El poeta cubano José Kozer fue el ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en su décima edición. Es curiosa su trayectoria: es uno de los poetas más interesantes, prolíficos y hasta hace poco menos premiados de la lengua castellana, es más, cuando se le anunció que había ganado el premio, uno de sus comentarios fue que este era el primer premio que había recibido. Nacido en en 1940, lugar adonde llegaron sus padres, judíos provenientes de Europa, emigra con ellos en 1960 a Estados Unidos. En Nueva York fue profesor en Queen College de 1965 a 1997, universidad donde dirigió la Cátedra de comparada. Sus publicaciones son tan numerosas que en una ocasión confesó: Si cuento el poema que hice esta mañana y que corregiré mañana por la mañana, según acostumbro, el cómputo asciende, hoy 25 de mayo de 2007, a 6 mil 786 poemas .¿Qué decir? aunque me gusta el número ascendente, sé que no es cuestión de números, en todo caso la condena procede de la letra y no del número, y al respecto... desde hace tiempo, tal vez décadas, no me identifico para nada con el concepto de la página en blanco, por demás tan cacareado, sino con el de la página en lleno.

Por ser tan prolífico, me contento con enumerar algunos de sus libros: Padres y otras profesiones (Estados Unidos, 1975), Este judío de números y letras (España, 1975), Bajo este cien (México, 1983), La garza sin sombras (España, 1985, Argentina, 2006); Carece de causa (Argentina, 1988, Argentina, 2004); Los paréntesis, antología (México, 1995) Un caso llamado FK (México y Estados Unidos, 2002); Rupestres (Brasil y Panamá, 2001, edición bilingë en portugués y español); No buscan reflejarse (Cuba, 2001, selección antológica); La voracidad grafómana: José Kozer (México, 2002); Muera la muerte (Chile, 2007...)

Se le ha clasificado como poeta neobarroco, calificativo que se aplica de manera continua a muchos otros poetas de América que no parecieran tener nada en común. Al respecto sería útil reproducir las palabras de Ignacio Sánchez Mejías, otro poeta cubano, homónimo del personaje que Federico García Lorca inmortalizó y con quien, creo, sólo tiene en complicidad el nombre: “En Latinoamérica escribe, no tardaron en clasificarlo. La mayoría de las veces como ‘neobarroco’, pues gozaba con el lenguaje (mejor, el lenguaje lo gozaba a él), era un poeta culto (aunque quizá le faltó algo de Lacan al bacán), y de algún modo era hijo de Lezama Lima (o parafraseando a Severo Sarduy, Kozer era a Lezama lo que Lezama era a Góngora lo que Góngora era a Dios)”. Y preguntado al respecto, Kozer afirma: No soy teórico. Entre los poetas hispanoamericanos asociados con la corriente neobarroca que conozco los hay muy competentes: Echavarren, Kamenszáin, Espina, el tristemente fallecido Perlongher, Eduardo Milán. Pienso que han dicho y tienen mucho qué decir sobre el barroco clásico y el neobarroco, incluso si tal cosa existe, y qué poetas pueden quedar adscritos auténticamentre a la nómina... Como cualquier poeta que se precie, quiero y no quiero pertenecer al neobarroco, quiero ser uno entre pares y a la vez no quedar reducido a una nómina, a una escuela, a un modo unívoco de percibir la poesía.

De su fuerte filiación con el judaísmo y con su padre, el sastre, y su madre que lo engendró para resucitar, Tzamara Kamenszain escribió en el ensayo denominado El esposo judío.

“Eso que en el Libro, en el desgaste de los exilios, fue sometido a una cadena de substituciones. Mientras este judío legaliza letras y números en los tribunales de la Real Academia, hay un padre que ya venía sustituyendo la Tora de los abuelos por ‘un vocabulario rojo”... así como para el pueblo judío el exilio marca el comienzo de la plegaria... el libro de los salmos de la familia Kozer es el diccionario que permite traducir de forma más o menos lineal una serie de acontecimientos discontinuos que se precipitan de Polonia a y de allí a New York”.

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