Diario Judío México - En Januká, la fiesta de las luces, se encienden luminarias, se comen

latkes y pontchkes, se juega al dreidl y se recuerda a los macabeos.

Es decir, se enciende cada noche una vela -más bien la enciende el shamesh,

el eterno servidor, como el shamesh de cualquier templo judío; se comen tortas de papa

y una especie de berlinas embebidas en aceite para recordar el milagro de la

independencia en tiempos de los macabeos, quienes, con la fuerza del martillo,

expulsaron de su tierra, y específicamente, del Gran Templo de Jerusalem, a los griegos

seleucidas, idólatras e invasores, enemigos de la cultura hebrea. Y, ¿por qué no? De la

educación judía.

Es decir, en éstos tiempos como en aquellos, los judíos han apostado, día y noche, en

libertad y en el cautiverio, por la educación de sus hijos.

No se trata sólo de jugar al dreidl, a la perinola de la historia. Se trata de jugar , vencer y

ganar y llevarse como presea la libertad de culto. Y no sólo la libertad, sino el privilegio

de educar –hoy como ayer- a nuestros hijos bajo las normas, tradiciones y costumbres

de nuestros ancestros.

En Januká recordamos una historia por demás ejemplar, alguien diría, de tintes

más que heroicos, espeluznantes: la de Jana y sus hijos, quienes ofrendaron sus vidas

en aras de sus creencias. Jana le enseñó a sus vástagos a cuidar el shabat, a deshechar

animales impuros. De seguro, los circuncidó bajo las reglas establecidas desde tiempos

inmemoriales. Los de Abraham avinu, nuestro patriarca.

Hoy día los judíos, en espíritu descendientes de los macabeos, tenemos la opción –

diríamos la obligación- de cuidar el shabat, de deshechar en nuestra

alimentación los alimentos no recomendados por la higiénica tradicional judía. Incluso

tenemos la libertad de contar a nuestros hijos la historia espeluznante de Jana y sus

hijos, quienes murieron por Kidush ha-shem, en el Nombre del Creador.

La cadena continúa. Somos herederos de la celebración de una fiesta luminosa que

ilumina a quien la respeta. Somos herederos de Januká y del Jinuj , de la educación,

de nuestros padres, de nuestras madres.

La lengua hebrea tiene como característica jugar con las letras en un juego maestro y

esclarecedor. Por poco y se nos olvida que dentro de Januká se encuentra la palabra

Jinuj. Por poco y se nos olvida que Januká no es sólo un juego de niños, sino un juego

donde la suerte de los niños judíos se encuentra echada. En Januká, ciertamente, se nos

proporciona la oportunidad de ponernos en contacto con nuestros ancestros quienes

lucharon por sí mismos y por sus descendientes, por las generaciones por venir, a las

que pertenecemos. Aquí en México, en Suiza, en … Para continuar sus pasos.

Los judíos -aquí, allá y acullá- abrevan de las mismas fuentes del pasado, de ahí que

no nos sorprenda que , a pesar de sus diferencias, se parezcan como una gota de agua a

otra. ¿Acaso a una gota de aceite a la otra aludiendo a Januká?

Los judíos –de aquí, de allá y de acullá- cantamos las mismas canciones de Januká;

nos hartamos de comida ad hoc; recordamos a las mismas figuras de extraordinario

calibre. Somos, diría alguien, judíos globalizados quienes, desde nuestro nacimiento,

vivimos de acuerdo a reglas probadas y comprobados por nuestros ancestros.

El judaísmo es una religión de raíces: de raíces profundas que nos ligan con los judíos

del pasado. E igualmente con los judíos del mundo globalizado. Hoy como ayer, los

judíos del mundo entero, en cierta fecha del calendario judío, celebramos un milagro de

independencia y rezamos , en el aquí y en el ahora, por una independencia duradera.

Los antiguos macabeos lucharon y salieron airosos; los nuevos, los del hoy sin

fronteras gracias a los medios de comunicación –y esencialmente gracias a las raíces

comunes- luchan y salen airosos en todos los confines del orbe. Tan pequeño, diría

alguien, como un pañuelo.