Cuando hablan de nosotros solemos ser los últimos, si no es que los que nunca conocemos las narrativas que corren por las diferentes reuniones de la sociedad en las que somos tema de conversación. 

Cruzamos miradas, saludos con los allegados y lejanos sin saber lo que piensan o lo que han hablado de nosotros, a pesar de que quita un gran espacio mental la avasalladora incertidumbre de qué es lo que piensan de nosotros.  

Cuando pasa un evento desagradable, alarmante, diferente… la sociedad siempre tiene algo que comentar.  La sociedad a todos los niveles: chicos, medianos y grandes. Y el chisme es sabroso en la parte más natural del ser humano. Las narrativas corren a diestra y siniestra, poniendo cada oyente sus juicios y opiniones antes de ser el siguiente portador de dicha historia, ahora más llena, más rica y más grave. 

Hablar mal de una persona es negativo. Lo sabemos. Lo escuchamos. Lo conocemos. Pero en una infinidad de casos nos sentimos con el derecho de hacerlo. Porque “lo que hizo estuvo mal, y yo puedo juzgarlo”. Porque “yo soy el afectado y me siento con el derecho a señalar, e incluso a dictaminar las consecuencias que merece”.  Porque “se siente como un jarabe para adormecer al enojo y una sutil venganza”. 

La verdad es que nadie sabe por qué alguien actúa de tal manera.  La verdad es que no conocemos su historia. No sabemos qué fue lo que lo llevó a dichas acciones. Y estoy hablando de un adulto…. Un adulto con una historia detrás.   Es muy conocida la analogía del daño que hacemos cuando hablamos mal de alguien: “es como tirar todas las plumas de una almohada por la ventana de un alto edificio y luego quererlas recoger una por una”.

Y ¿qué pasa cuando hablamos mal de un niño?  ¿Qué pasa cuando incluso, peor aún, hablamos mal de un niño con nuestros propios

Un niño es un adulto en formación, su historia está en pleno proceso. Todo lo que suceda en su vida es un hilo más.  Todo lo que escuche influye en su mente, en su corazón y en su actuar.  Y todo lo que de él sea dicho lo puede lastimar o elevar al más bajo o alto punto de su vida. Incluso, aunque no llegue directo a sus oídos.  No somos quienes para aplastar a ningún niño con nuestra lengua y su veneno. 

Hay niños a los que se las facilita la escuela.

Hay niños a los que se les facilita la parte social.

Hay niños tímidos. Los hay más impulsivos.  Hay niños que se tragan sus emociones. Hay otros que las vomitan.  Hay niños acelerados.  Algunos tranquilos. Muchos sensibles.  Hay niños que están pasando por momentos difíciles en casa. Hay niños en que el dolor en casa es la norma.  Los hay que tienen clases de arte, violín y con medallas de futbol o ballet.  Hay niños expertos en videojuegos. Hay niños solos. Hay muchos niños con infinidad de terapias, en busca de estar más en paz y en armonía con su mundo interno y el mundo que los rodea.  Hay niños que viven bajo la aplastante expectativa de los papás. 

Hay bullies. Hay víctimas del bulling.  En ambos casos, con una dolorosa inseguridad que los acompaña cada día. Niños tejiendo su propia vida, su propia historia.  Niños con un enorme corazón y con ganas de estar mejor sin saber siempre cómo. Un corazón que se endurece con los señalamientos, el juicio vacío pero lacerante y las narrativas construidas sin razón; mucho menos compasión.

Niños señalados por sus propios compañeros. También por los papás de sus compañeros, creyéndose mejores personas entre más intolerancia propaguen.   Niños que libran los juicios, humillaciones y chismes.   Todos niños. Todos en camino a ser los mejores adultos que puedan ser.  Todos viviendo bajo la influencia del mundo que los rodea. 

Estemos atentos.  No hablemos mal de un niño, mucho menos con otros niños.  No dejemos que otros papás lo hagan.  

No, no sabemos qué pasa en su casa. Ni en su mente.

No sabemos el camino recorrido de sus padres.  

No, no podemos jurar que lo que hace lo aprende de la , ni tampoco podemos asegurar la que reciben. No sabemos nada de lo que pasa en las entrañas de un hogar.    

Creo que todos somos padres con la intención de hacer lo mejor para ellos, todos lo hacemos con nuestro corazón en la mano. Muchas veces con lágrimas y errores. Pero en el camino, no pisoteamos con nuestras palabras a otro niño por el bien de nuestro hijo.  A la larga eso a nadie le hace bien.