Diario Judío México -

En una comarca agrícola vivía Juan el agricultor.

Juan hombre sano, trabajador, optimista, se levantaba con el alba a cultivar su tierra.

Contento todos los días iba a cumplir con su misión.

A base de esfuerzo y trabajo logró adquirir además de su parcela de tierra, un pedazo de tierra adicional lo que le permitía producir más redundando esto en beneficio de el y su familia.

Su esposa y sus dos hijos complementaban la vida y felicidad de Juan el agricultor.

En esa casa no faltaba nada y a veces sobraba.

Las demás necesidades se cubrían con modestia.

No había necesidad no satisfecha y si felicidad, esa felicidad que nace cuando hay satisfacción.

Pasado algún tiempo y ya para anochecer alguien toco la puerta.

-¿Disculpe señor ya casi es de noche, me podía dar posada solo por hoy?

Era un hombre de mediana edad con un maletín en su mano.

Juan le dijo que si.

Al poco rato llego la hora de cenar.

– Amigo acompáñenos a cenar. Juan le dijo al huésped.

Cenaron y en la plática de sobremesa Juan pregunto:

-¿Usted a que se dedica?

-Soy comerciante en brillantes. Fue la respuesta.

Acto seguido abrió su portafolio y saco un brillante que puso en la mano de Juan.

– Es bellísimo. Y como brilla, su belleza es única.

– No existe un brillante igual a otro, todos son únicos.

– Donde se encuentran.

– En las entrañas de la tierra……..

– La tierra, ¿está que me nutre, esta que me permite vivir?

– Si fue la respuesta.

– ¿Cuánto valen, dónde se compran?

– Este que tienes en tus manos vale más que todo lo que ahora posees.

Mientras más lo contemplaba mas lo admiraba Juan, el agricultor.

Por primera vez en su vida, esa noche, empezó Juan a sentir una profunda insatisfacción hacia sus logros.

Se fue a dormir pensando en lo poco que tenía….. Infeliz.

Ya era pobre, porque se sentía muy pobre. La insatisfacción y la tristeza lo empezaban a invadir.

Pasado algún tiempo decidió vender sus tierras.

Con el dinero que juntó se aventuró por otras tierras, otros horizontes para el desconocidos, a la busca de diamantes que el encontraría en las entrañas de la tierra.

El tiempo pasó.

Juan se encontraba sentado en un portón, triste, derrotado, con sus ropas ya muy sucias y hambriento.

Que duro lo había tratado la vida. Ya era un pobre entre los pobres.

Decidió volver a su comarca de agricultores. Y pedir empleo.

Llego maltrecho como estaba.

Su esposa y sus dos hijos ahora vivían con sus suegros. Afortunadamente ellos estaban bien como siempre. La vida seguía con ellos siendo generosa no había carencias.

Después de poco tiempo de volver a trabajar la tierra, Juan le dijo a su esposa:

– Me gustaría volver a ver nuestra casa, aquella que vendí.

– Vamos le dijo su esposa.

Se dirigieron a su antigua casa.

– Buenas tardes. les saludó el nuevo dueño.

– Me gustaría ver de nuevo esta casa que antes fue mía.

Después de un breve recorrido descansaron y se les invito un refresco.

– Por mi afán de riquezas vendí esta casa y me aventure en busca de brillantes, platicó Juan.

– Pero fracasé.

Juan platico brevemente su vivencia.

Platicando estaban cuando Juan se fija en una piedra: un trozo de vidrio opaco.

El corazón de Juan dio un vuelco se trataba de un brillante en su forma natural.

– Esto es lo que busque con tanto ahínco y no encontré.

– Y es un brillante- me dices-

– Si afirmó. Juan.

– ¿Dónde lo encontraste? pregunto Juan con desesperación

– Jugando mis hijos en la parte trasera de la casa, en el huerto se encontraron esta rara piedra.

– Me estás diciendo que fue en el huerto de esta casa- dijo Juan exaltado.

– Si fue la respuesta.

Su vista se nubló y gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas sin poderse contener.

Las opiniones expresadas aquí representan el punto de vista particular de nuestros periodistas, columnistas y colaboradores y/o agencias informativas y no representan en modo alguno la opinión de diariojudio.com y sus directivos. Si usted difiere con los conceptos vertidos por el autor, puede expresar su opinión enviando su comentario.

SIN COMENTARIOS

Deja tu Comentario

Artículo anteriorEl poder y las religiones, 1ra. parte
Artículo siguienteCarta dirigida a Ricardo Monreal y a todos los chuecos de la izquierda (que no es toda la izquierda)
Industrial y asesor en materia de seguros y fianzas, inicia su actividad periodística hace siete años, principalmente en periódicos y revistas comunitarias judías y en el periódico El Asegurador, en su sección "Vivir seguros".