Nuestros economistas festejan que nuestro país tenga una desocupación de un solo dígito. Lo que no se dice es que el gran factor que contribuyó a dicho indicador fue la emigración que durante cincuenta años soportó el mismo.

Según una Encuesta Nacional de Hogares realizada en 2006, el nueve por ciento de las madres entrevistadas tenían hijos que residían en el exterior. Estos se estiman en 478 mil personas ( tiene una población de tres millones de personas). El 55 % de estos ciudadanos emigró entre 1996 y 2006[1].

Israel Wonsewer y Ana María Teja[2] explican que esta migración masiva difiere de la derivada de una presión de crecimiento demográfico (del tipo de la mexicana hacia EEUU, o de las fuerzas expulsoras de una migración marginal como el caso de Bolivia o Paraguay hacia Argentina). También es sustancialmente distinta de la tradicional emigración selectiva que buscaba su realización individual en un ambiente de gran ciudad como ser Buenos Aires.

La expansión de la educación durante la década de los 50 y 60 orientada a capacitar a los jóvenes hacia los requerimientos del sector terciario[3], mas bien que para los sectores productores de bienes, conformó expectativas en los mismos en cuanto a su inserción en el mercado de trabajo y la búsqueda de ascenso social que no pudieron satisfacerse. El hecho de contar con una fuerza de trabajo con un mayor nivel de instrucción, sin especialización, que enfrentaba una demanda de trabajo rígida, promovió la movilidad de la población activa fuera de fronteras. Un mayor número de años de instrucción facilita rápidos reciclajes. La orientación y nivel de la enseñanza recibida creó expectativas en la población en edad activa de incorporarse a funciones más selectivas acordes con su capacitación y en la medida que esas expectativas no fueron atendidas en el país, creó las condiciones para que se produzca un flujo de la población activa más capacitada hacia fuera de fronteras. Un 20 % de los emigrantes son profesionales universitarios recibidos en . Otro 33 % culminó la secundaria. El 77 % de los emigrantes no superaba los 34 años. Quienes emigraron entonces, se trataba de personas que recién se incorporaban a la vida económica, hombres de nivel educativo superior, lo que les otorgó ciertas facilidades para incorporarse en las actividades productivas en el lugar de destino. La mayoría de los emigrantes eran empleados del sector privado. Solo el 6.2 % de los funcionarios públicos, dejó su apreciado empleo para aventurarse en otro país.

La emigración uruguaya estuvo integrada en su mayor parte por grupos familiares completos con edades que no pasaban de la edad antedicha. Quiere decir que el grupo emigratorio se reclutó preponderantemente en los tramos de las edades de la población que presentaban las tasas más altas de fecundidad. El mismo trasladaba al exterior un crecimiento natural importante, que se restaba al volumen absoluto que potencialmente se produciría en el país, de no haber emigración. Si bien existe una tendencia natural de la estructura que tiende a dicho envejecimiento, el mismo se acentúa mucho más cuando interviene dicho saldo. A la par de reducir a menos de la mitad el crecimiento esperado ( sin migración internacional) por su selectividad en cuanto a edad y sexo, determina tendencias de envejecimiento y desequilibrio a nivel de las estructuras según dichas variables. Esto genera el problema de saber si es posible que la labor de 3.3 personas alcance a generar un ingreso que sirva para mantener a una persona pasiva, además de generar toda la riqueza requerida para el mantenimiento del consumo actual y la expansión de la , considerando además, que el envejecimiento de la población activa incide en el deterioro de la productividad.

Los uruguayos no fueron en su mayoría lejos. Argentina absorbió la mitad del flujo emigratorio entre 1970 y 1990, aunque luego de esa fecha, el 70 % de los emigrantes se dirigieron hacia España o EEUU. La emigración hacia estos y otros destinos lejanos ha demostrado estar compuesta por personas del mayor nivel educativo.

Los uruguayos no perciben la trascendencia de lo que ha ocurrido. Quizás en las nuevas concepciones neo-liberales que impregnan el pensamiento económico actual se acepte la emigración como un mal necesario, como una salida para restablecer o contribuir a restablecer un equilibrio para un país más reducido aún en sus posibilidades y aspiraciones de futuro. Tal vez la perspectiva del tiempo aun no da un panorama integral de la intensidad del fenómeno y sus efectos sobre el futuro. Un país vacío, de crecimiento demográfico escaso, perdió casi un veinte por ciento de población económicamente activa.

(Publicado en Mensuario Identidad).


[1] Informe sobre migración internacional en base a los datos recogidos en el módulo migración, Daniel Macadar y Adela Pellegrino, Encuesta Nacional de Hogares Ampliadas, año 2006.

[2] La emigración uruguaya 1963-1975, Israel Wonsewer, Ana María Teja, Ediciones de la Banda Oriental 1985.

[3] Veáse, según la página Web del Instituto Nacional de Estadística y Censos el 21 % de la población empleada trabaja en Comercio, Hoteles y Restaurantes, el 6.1 % en la enseñanza, 7.5 % en la Salud, 6.3 % en la Administración Pública y el ejercito, el 7.8 % son empleadas domésticas. En conclusión, sumando pesca, industria manufacturera, minería, ganadería, agricultura y construcción solo suman el 18 % de los empleos.

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Nací en Montevideo en 1967. Egresé de la Universidad de la República en 1992 con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Soy docente universitario en la cátedra de derecho comercial en la Universidad Católica y en la Universidad de la República, en las carreras de contador público y administración de empresas.Desde el 2008 soy columnista de Mensuario Identidad.