y no representan en modo alguno la opinión de diariojudio.com y sus directivos. Si usted difiere con los conceptos vertidos por el autor, puede expresar su opinión enviando su comentario.
Artículo anteriorPlaceres
Artículo siguienteAna Raquel Levine Galicot, una vida dedicada al trabajo social
Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.